El beso venenoso

1772 Words
ELENA En cuanto escuché a mis compañeras saludar con respeto, levanté la cabeza por instinto. Era ella. La abuela de Damián se acercaba directo hacia nuestra mesa. Nos pusimos de pie de inmediato. Nos inclinamos con formalidad. —Buenos días, señora —dijimos las tres a la vez. Ella respondió con una sonrisa tan cálida. Hizo un gesto suave con las manos y las chicas se sentaron de nuevo, pero a mí me sostuvo la mirada. Luego habló: —¿Está ocupado mi nieto, hija? Su tono era tan amable. —El señor está libre en este momento —le respondí con voz serena. Libre. Claro que lo estaba. Había sido él quien me llamó… solo para tener sexo. Nada más. Y aunque mantuve la compostura, una punzada de tristeza me cruzó la cara sin poder evitarlo. —De acuerdo, gracias —dijo ella con una sonrisa pequeña y luego se giró para ir directamente a su oficina. Bajé la mirada y solté un suspiro contenido. Esa mujer era buena, demasiado buena, y eso era precisamente lo que me ponía nerviosa. Siempre sentía que en cualquier momento podría descubrirnos. —La señora es muy amable, ¿no? —murmuró Lucía. Asentí con una sonrisa débil. —Creo que le gustas mucho, Elena —añadió Clara con una mirada curiosa. Fruncí el ceño, incómoda. —¿Eh? ¿Por qué dices eso? —respondí mientras fingía estar muy ocupada con los papeles de mi escritorio. —¿En serio no te has dado cuenta? Se le iluminan los ojos cada vez que te habla —insistió Clara, levantando una ceja. Puse los ojos en blanco. —Ya te gustaría —dije. Pero lo cierto es que yo también lo había notado. A veces no podía dejar de pensar en la forma en que me miraba. Siempre con esa dulzura... ¿Pero qué pasaría si llegaba a saber lo que había entre su nieto y yo? ¿Si descubriera lo que hacíamos cuando nadie más estaba mirando? —Aunque sea tan amable, ¡imagina cómo sería la madre del jefe! Esa mujer me da escalofríos cada vez que la veo —soltó Lucía, temblando exageradamente. Clara y yo no pudimos evitar reírnos. Y tenía razón. La madre de Damián era... otra cosa. Con una sola mirada bastaba para hacerte sentir que estabas a punto de cometer un crimen. Tenía esa frialdad calculada, una expresión que no se movía ni un milímetro. Damián había heredado eso también. Sobre todo cuando hablaba con los demás. —Mira, ahí está la señorita Sofía —dijo Clara señalando a una mujer que se acercaba rápidamente. Lucía y yo giramos la cabeza. Sofía iba directo a la oficina de Damián, como si no quisiera ser vista. —Es muy guapa, ¿no creen? —preguntó Lucía, con un tono admirado. —Sí. Hace buena pareja con nuestro señor. ¿No crees tú también, Elena? —preguntó Clara, clavando los ojos en mí. Forcé una sonrisa que me dolió en el pecho. Asentí y murmuré: —Sí. No tenía sentido negarlo. Sofía era una de esas mujeres que encajaban perfectamente en el mundo de Damián. Su madre la traía con frecuencia a las reuniones familiares. Todo en ella gritaba perfección: la belleza, el estilo, la seguridad. Incluso tenía su propia marca de ropa. Claro que eran una pareja ideal. Ricos, atractivos, elegantes. Yo no era nada de eso. No era fea, pero tampoco destacaba. Era una mujer común, normal. Muchas veces me preguntaba qué había visto en mí. Y entonces aparecía ella… Sofía, que parecía salida de una revista. Lucía y Clara seguían hablando y elogiando sin parar tanto a Damián como a Sofía, pero yo ya no las escuchaba. Me concentré en la puerta cerrada de su oficina, conteniendo la respiración sin saber muy bien qué esperaba que pasara del otro lado. * Debían haber pasado ya unos cuarenta minutos cuando la puerta se abrió. Vi salir primero a la abuela de Damián. Caminó directamente hacia mí. Me puse de pie al instante y la saludé por respeto. —No sigas tratándome así, hija. Solo me recuerdas lo diferente que somos —bromeó con una risita suave, y noté un destello especial en sus ojos. Por algún motivo, su presencia siempre conseguía calmarme. Sonreí sin darme cuenta. —Disculpe, señora —dije automáticamente. Mientras me disculpaba, me quedé paralizada cuando ella, sin avisar, me abrazó con fuerza. No fui la única sorprendida; escuché las exclamaciones de mis compañeras detrás. —¿Qué te parece si tomamos un café juntas? ¿No suena bien? —preguntó con un entusiasmo tan sincero que no supe cómo reaccionar. Parpadeé, confusa. Era la abuela de mi jefe. La abuela de mi novio. ¿Cómo se suponía que debía actuar? No podía decirle que no. Me trabé al hablar, nerviosísima. —La verdad es que me da un poco de pena... pero si usted quiere, claro, encantada —respondí. Su cara se iluminó con una alegría. Me apretó con más fuerza y dijo un: —¡Perfecto! ¡Vamos! Mientras me iba con ella, giré la cabeza para ver a mis compañeras. Me miraban sonrientes, levantando la mano en señal de aprobación. Negué con la cabeza, señalando mi escritorio, pero ellas ya lo entendían. Me devolvieron el gesto con complicidad. —¿Crees que mi nieto se molestará si me llevo a su secretaria un rato? —dijo encogiéndose de hombros. Me hizo volver la mirada hacia ella. —Eh... no creo que Damián se moleste —respondí, aunque la voz me tembló un poco por haber hablado tan informalmente. Sabía que en ese momento tenía una visita importante, así que no podía llamarme. Y Sofía seguramente estaría encerrada en su oficina todo el día. Una vez le pregunté a Damián qué hacía Sofía ahí encerrada tanto tiempo. Me contestó que pasaba el día viendo televisión y hablaba con él de vez en cuando. Él siempre se las arreglaba para fingir que estaba ocupado. También me dijo que se aseguraba de que no hubiera tonterías en su oficina. Le creí. Después de unos minutos, llegamos a la cafetería que ella tenía en mente. Bastó ver la fachada para saber que solo gente con dinero entraba ahí. Entramos. El interior era incluso más impresionante. Ella se dirigió directamente a una mesa, sin mirar a su alrededor. —¿Qué quieres tomar, hija? —preguntó, hojeando el menú. —Lo que usted quiera está bien, señora —respondí. Pero su expresión cambió. Frunció el ceño, como si le hubiera dicho algo doloroso. Negó con la cabeza. —Llámame abuela. Me quedé sin palabras. —¿Perdón? —pregunté, desconcertada. —"Señora" suena demasiado frío. Ya llevas casi tres años trabajando con mi nieto. Ya no estamos en mundos tan distintos —me dijo. Tragué saliva. Me reí con nervios, y empecé a sudar. Incluso sentí ganas de ir al baño. —Vamos, dilo —me animó con una sonrisa. Suspiré, resignada y conmovida al mismo tiempo. —A-Abuela… —susurré. En cuanto dije esa palabra, un revoltijo de mariposas se me instaló en el estómago. Era una mezcla rara, como si algo cálido y nuevo se me expandiera desde el pecho. Así que así se sentía llamar "abuela" a la abuela de tu novio, como si también fuera mía. La miré, y si que parecía encantada de la vida. —Abuela —repetí, y esta vez salió sin tropiezos. Me sentí cómoda. Ella sonrió, yo también, y me hizo un gesto animado para que aplaudiera. —¡Eso es, nieta! ¡Perfecto! —exclamó. Lo de "nieta" me agarró tan desprevenida que tosí sin haber bebido ni una gota. Se me atascó en la garganta, literal. El camarero y ella se alertaron al instante. Me dieron un vaso de agua sin que lo pidiera. Tomé un sorbo, sentí el frescor bajar por mi garganta, y exhalé aliviada mientras dejaba el vaso sobre la mesa. —¿Estás bien, hija? —preguntó con el ceño fruncido, preocupada. —Sí —respondí. Damian, tu abuela es un personaje cuando está feliz. Me hace sentir que en cualquier momento se puede desmayar de la emoción... o que la que va a caer soy yo. Después de unos minutos, llegaron nuestros pedidos. Comimos, charlamos de cosas simples. Le conté sobre mi hermano, de cómo lo estaba ayudando con los estudios en la provincia, y también mencioné a Damian, claro, aunque lo hice como si fuera solo mi jefe. Si alguien me hubiera preguntado en ese momento, habría dicho que su abuela era una mujer con muchas historias. La charla se alargó más de lo previsto. Después, fuimos juntas hasta la oficina. Me despedí dándole las gracias por la invitación. Era encantadora, justo el tipo de abuela que una quisiera tener. Me sentí en confianza con ella. Regresando a mi departamento, vi a Sofía salir junto con Damian. Él me miró raro, con una mezcla de sorpresa y duda. Levantó una ceja, como si no entendiera por qué ya estaba de vuelta. En vez de decirle algo, bajé la mirada, me incliné un poco hacia ellos y seguí hasta mi mesa. Al pasar, noté que mis compañeras me observaban otra vez. —¿Qué tal estuvo? ¿Y el café? ¿No trajiste nada para compartir? —dijo Clara sin pena. Le di un codazo suave, advirtiéndola que se callara. Con un gesto de cabeza le señalé hacia Damian. Él nos estaba mirando, o más bien, me estaba fulminando con la mirada. Clara entendió al instante y se zambulló en su trabajo como si nada hubiera pasado. Yo, por mi parte, alcé apenas la vista para mirarlo de reojo. Seguía con esa expresión fría, casi congelada. Me mordí el labio y bajé los ojos otra vez. Seguro estaba preguntándose qué había pasado, qué había oído, qué había visto. Pues fue tu abuela la que me llevó a tomar café, no cualquier tipo, pensé, apretando la mandíbula. Estaba a punto de enfocarme de nuevo en el trabajo cuando algo hizo que mis compañeras se quedaran sin aire. Parecía que acababan de ver algo imposible. No presté atención hasta que Clara me dio un codazo y señaló discretamente hacia su dirección. Giré la cabeza, y lo que vi me dejó sin palabras. Sentí el corazón golpeándome el pecho como queriendo escapar. Sofía tenía los brazos alrededor de su cuello. Sus labios estaban sobre los de Damian. El calor me subió en oleadas. El estómago se me encogió. Cerré los puños con fuerza, intentando no romper en algo. ¿Qué mierd… acababa de ver?
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