ELENA
Lo único que rompía el silencio mientras trabajaba era el tecleo constante de mis dedos sobre el teclado. Clara y Lucía notaron que algo en mí había cambiado, que mi humor se había torcido de golpe, pero no dijeron nada. Estaban acostumbradas a verme ensimismada cuando me concentraba en los informes de Damián. Ni siquiera las miraba.
—¿Te vas ya a casa? —me preguntó Lucía justo cuando guardaba mis cosas en el bolso.
Le dediqué una mirada rápida, sonreí apenas y asentí.
—Pensábamos ir a tomar algo. ¿Te apuntas? —insistió mientras me colocaba el bolso al hombro.
—No puedo. Tal vez en otra ocasión. Hoy estoy hecha polvo, lo único que quiero es meterme en la cama y dormir —le respondí.
Y entonces, Clara dijo:
—¿Estás segura de que no tienes novio, Elena?
El nudo de ansiedad se me hizo más fuerte en el estómago. Esa pregunta me descolocó.
¿Tan evidente era?
—¿Por qué piensas eso? —intenté sonar natural, aunque sabía que mi voz me traicionaba.
—Actúas como si te lo tuviera prohibido —dijo ella, encogiéndose de hombros, como si nada.
Reí por compromiso, tratando de apagar la inquietud que me estaba comiendo por dentro.
Damián, ¿un novio controlador? No exactamente. Lo suyo era más bien posesión. Intensa. Agobiante.
—Estoy cansada, eso es todo. ¿Recuerdan que hoy el jefe me ha escupido mientras hablaba? —les dije, buscando cambiar de tema. Ambas torcieron el gesto, casi compadeciéndose.
Clara me dio una palmada en el hombro y Lucía soltó un bufido.
—Ojalá mañana ese hombre no te llame a su oficina —comentó Clara.
Lucía se rió y le dio un leve codazo.
—¿Qué dices? Seguro que mañana se levanta de buen humor... ¡su novia le ha dado un beso!
Ya había tenido suficiente. No quería seguir escuchando especulaciones sobre "mi jefe" y "su novia"
—Me voy —dije cortante, y salí antes de que siguieran hablando más de lo que no sabían.
Mientras cruzaba el pasillo, sola, no podía sacarme de la cabeza sus comentarios. Salí del edificio con la cabeza dando vueltas. Los rumores sobre Damián y Sofía eran cada vez más fuertes. Y su actitud ese día... solo avivaba las sospechas. Se había ido con ella. ¿A dónde? Ni siquiera se había molestado en escribirme.
Suspiré. No me sorprendería ver sus nombres en algún titular mañanero.
“¡Confirmada la relación entre el codiciado Damián Leclerc y la seductora modelo Sofía Montclair!”
Sonreí, amarga. Negué con la cabeza.
Qué diferente sería todo si mi nombre estuviera ahí, junto al suyo.
Le hice una señal a un taxi y le indiqué la dirección de mi apartamento. Estaba cerca de la empresa, así que el viaje fue rápido y barato.
Durante el trayecto, mi mente seguía torturándome con imágenes de esos dos besándose. Me obligué a sacudir la cabeza. No ahora. No quería pensar en eso.
Cuando el coche se detuvo, pagué y bajé. Entré en el edificio que Damián había comprado para los dos. Nuestro “hogar”.
Subí en el ascensor hasta el quinto piso, agotada. Me apoyé contra la pared, saqué el móvil y revisé.
Nada.
—Ni un mensaje siquiera... —murmuré.
Guardé el teléfono, y justo entonces el ascensor se detuvo. Salí, caminé hasta la puerta del apartamento, los hombros pesados, los pensamientos aún más. Tecleé el código, y la puerta se abrió con un leve chirrido.
Estaba a punto de entrar cuando lo vi. Sentado ahí, mirándome fijo, con una expresión que no supe descifrar al instante.
¿Era miedo? ¿Enojo?
—¿Qué haces aquí? —dije apenas pude recuperar el aliento—. Juraría que habíamos quedado para mañana —añadí, cerrando la puerta.
Me quité los tacones, harta del día, y fui directo al dispensador de agua. Él no dijo nada. Ni una palabra. Cuando volví a mirarlo, seguía ahí, inmóvil, con esa mirada que me atravesaba. El apartamento no es grande, un simple estudio. Incluso desde la cocina podía sentir cómo sus ojos no se despegaban de mí. Lo único entre nosotros era la cortina del baño y la cama sin hacer.
—¿Estás enfadada? —preguntó.
Rodé los ojos y dejé el vaso en el fregadero con más fuerza de la necesaria. Lo miré, levantando una ceja.
—No estoy enfadada, Damian. Estoy decepcionada.
Suspiró y se puso de pie. Caminó hacia mí, sin prisas, y me rodeó la cintura con cuidado.
—Lo siento. No esperaba lo que ella hizo —dijo. —No podía empujarla ni gritarle. Había demasiada gente mirando.
Me solté de su abrazo y lo enfrenté. Le tomé el rostro entre mis manos y lo obligué a mirarme a los ojos.
—Me decepciona que no hayas escrito. Te fuiste con ella y lo mínimo que esperaba era una explicación. Algo. Pero nada. Silencio absoluto—. Noté mi voz temblar y tragué para mantener el control.
Él solo me observaba. Fijo. Se mordía el labio inferior mientras me tomaba la mano. La apretó suavemente.
—Iba a hacerlo —dijo, apartando la mirada—. Pero dejé el telefono en la oficina. Salí corriendo a hablar con Sofía por lo que había hecho y se me olvidó por completo que no lo llevaba.
Respiré hondo y bajé la mirada. Su traje seguía impecable, pero ahora vestía más informal.
—¿Has estado esperando mucho? —pregunté, notando que ya no vestía como cuando se fue.
—Sí. Fui directo a tu apartamento después de hablar con Sofía —contestó.
—¿Y cómo fue esa charla? —pregunté mientras abría la nevera, buscando qué cocinar. Lo sentí acercarse otra vez. Me abrazó por la espalda, apoyó la barbilla en mi hombro y me besó suave, varias veces.
—Damian —lo advertí.
—Ya pedí comida, cariño —murmuró.
Rodé los ojos y cerré la nevera. Me soltó, me llevó hasta el salón y se dejó caer en el sofá, indicándome con la mano que me sentara sobre él. Lo hice. Rodeó mi cintura con los brazos y me estrechó contra su pecho. Hundió el rostro en mi cuello y sentí su aliento caliente recorrerme la piel.
—Le dejé claro que no somos nada, que no tiene derecho a hacer ese tipo de cosas. Le dije que no podemos ser más que amigos. También que limite sus visitas a la oficina. Sus escenas estaban distrayendo al equipo. La gente ya empezaba a sacar conclusiones equivocadas. Terminé y me fui. No esperé respuesta.
Sentí algo moverse dentro de mí al escucharlo.
—¿Ni siquiera le diste oportunidad de explicar su versión? —pregunté.
Él gimió.
—No importa lo que dijera. Besarme sin mi consentimiento fue un error, amor —dijo.
—Eres la única a la que le dejo hacer eso —añadió, frunciendo el ceño mientras me miraba. Apretó los labios y, aunque intenté contenerme, sentí cómo el corazón me daba un vuelco.
Lo que más me atrapaba de Damián era la forma en que me amaba. No solo parecía irreal por fuera, era real conmigo. Siempre me trató con una ternura honesta, sin dobleces. A pesar de que muchas lo rodeaban, jamás me carcomieron los celos al punto de dudar de él. Sí, quizás alguna vez sentí esa punzada por todo lo que él representaba, pero nunca dudé del amor que me daba.
—Te amo —le dije, casi sin pensarlo.
Vi cómo sus ojos se encendieron. Me estrechó con fuerza y me besó.
—Y yo a ti —me respondió, y volvió a besarme, más lento.
Lo nuestro era recíproco. Yo lo sentía profundo, sólido, inquebrantable. El sudor recorría mi piel mientras entrelazábamos las manos. Me sentía suya en cada sentido: su cuerpo rodeando el mío, su m*****o llenándome con fuerza mientras yo gemía su nombre como una suplica. Estábamos en nuestro propio mundo, felices. Plenos. Unidos.
Me guió hasta el sofá y se hundió en mí con una intensidad que me hizo arquear la espalda. Después me llevó frente a la gran ventana de cristal. Afuera, el cielo oscuro nos observaba, acompañado de estrellas. Las luces de la ciudad brillaban.
Sonreí, con ese calor latiendo dentro de mí, creciendo. Me aferré a su cuello mientras él me embestía. No existía nada más.
Hicimos el amor bajo la mirada del universo.
—¡Ah... amor, voy a correrme...! —jadeé, y él soltó un gruñido grave, sucio, al empujar con más fuerza.
Me sujeté al borde de la pared, mi cuerpo respondiendo por sí solo, mis caderas moviéndose al ritmo exacto del suyo. Sentía las marcas de nuestra pasión estamparse en el vidrio frío.
—Yo también... Oh, Damián... más, más rápido —susurré, con algo más formándose dentro. —No te corras dentro —le advertí entre jadeos.
No contestó. Solo aumentó el ritmo hasta gemir con rabia.
—¡Mierd! —gruñó al sacarla justo a tiempo, y ambos llegamos al clímax al borde del caos. Mi pecho subía y bajaba con fuerza mientras él deslizaba sus labios por mi espalda, sembrando besos.
—La próxima vez usaré condón —murmuró con voz ronca—. Es demasiado difícil sacarla cuando estás tan malditamente caliente y apretada.
Negué con una sonrisa mientras me reincorporaba.
—Tú y tus vulgaridades —le dije, sin poder evitar reírme.
Y entonces, como si alguien nos observara desde afuera, sonó el timbre. Nos miramos, sincronizados.
—Llegó la comida —dijimos a la vez, entre risas.