Él no respondió. Se quedó callado, y ese silencio me resultó profundamente inquietante. Simplemente se dio la vuelta y siguió caminando a paso firme hacia el ascensor privado que subía a la azotea. Dios, qué miedo. ¿Qué estaba tramando? Esas reacciones suyas eran, precisamente, las que me hacían temblar.
Y por primera vez en toda la tortuosa mañana, comprendí algo completamente aterrador: la resaca y la vergüenza de haberlo llamado "amorcito" ya no eran el mayor problema de mi día. ¡Trágame, tierra, y escúpeme en la luna! El verdadero problema era que estaba a punto de subir voluntariamente a un helicóptero privado con Ian Steel hacia un destino desconocido. «Desaparecido estudiante que viajaba con el hijo de un famoso empresario; no se sabe qué ocurrió», imaginé de inmediato. Seguro que saldría en las noticias de sucesos y se olvidaría en pocos días. Porque, claro, son los Steel.
Con él, absolutamente nada terminaba de forma normal.
—¡Ian! —corrí tras él—. ¡No puedes soltar una bomba así y seguir caminando! ¡Ian, responde!
—Claro que puedo. Soy Ian Steel.
—¡Acabas de mencionar otro país!
—Y tú sigues teniendo piernas para alcanzarme.
Lo odiaba. Lo odiaba profundamente, con todo mi ser. Aunque, para ser sincero, ver su porte impecable me hacía derretir por dentro. Qué gran mentira me contaba a mí mismo.
Lo odiaba tanto que, por un segundo, olvidé que llevaba puesta ropa que probablemente costaba más que todos los muebles de mi apartamento juntos. Procedía de su armario, supongo, ya ni me acordaba bien de los detalles de la noche anterior. Qué oso.
Entramos al ascensor privado. Las puertas se cerraron con suavidad. Silencio. No se escuchaba ni una mosca; solo estábamos él y yo.
El espacio era tan elegante como el resto del lugar: paneles oscuros, iluminación tenue y un espejo enorme donde pude verme por primera vez desde que me había despertado. Me veía sorprendentemente decente para todo lo que había pasado. Los pantalones deportivos me quedaban perfectos. La camiseta también. Incluso los tenis. Lo cual era una completa injusticia. ¿Cómo podía saber tanto de mí y de mis tallas?
Yo debería verme ridículo usando ropa tan cara, pero mi síndrome del impostor siempre jugaba en mi contra. Sentía que mis sistemas se condensaban y los cables de mis circuitos chocaban entre sí.
—Deja de hacer esa cara —dijo de pronto.
Levanté la vista. Ian observaba su teléfono con desinterés fingido.
—¿Qué cara?
—La de alguien que está calculando cuánto cuesta lo que lleva puesto y se pregunta cómo va a pagarlo. Descuida, no te lo estoy cobrando.
Mi silencio fue suficiente respuesta. Una pequeña sonrisa apareció en sus labios.
—Relájate. No voy a descontarlo de tu sueldo.
—Qué alivio. Ya estaba haciendo cálculos mentales para vender un riñón.
—Eso sería problemático.
—¿Por qué?
—Porque después de anoche, no estoy seguro de que alguien quisiera comprarlo.
Lo miré indignado. Ian ni siquiera se molestó en ocultar que estaba disfrutando de la conversación.
Las puertas se abrieron y entonces lo vi: el helipuerto.
Durante unos segundos me quedé inmóvil. Había visto helicópteros en películas, en las noticias y en videos de internet, pero jamás tan cerca. Por un instante experimenté un dejavú digno de Cincuenta sombras de Grey, pero en cuanto me acordé del látigo, se me pasó el romanticismo.
La aeronave descansaba sobre la plataforma como una bestia negra y brillante esperando despertar. Las aspas aún estaban detenidas. Un hombre uniformado revisaba algunos controles mientras otro acomodaba equipaje en un compartimiento lateral.
Equipaje. Espera... ¿Equipaje?
—Ian.
—¿Sí?
—¿Por qué hay maletas?
—Porque las necesitamos.
—Tú dijiste que volveríamos hoy.
—Y volveremos hoy.
—Entonces, ¿por qué hay maletas?
—Porque a la gente le gusta llevar cosas cuando viaja. Y por si acaso la situación se complica y tenemos que quedarnos un día más. No de disfrute... o quizás sí, por las noches.
Apreté el puente de mi nariz. Conversar con él era como intentar discutir con una inteligencia artificial diseñada específicamente para desesperarme.
El viento golpeó mi rostro. Desde aquella altura, la ciudad parecía todavía más pequeña. Por un instante sentí vértigo, o tal vez miedo. Pero también algo muy parecido a la emoción. Siendo sincero conmigo mismo, jamás había imaginado vivir algo así. Yo era el tipo de persona que comparaba precios en el supermercado, que esperaba los descuentos para comprar zapatos y que consideraba un lujo pedir comida a domicilio dos veces en la misma semana (aunque me encantara para no tener que cocinar). Los helicópteros pertenecían a otro universo. Al universo de Ian.
Y por alguna extraña razón, ese universo parecía empeñado en arrastrarme hacia él.
—¿Vienes o piensas quedarte admirando el paisaje toda la mañana? —preguntó Ian, dándose la vuelta.
Lo fulminé con la mirada.
—Estoy procesando el hecho de que tu vida parece una película.
—Es bastante aburrida, en realidad.
—Claro. Porque todos los días tomas helicópteros internacionales antes del desayuno.
—Técnicamente, esto es después del desayuno.
—Te odio.
—No pareces muy convincente.
Esa respuesta hizo que mi corazón tropezara un segundo. Solo un segundo, pero fue lo suficiente para ponerme completamente nervioso. Y eso me molestó todavía más.
Sin esperar mi réplica, Ian comenzó a caminar hacia la aeronave. Yo lo seguí como un borrego al matadero. ¿Qué iba a pasar? ¿Qué me esperaba en esta travesía, y más aún, en un viaje a solas con el señor Ian Steel? Era un hombre tan impredecible que hacía colapsar mi memoria; mi disco duro simplemente no podía procesarlo.
Aparentemente había perdido toda capacidad de tomar decisiones inteligentes desde la noche anterior. «No vuelvo a tomar más», me juré, aunque el angelito malo de mi mente se rió de mí en mi interior: «Ni tú te lo crees». Era un fiasco de persona cuando bebía, no lo negaba, pero tampoco podía ocultar que el alcohol me daba ese poquito de fuerza y coraje que normalmente me faltaba.
Una parte de mí, aunque jamás lo admitiría en voz alta, quería descubrir qué había al otro lado de aquella aventura. Aunque sospechaba que, tratándose de Ian Steel, la respuesta solo podía significar problemas.