Maya cerró la caja registradora con más fuerza de la necesaria.
El sonido seco del cajón deslizándose fue lo único que rompió el silencio de la cafetería, ya casi vacía. Faltaban quince minutos para cerrar y, por primera vez en meses, deseó que Elías no regresara esa tarde, como lo venía haciendo después de que tenía una cita para su retroalimentación.
Pero regresó.
Como siempre.
Se sentó en la mesa ocho, aunque esta vez no llevaba computadora. Solo su teléfono. Y una sonrisa que no intentaba disimular.
Maya fingió no verlo durante exactamente cuarenta y siete segundos. Los contó mentalmente mientras acomodaba unas tazas que ya estaban perfectamente alineadas.
—¿Vas a ignorarme todo el día? —preguntó él finalmente.
Ella levantó la vista.
—Estoy trabajando y quiero terminar rápido para irme temprano a casa.
—Lo sé, pero técnicamente yo también soy tu trabajo.
Maya asintió sin mayor emoción.
—¿Y tu laptop? Hoy finalmente decidiste no registrar esta cita —preguntó, pues a pesar de que ya no llevaba su computadora a las citas, sí lo hacía cuando estaba con Maya, para apuntar lo que ella le decía y analizar por qué no había funcionado la cita, según un programa de datos al que él le seguía teniendo fe.
—Que eso no te espante. Aquí, donde me ves, estoy analizando datos —dijo con orgullo, mostrando su teléfono, pero Maya rodó los ojos.
—¿De ella? —preguntó y tomó una de las tazas que ya estaba lista, y comenzó a limpiarla como si esa acción pudiera restar algo de importancia a su pregunta.
Elías no respondió de inmediato. Miró su pantalla y luego asintió.
—De ella.
Ese “ella” se sintió extraño. Como cercano…
Maya caminó hasta su mesa con una extraña sonrisa, donde apretaba los labios, misma que utilizaba sin darse cuenta cuando no quería que nadie notara nada.
—¿Qué analizas exactamente?
Él giró el teléfono hacia ella. Había gráficos. Barras de compatibilidad. Palabras clave resaltadas en verde.
—Transcribí mentalmente nuestra conversación. Identifiqué patrones de respuesta, tono emocional, microexpresiones. Luego lo ingresé a mi modelo comparativo con datos de mis citas anteriores, que logré instalar en mi teléfono.
Maya cruzó los brazos.
—¿Y?
—Supera por mucho el promedio.
—Eso ya lo sé. Dijiste noventa y nueve por ciento —el sarcasmo se notaba en su voz, pero Elías ni siquiera se fijó.
—Noventa y nueve punto tres —corrigió él.
Maya soltó una risa breve, incrédula.
—¿Sabes qué significa eso, Elías?
—Alta probabilidad de éxito.
—No. Significa que estás buscando seguridad matemática en algo que no funciona así.
Él frunció el ceño.
—Todo funciona con patrones.
—No el amor. Ya te lo he explicado miles de veces. ¿Por qué te cuesta tanto entenderlo?
Elías sostuvo su mirada un segundo más de lo habitual.
—¿Y tú cómo lo sabes?
Maya sintió como si fuera la primera vez que hablaba con Elías. Como si hubieran regresado al hombre completamente psicorrígido y cuadriculado que no entendía otra cosa que no fueran los números.
—Porque si funcionara con patrones —añadió ella, bajando la voz—, nadie se equivocaría.
Elías ladeó la cabeza, pensativo.
—Tal vez la gente se equivoca porque no recopila suficiente información.
—O porque elige ignorar la que tiene enfrente.
El silencio se instaló entre ambos.
Y no entendía por qué, pero él no parecía estar completamente seguro de su argumento.
—¿Te molesta? —preguntó de pronto.
—¿Qué cosa?
—Que me haya ido bien.
La pregunta fue directa. Demasiado.
Maya abrió la boca, pero la cerró enseguida.
—Claro que no. Es mi trabajo. Te recuerdo que me pagas para conseguirte pareja.
—Aun así, no has respondido mi pregunta —dejó el teléfono sobre la mesa y se cruzó de brazos.
Ella sostuvo la taza que no soltó en ningún momento, con fuerza.
—No seas ridículo.
Él se levantó y se inclinó hacia adelante.
—Maya.
Ese tono.
Ese tono era el que usaba cuando necesitaba una respuesta honesta.
Ella apartó la mirada.
—Solo no quiero que te ilusiones demasiado rápido.
—¿O no quieres que me ilusione con ella?
Su pregunta hizo que ella esta vez le sostuviera la mirada. Estaba sorprendida por lo que escuchaba y, al mismo tiempo, sentía que la habían atrapado haciendo algo malo. Él, por el contrario, solo estaba mirando frente a ella. Solo mirándola. Con su rostro muy cerca del de ella, tanto que Maya podía sentir su respiración y eso la estaba poniendo nerviosa.
—Te conviene mantener opciones abiertas —respondió finalmente—. Eso es todo —bajó la mirada y empezó a limpiar la taza otra vez.
Elías se apartó, se sentó y recostó la espalda en la silla.
—Curioso.
—¿Qué cosa?
—Que cuando ninguna cita funcionaba, me decías que debía insistir. Y ahora que una sí… me dices que no me enfoque.
Ella no supo qué decir, porque él tenía razón y eso la enfurecía más.
***
Esa noche, Maya no pudo dormir.
El recuerdo de Lizzy riendo con él se repetía en su cabeza como un fragmento mal editado.
No era una risa exagerada. No era coqueta.
Era natural. Y eso era lo que más le dolía.
Se sentó en la cama con el teléfono en la mano. Abrió el perfil de Elías en la aplicación que utilizaban para organizar las citas.
Revisó el historial.
Diecisiete intentos fallidos.
Tres segundas citas.
Cero terceras.
—Y ahora Lizzy —dijo en voz alta, mientras se dejaba caer sobre la cama. Cerró los ojos—. «No debería oponerme. Esto es algo bueno. Estoy cumpliendo con mi trabajo. Nada más».
Pero entonces recordó la primera vez que lo vio entrar a la cafetería. Traje gris, mirada cansada, pidiendo un café doble sin azúcar y preguntando si había una mesa cerca del enchufe.
No parecía alguien buscando amor.
Parecía alguien buscando escapar, tal vez descansar, quizás desconectarse, aunque fuera por un momento. Y, sin darse cuenta, empezó a esperarlo cada tarde.
Empezó a guardar su mesa favorita, como si siempre estuviera reservada.
Empezó a notar cuándo parecía querer hablar y cuándo necesitaba silencio. Eso no estaba en ningún contrato.
—¡Soy una tonta! —dijo y cerró los ojos, no sin antes echarle un último vistazo al chat de Elías, quien ni siquiera le escribió a darle las buenas noches, como ya se le había hecho costumbre.
***
Al día siguiente, Lizzy volvió. No por una cita. Solo por café.
Maya la vio entrar y supo que algo había cambiado.
Lizzy caminaba con seguridad distinta. No ansiosa. No expectante. Segura y con una enorme sonrisa en los labios.
—Buenos días —saludó.
—Buenos días —respondió Maya, profesional.
—¿Está él?
—No. Él no suele venir en las mañanas, sino en las tardes —dijo con una amplia sonrisa, como si le hubiera ganado en algo.
Lizzy asintió.
—Me escribió anoche.
El corazón de Maya dio un salto involuntario y su sonrisa se borró por completo.
—¿Ah, sí?
—Sí. Bastante tarde.
Maya fingió buscar una taza.
—¿Y?
—Quiere verme mañana otra vez.
El silencio fue microscópico, pero real.
—Me alegra.
Lizzy la observó con atención.
—No pareces muy convencida.
—No es asunto mío.
Lizzy apoyó los codos en la barra.
—¿Te gusta?
La pregunta cayó igual que la mañana anterior. Maya respiró hondo.
—Ya te he dicho que no.
—Es que no me convence.
—No me importa si te convence o no.
Lizzy la sostuvo con la mirada unos segundos más.
—No quiero competir con nadie sin saberlo.
Maya se quedó quieta.
—¿Competir?
La palabra la incomodó.
—No estás compitiendo con nadie.
Lizzy sonrió levemente.
—Entonces deberías cambiar el semblante y estar feliz por nosotros.
Y ahí estuvo el golpe final.
Porque Maya ni estaba siendo ni siquiera era capaz de disimular. Y eso significaba algo que no quería admitir.
***
Esa tarde, Elías llegó con una energía distinta.
Se sentó sin abrir la laptop.
—¿Sabes qué descubrí? —dijo apenas ella se acercó.
—¿Que ahora es noventa y nueve punto cinco? —bromeó con el porcentaje que Elías le había dado la noche anterior.
Él sonrió.
—No. Que no he tenido que ensayar nada.
Maya se detuvo.
—¿Ensayar?
—Contigo siempre practicaba qué decir. Cómo responder. Qué temas evitar.
Ella sintió un calor inesperado subirle por el cuello.
—Era para ayudarte.
—Lo sé. Y lo agradezco. Pero con Lizzy… no lo necesité.
El comentario fue inocente. Pero se sintió como una puerta cerrándose en la cara.
—Eso es bueno —respondió ella, casi en automático.
—Sí. Es bueno.
La miró con gratitud.
—Gracias, Maya.
Esa palabra volvió a doler.
Gracias.
Como si ella hubiera construido el puente para que él cruzara hacia otra persona.
—No me agradezcas todavía —repitió ella, igual que el día anterior—. Apenas tuvieron una cita, aún hay que esperar.
Él la observó con curiosidad.
—¿Por qué siempre dices eso?
«Porque no quiero que estés con esa tonta».
Pero no lo dijo.
—Porque todavía queda un 0,7 % no compatible y ese 0,7 puede hacer que falle.
Elías sonrió.
—Ese 0,7 % no me preocupa.
—Debería.
—¿Por qué?
Maya lo miró.
Esta vez no desvió la vista.
—Porque a veces ese 0,7 es lo único que importa.
Elías no entendió completamente lo que quiso decir.
Pero sintió algo distinto en su tono.
Algo que no cabía en ninguna gráfica.
Algo que no sabía medir.
Y por primera vez desde que empezó a cuantificarlo todo, sintió una pequeña grieta en su sistema perfecto.
Una duda. Pequeña. Pero real.
El margen del 0,7 % por ciento.