La mañana del sábado le daba la bienvenida al sol que parecía haber ensayado su entrada: ni muy fuerte ni muy tímido, lo justo para que la plaza del barrio brillara como una postal. Las banderitas tricolores ondeaban entre los árboles, las mesas estaban cubiertas con manteles de cuadros rojos y blancos, y un aroma irresistible a salsa y albahaca flotaba en el aire. Amélie llegó con una canasta en una mano y una expresión de ligera desesperación en la otra. —No puedo creer que esté haciendo esto —murmuró mientras atravesaba el pasillo entre los puestos. Croissant, que iba en su transportadora (porque negarse a dejarlo fue inútil), soltó un maullido autoritario. —Sí, ya sé. “Confía en el proceso”, ¿no? —suspiró ella. Entonces lo vio: Lucas, de pie junto a su mesa de competencia, con un

