Maya llegó a su apartamento pasadas las once de la noche, con el cuerpo cansado y la mente demasiado despierta. Cerró la puerta con cuidado, por pura costumbre, como si alguien pudiera quejarse del ruido… aunque vivía sola desde hacía años.
El lugar era pequeño, pero funcional. Un sofá viejo de segunda mano que crujía al sentarse, una mesa redonda que servía para todo, desde comedor hasta escritorio o incluso mesón de cocina, pues su cocina era tan estrecha que tenía que decidir si abría la nevera o el cajón de los cubiertos, porque ambas cosas al mismo tiempo eran imposibles, y no había mesón, solo el lavaplatos y la estufa.
Dejó las llaves en el platón de cerámica junto a la puerta, se quitó los zapatos y caminó descalza hasta la cocina. Abrió la nevera y la miró con resignación: leche, huevos, un trozo de queso y un envase de comida recalentada que llevaba ahí más días de los que quería admitir.
—Mañana —murmuró—. Mañana cocino algo decente.
Se sirvió un vaso de agua y apoyó la espalda contra la encimera. Por un momento cerró los ojos para descansar, pues trabajaba día y noche sin descanso; después de todo, no tenía otra cosa que hacer que pagar cuentas. Fue en ese momento, sin previo aviso, cuando Elías apareció en su cabeza.
No como una imagen vaga, sino nítida.
Sentado en la mesa 8.
Riendo sin darse cuenta.
Mirándola como si, por primera vez en su vida, alguien lo estuviera viendo de verdad.
Maya cerró los ojos.
—No —se dijo en voz baja—. Esto no.
Movió la cabeza de un lado a otro con rapidez, como si con ese gesto sus pensamientos pudieran ser borrados.
Se dejó caer en el sofá, estirando las piernas adoloridas. El techo tenía una pequeña mancha de humedad con forma extraña, algo que llevaba años prometiéndose arreglar. Nunca lo hacía. Siempre había algo más urgente: pagar los servicios, el arriendo, la salud, algún electrodoméstico que reparar, los préstamos que hizo para pagar los estudios que nunca pudo terminar… en fin… su vida básicamente se basaba en trabajar y sobrevivir.
Encendió el televisor sin prestar atención a lo que salía. El ruido de fondo era solo una excusa para no escuchar sus propios pensamientos.
Pero no funcionó, pues la imagen de un hombre de traje en la TV de inmediato la transportó a pensar en Elías llegando al café todos los días, puntual, con su libreta negra bajo el brazo. Pensó en cuántas veces lo había observado desde la barra antes de atreverse a hablarle de verdad. Antes de que él supiera siquiera su nombre.
Siempre había estado ahí.
Siempre solo.
Siempre buscando algo.
—Qué tonto —susurró—. ¿Por qué nunca se dio cuenta de mi existencia? —dijo, algo dolida.
Maya se incorporó y se recogió el cabello en un moño desordenado. Fue al baño, se miró al espejo. Tenía ojeras, la piel cansada, una camiseta vieja del café. Nada en ella gritaba romance ni historia bonita.
Y, sin embargo… pensar en él la hacía sentirse diferente.
No especial.
No idealizada.
Simplemente vista. Aunque antes de que ella diera el primer paso, él ni siquiera se había fijado en ella, y ahora lo hacía por el trato que tenían.
—¡Pero qué rayos! —se refutó a sí misma por esos pensamientos y se echó algo de agua en la cara.
Pero la llave de pronto empezó a expulsar agua sin control. De inmediato intentó cerrarla; como pudo, lo logró.
—Quizás mi negocio con Elías sirva para finalmente arreglar algunas cosas de este viejo apartamento.
Se metió en la cama con el celular en la mano, como siempre. Abrió i********:, lo cerró. Abrió una aplicación de noticias, la cerró también. Finalmente, sin querer, abrió el chat de Elías.
El último mensaje era suyo, de horas antes:
“Hoy no quise salir corriendo.”
Maya sonrió sin darse cuenta.
Escribió:
“Eso es progreso.”
Borró el mensaje.
Escribió otro:
“Estoy orgullosa de ti.”
También lo borró.
Suspiró. Apagó la pantalla y dejó el teléfono boca abajo, como si así pudiera evitar pensar.
Pero el pensamiento ya estaba ahí, instalado.
¿En qué momento empezó a importarle tanto?
***
Al día siguiente, Elías hizo algo que no estaba en ninguna lista.
Salió del Café Limonetto… y no volvió directo a casa.
No revisó el reloj.
No sacó el teléfono.
No calculó tiempos.
Simplemente caminó.
Al principio fue incómodo. No saber a dónde iba lo hacía sentir torpe, fuera de control. Caminó un par de cuadras mirando escaparates sin realmente verlos, esquivando gente, escuchando fragmentos de conversaciones ajenas.
La ciudad estaba viva.
Demasiado viva para alguien que siempre había vivido en estructuras.
Pensó en Maya diciéndole:
“Haz cosas que no tengan que ver con citas.”
Entró en una librería pequeña que jamás había notado, aunque seguramente había pasado por delante cientos de veces. El lugar olía a papel viejo y café barato. Una campanita sonó cuando abrió la puerta.
—Buenas tardes —dijo una mujer desde el fondo.
Elías respondió con un gesto torpe y comenzó a recorrer los estantes. No buscaba nada en particular, y eso lo inquietaba. Siempre buscaba algo. Siempre sabía qué quería.
Tomó un libro al azar. Relatos cortos.
Lo dejó.
Tomó otro.
Ensayo.
Lo volvió a dejar.
Al final, se encontró con un libro de cuentos que no tenía una portada llamativa ni tampoco parecía muy interesante; sin embargo, lo abrió. Leyó la primera frase. No entendió por qué, pero le gustó.
—Esto es absurdo —se dijo—. No es eficiente. No es real, demasiado fantástico para mi gusto.
Y, aun así, lo compró.
…
Esa noche, en su departamento amplio y perfectamente ordenado, dejó el libro sobre la mesa sin leerlo. Se sirvió un vaso de agua y se sentó en el sofá. Todo estaba en su lugar, como siempre. Demasiado en su lugar. Tal y como a él le gustaba.
El silencio era distinto. No cómodo. Vacío. Una sensación nueva para él, pues siempre le gustó lo que conocía y últimamente hasta su casa le daba una sensación extraña, como si estuviera muerta, si es que eso se puede decir de una casa.
Pensó en Maya, en su risa, en cómo no parecía necesitar nada de él… y, aun así, estaba ahí.
Sacó el teléfono.
Escribió:
“Hoy salí sin plan.”
Lo borró.
Escribió:
“Entré a una librería. No sabía qué comprar.”
Lo borró también.
Finalmente escribió:
“Gracias por ayer.”
Envió el mensaje antes de pensarlo demasiado.
La respuesta llegó minutos después:
“De nada. Y felicidades, sobreviviste sin estructura.”
Elías soltó una pequeña risa.
Una real.
Y, por primera vez en mucho tiempo, no se sintió ridículo por ello.
***
Cuando volvió al Limonetto al día siguiente, algo había cambiado.
No en el lugar.
En él.
Maya lo notó de inmediato.
No llevaba la libreta en la mano.
No se sentó de inmediato.
Miró alrededor, como si el café fuera un lugar nuevo.
—¿Te perdiste? —bromeó ella desde la barra.
—Tal vez un poco —respondió él.
Ella lo observó con atención. Algo en su postura estaba menos rígido. Menos defensivo.
—Eso es bueno —dijo—. Significa que estás saliendo del piloto automático.
Se acercó con un café.
—¿Qué hiciste después de irte ayer?
Elías dudó un segundo antes de responder.
—Caminé —dijo—. Sin rumbo.
Maya arqueó una ceja.
—¿Y sobreviviste?
—Apenas —respondió—. Pero… estuvo bien.
Ella sonrió, genuina.
Ese día no hablaron de citas.
Hablaron de nada y de todo.
Y cuando Elías se fue, se dio cuenta de algo inquietante: por primera vez no insistió por tener más citas; incluso no había tenido ninguna ese día.
…
Esa noche, Maya volvió a su apartamento agotada, pero distinta.
Se quitó los zapatos, dejó el bolso en la silla y se sentó en el sofá sin prender la televisión. Pensó en Elías caminando sin rumbo, entrando a una librería, haciendo algo solo porque sí.
—Mírate —se dijo—. Ya estás influyendo demasiado.
Y sonrió, porque por primera vez en mucho tiempo sentía que algo estaba haciendo bien. Y pensar en que Elías estaba avanzando, y verlo fluir de cierta manera, la hacía sentirse muy feliz.