La noche había llegado y la oscuridad cayó sobre el edificio con una calma engañosa. Dentro del apartamento de Amélie, reinaba un silencio espeso, apenas roto por el sonido pausado de las teclas de su ordenador y el tic-tac del reloj de pared.
Sobre la mesa del comedor, Monsieur Croissant observaba a su humana con aire solemne, como un juez cansado de dictar la misma sentencia una y otra vez. Sus ojos verdes brillaban en la penumbra, fijos en ella, en esa taza de té que se enfriaba más rápido de lo que ella bebía, y sobre todo, en el plato casi vacío donde solo quedaban unas migas insípidas de galletas integrales.
El gato suspiró —o al menos eso parecía— y luego bajó la mirada a su cuenco. Croquetas. Otra vez. Secas, sin gracia, sin aroma. Un insulto a su paladar refinado. Movió la cola con desdén, como si quisiera comunicar su indignación a todo el universo.
—No me mires así —murmuró Amélie, sin apartar la vista de la pantalla—. Es comida de buena calidad, especial para gatos exigentes.
Monsieur Croissant ladeó la cabeza, como si quisiera decirle: ¿Exigente? ¿A esto le llamas exigente? Dio un salto elegante desde la mesa al suelo, caminando con paso felino y decidido hacia la puerta del apartamento. Allí se detuvo, olfateando el aire.
Y fue entonces cuando lo sintió: el olor embriagador de queso fundido, de salsa de tomate burbujeante, de masa recién horneada que aún crujía bajo el calor. Una fragancia que se colaba por la rendija de la puerta como un canto de sirena. Monsieur Croissant cerró los ojos, deleitándose, y el ronroneo escapó de su pecho antes de que pudiera controlarlo.
La pizza de Lucas Romano estaba cerca. Demasiado cerca.
El gato miró a su humana, aún absorta en su mundo digital, y comprendió que aquel era el momento perfecto para ejecutar un plan maestro.
Con la agilidad de un ladrón nocturno, se deslizó hacia la puerta que Amélie había dejado abierta y no sabía por qué, maulló suavemente como si pidiera permiso, y como Amélie no reaccionó, el gato salió sin mirar atrás.
—Croissant, no —susurró Amélie al escuchar el sonido de la puerta, pero ya era tarde.
El gato desapareció en el pasillo, un rayo de pelaje oscuro que se fundió con la penumbra.
Lucas acababa de abrir la puerta de su apartamento, con la intención de que todo el edificio percibiera el olor de su pizza. Vestía una camiseta blanca manchada de harina y pantalones deportivos, y su sonrisa despreocupada parecía iluminar el pasillo.
—Perfetta… —murmuró en voz baja, acercándose a la barra oliendo el borde de la pizza—. Esto merece una serenata.
Pero no tuvo tiempo de cantarle nada a su obra maestra, porque de pronto, como salido de una novela de aventuras, Monsieur Croissant saltó en el mesón y metió la cabeza en la pizza.
—¡Eh, ladrón! —exclamó Lucas.
El gato, indiferente al escándalo, clavó los colmillos en una porción y la arrancó con tal determinación que la mitad de la cobertura se deslizó hacia el suelo. Con un movimiento ágil, se escabulló por el pasillo con la rebanada aún caliente atrapada en su boca.
—¡Croissant! —la voz de Amélie retumbó detrás, cargada de horror y vergüenza—. ¡Mon dieu, devuélvelo ahora mismo!
Amélie apareció descalza, con un suéter gris demasiado grande y el cabello revuelto, como si acabara de salir corriendo sin pensarlo. Sus mejillas estaban encendidas, no solo por la carrera, sino también por la humillación de ver a su gato robar descaradamente la cena de su vecino.
Lucas, en lugar de enfadarse, dejó escapar una carcajada sonora que llenó el pasillo.
—¡Maledetto! ¡Este gato es un verdadero italiano de corazón! —dijo, señalando la fuga del felino.
Amélie se llevó las manos a la cara.
—Je suis désolée, Lucas… —balbuceó entre dedos—. No sé qué le pasa, normalmente es un santo.
—Oh, no, no, no, no es problema. —Lucas señaló la pizza con destreza y le guiñó un ojo—. Mira, si el señor Croissant ha decidido robar de mi pizza, significa que he alcanzado la perfección culinaria. Es el mejor cumplido que un chef puede recibir.
Amélie rodó los ojos, pero su boca traicionó una sonrisa tímida.
—No deberías alentarlo… —murmuró, corriendo tras su gato.
El pasillo se transformó en un campo de persecución. Croissant zigzagueaba como un rayo entre las puertas cerradas, con la rebanada colgando y dejando un rastro de queso derretido sobre el suelo.
—¡Croissant! ¡Devuelve eso ahora mismo! —gritaba Amélie, tratando de no resbalar en la salsa.
Lucas los seguía de cerca, riendo con cada paso, disfrutando del espectáculo más que de la cena perdida.
—¡Madame Dubois, creo que ha comenzado la guerra de las pizzas! —exclamó, teatral, con un acento exagerado—. ¡Y su gato es el enemigo más feroz que he enfrentado jamás!
Amélie giró la cabeza solo un segundo para fulminarlo con la mirada.
—Esto no es gracioso, Lucas. ¡Está robando tu comida!
—Sí, pero míralo —dijo él, señalando al felino que ahora intentaba arrastrar la rebanada bajo una alfombra como si fuese un tesoro pirata—. ¡Es un genio del crimen!
Amélie se agachó, intentando atrapar al gato.
—Croissant, suelta eso —ordenó, con el tono firme de quien ha repetido la misma frase mil veces.
Pero Croissant no se dejó intimidar. Con un movimiento de cola, bufó suavemente y hundió los dientes aún más en la corteza dorada.
Lucas se inclinó a su lado, tan cerca que Amélie pudo sentir el calor de su cuerpo y el olor a harina y tomate impregnado en su camiseta.
—Déjame intentarlo yo —dijo, con una sonrisa ladeada.
—Adelante, pero no creo que funcione —respondió ella, entre frustración y resignación.
Lucas chasqueó la lengua, adoptando un tono melódico, casi hipnótico.
—Monsieur Croissant… piccolo ladro… venga aquí, amore mio. Le prometo un trozo de mozzarella extra si me devuelve eso.
El gato levantó las orejas, intrigado, pero no soltó la presa.
—¿Mozzarella extra? —repitió Amélie, incrédula—. ¡Lucas, es un gato, no entiende tus negociaciones mafiosas!
Lucas rió.
—Créeme, lo entiende todo. Mira sus ojos. Tiene el alma de un verdadero gourmet.
Amélie intentó reprimir la risa, pero un sonido escapó de su garganta. Era imposible no contagiarse de aquella ligereza que Lucas irradiaba como si todo fuera un juego.
Al final, la pizza perdió la batalla. Monsieur Croissant se rindió solo después de que el queso se enfrió y la rebanada perdió su encanto. Amélie logró arrebatársela con un suspiro de alivio, aunque ya estaba destrozada.
—Voilà… —dijo, extendiendo el pedazo irreconocible hacia Lucas, con la cara encendida—. Lo siento. Es… irreparable.
Lucas la observó unos segundos, como si meditara la escena. Luego, en lugar de enfadarse, alzó los hombros y aceptó el desastre entre sus manos.
—No importa. Una pizza compartida con un gato y su dueña siempre sabe mejor.
El comentario hizo que Amélie se quedara helada un instante. Sintió cómo el calor subía desde su pecho hasta la punta de sus orejas. Lucas hablaba con una naturalidad desarmante, como si compartir comida con ella fuese lo más lógico del mundo.
Croissant, satisfecho y ronroneando, se acomodó a los pies de ambos, reclamando su victoria silenciosa.
—¿Quieres entrar? —preguntó Lucas de pronto, señalando la pizza aún con varias porciones intactas—. Prometo protegerlas de Monsieur Croissant.
Amélie dudó, mordiéndose el labio inferior. El pasillo estaba impregnado del olor de la pizza, del calor que aún emanaba de la caja y de la risa de Lucas que seguía flotando en el aire. Su lógica le decía que debía rechazarlo, retirarse con dignidad. Pero la grieta en su armadura se abrió un poco más.
—Solo un pedazo —aceptó finalmente, con voz baja—. Para compensar lo que… él robó.
Lucas sonrió, triunfante.
—Perfetto. Entonces será nuestra primera cena oficial.
Amélie frunció el ceño.
—¿Primera cena?
—Claro —replicó él, guiñándole un ojo—. Porque no será la última.
El apartamento de Lucas olía a harina tostada, a especias italianas y a música suave que sonaba desde un viejo altavoz. Amélie se sentó en la mesa mientras él servía la pizza en platos desiguales, hablándole de Nápoles, de su abuela que había cocinado toda su vida, y de cómo cada masa tenía un secreto distinto.
Ella lo escuchaba, al principio rígida, luego más relajada, descubriendo que las palabras de Lucas no eran solo ruido: eran historias, recuerdos, vida derramándose sin filtros.
Croissant, instalado bajo la mesa, ronroneaba como un gato satisfecho que había logrado unir a dos mundos con un simple robo.
Amélie, en silencio, comprendió que tal vez esa noche no era un accidente. Tal vez su gato no había robado una pizza: había robado una excusa.
Y cuando probó la primera mordida, caliente y sabrosa, no pudo evitar pensar que la batalla contra Lucas Romano estaba cada vez más perdida.
Una batalla deliciosa, peligrosa y… quizá inevitable.