**TOMAS** Caminamos por un pasillo amplio y silencioso. Cada paso resonaba sobre el mármol pulido. A los costados, más obras, más fragmentos de esa alma que ahora sabía que era la suya. Cada cuadro era una conversación que nunca tuvimos. Cada trazo, una palabra no dicha. Cada sombra… un recuerdo compartido en silencio. El asistente se detuvo frente a una puerta doble de madera oscura. Golpeó suavemente y, tras una respuesta apenas audible, la abrió. —Adelante, señor Escalona. Respiré hondo. Me pasé una mano por el cuello, como si pudiera borrar el nudo que tenía desde que vi esa pintura. Y entré. Helena Varnay estaba de pie, junto a una gran ventana que daba a la ciudad. Llevaba un conjunto sobrio y elegante. Pelo recogido, presencia imponente, pero con una serenidad que desarmaba. Me

