Liam no recordaba cuándo había sido la última vez que había visto amanecer sin sentir miedo. La habitación estaba en silencio, roto sólo por la respiración pausada de Adara y el sonido casi imperceptible de la niña dormida sobre su pecho. La luz del alba entraba tímida por las cortinas, dorándolo todo con un resplandor suave, casi irreal. Él permanecía sentado a un lado de la cama, inmóvil, como si cualquier movimiento brusco pudiera romper el hechizo que las mantenía allí. Vivas. No se atrevía a tocarlas. Había pasado la noche entera despierto, sin sentir el cansancio. Cada vez que los párpados amenazaban con cerrarse, el recuerdo del pasado regresaba: habitaciones parecidas a esa, silencios más densos, cuerpos inmóviles cubiertos por sábanas blancas. Amaneceres que traían funerales e

