El paso de los días no había hecho sino profundizar la sensación de paz que envolvía al palacio. Era una calma distinta, casi sagrada, como si los muros mismos reconocieran que algo valioso había nacido entre ellos. Las cortinas se mecían suavemente con la brisa, filtrando la luz del amanecer en tonos dorados, y el llanto ocasional de un recién nacido se había convertido en la melodía más preciada de aquellos pasillos. Todos estaban sumamente felices. Liam, en particular, parecía otro hombre. Sonreía incluso en silencio, con una expresión serena y orgullosa, como si el simple hecho de existir junto a su hija bastará para darle sentido a todo lo que había vivido. Había luchado en guerras, había tomado decisiones imposibles, había cargado con el peso de un reino… pero nada se comparaba co

