**ADRIANA** No supe cómo describir lo que sentí al verlos ahí. Fue como si el tiempo se detuviera un instante. Como si mi corazón, ese que había aprendido a mantenerse a salvo tras un muro de indiferencia, se abriera de golpe solo con su presencia. Ahí estaban. Mis padres adoptivos. Mis padres. Los que me cuidaron cuando nadie más lo hizo. Los que me enseñaron a amar sin preguntar por qué faltaban pedazos. Estaban sanos. Radiantes, incluso. Con esas pequeñas arrugas nuevas que el tiempo había dejado, pero con la misma luz en los ojos. Y al verlos… me sentí niña otra vez. La niña que corría a abrazarlos sin temor, sin secretos. Helena, mi madre biológica, los recibió con una sonrisa suave —esa que aún estoy aprendiendo a descifrar— y los invitó a sentarse a su mesa. Fue un gesto elega

