**ADRIANA** Era un gesto inútil, claro. No podía cambiar el pasado. Pero su reacción… su rabia por lo que me hicieron, su dolor por algo que ni siquiera vivió… me hizo sentir vista. Y, por primera vez en mucho tiempo, protegida. Él era mimado, sí. Acostumbrado a tener lo que quiere, a hablar sin filtros, a vivir como si el mundo girara alrededor de su existencia colorida. Pero conmigo… siempre fue distinto. No me juzgó. No me compadeció. Simplemente… estuvo. Y eso vale más que cualquier otra cosa. Por eso, cuando le pedí que fingiera ser mi prometido, no preguntó. No me exigió explicaciones, ni condiciones, ni garantías. Solo me miró y dijo: —¿A quién tengo que poner incómodo? Y sonrió, como si compartir mi vida en pleno caos fuera lo más natural. A veces, creo que no nos parecemos en

