**TOMAS** Me recosté en la silla, dejando que el peso de mi cuerpo se hundiera en ella, y cerré los ojos. Por un momento, permití que todo se desordenara en mi interior: los pendientes sin resolver, la culpa por las decisiones que no tomé, el deseo de cambiar lo inevitable, la sensación de que, quizás, el tiempo se me había escapado entre los dedos. Pensé en Adriana, en su risa que llenaba la habitación con una alegría genuina, en sus silencios que hablaban más que mil palabras, en la manera en que ella miraba el mundo como si pudiera pintarlo con solo imaginarlo, en esa especie de magia que parecía rodearla siempre. Y entonces, como una semilla que germina en silencio, una idea empezó a instalarse en mi mente, incómoda y persistente. ¿Y si ya no está aquí? ¿Qué tal si… se va sin decirme

