**TOMAS** Quise gritar, romper en llanto, correr tras ella, detenerla si fuera posible. Pero mis piernas no respondían, estaban como hechas de piedra, condenadas a quedarme en ese lugar, viendo cómo su figura se desvanecía en la distancia, dejando solo un rastro de promesas rotas y palabras no dichas. La impotencia me consumía, un hechizo difícil de romper, una sensación de que el tiempo, esa maldita máquina que arrastra todo a su paso, había arrancado a Adriana de mi vida justo en el momento en que más la necesitaba. Me recargué contra el paredón, con las manos temblando, el corazón a punto de estallar. Sentí que todo se me venía encima, que la desesperación se apoderaba de mí y que, en medio de esa multitud indiferente, solo existía un deseo ardiente: poder volver atrás, detener el rel

