Sara
La sutil transformación de mi jefe no se limitó a su trato con Emma; era una onda expansiva que, inevitablemente, terminó por alcanzar la otra variable crítica en la ecuación de su nueva vida, o sea yo.
Al principio, era profesional. Me miraba para recibir instrucciones sobre Emma, o para dar órdenes sobre la logística del hoga, que cada vez estaba más patas arriba. Pero a medida que avanzaba la cuarta semana y el espíritu de la Navidad, ese destructor silencioso de la racionalidad de los seres humanos, empezaba a colarse por los ventanales de la mansión, el enfoque de Robert Klaus empezó a desviarse.
El catalizador fue el cansancio. Cómo lo llamaba él El cansancio no programado.
Una tarde, me había quedado dormida en el sofá de la sala de juegos improvisada. Había sido una noche terrible; Emma había decidido probar la eficiencia de sus pulmones cada dos horas. Cuando desperté sobresaltada, encontré a Klaus allí, de pie con ella en sus brazos, observándome.
Me levanté de un brinco, avergonzada por mi falta de profesionalismo. Es que entre el trabajo de la oficina y la casa creo que colapsé.
—¡Señor! Lo siento mucho. Debí haberme despertado. ¿Emma está bien?
Él no se movió. No mencionó el fallo en mi rendimiento. Su mirada se detuvo, no en mi rostro, sino en el desorden que me rodeaba. Tenía el cabello pegado a la frente por el sudor y la ropa de diario que había tenido que comprar, era ropa simple, de algodón, muy diferente a mi traje de oficina que tampoco era la gran maravilla, estaba por cualquier parte de mi cuerpo.
—No te disculpes, Sara. Es un déficit de sueño inducido por la interacción con la a... E —dijo, usando una excusa técnica para evitar la palabra cansancio.
Luego, su mirada se encontró con la mía, y por primera vez, no la sostuvo por obligación, sino por... curiosidad.
—Has estado aquí casi un mes sin un día libre. ¿Cómo mantienes el rendimiento óptimo con esta privación de sueño? —preguntó. Era una pregunta clínica, sí, pero la cercanía era inusual. Ni siquiera me habia dado cuenta de lo cerca que estaba de mí... Estudiándome.
—Usted me dijo que resolviera el problema, Señor. Y Emma es una recompensa silenciosa. Además, ya sabe, la adrenalina y el café son exelentes compañeros—respondí, intentando aligerar el momento y forzando una sonrisa.
«Vamos que tanta cercanía me incomoda »
Mi jefe no sonrió, pero su expresión se suavizó. Dejó a Emma en su corral, caminó hasta la cocina y volvió en menos tiempo del esperado, ni siquiera me había movido de dónde estaba. Se acercó aún más y me tendió una taza de cerámica gruesa que olía a té de hierbas.
—Tu café es una solución ineficiente y a corto plazo, Sara. Esto es un relajante muscular. Bébela. Y por favor, toma dos horas de sueño no programado. Yo me encargo de la supervisión de E, mientras descansas —ordenó, con un tono que no admitía discusión alguna, pero que sonaba sorprendentemente protector. Por mi parte, tomé la taza y el solo roce de sus dedos con los míos me provocó un calor indescriptible que se tradujo en un leve sonrojo en mis mejillas.
A partir de ese día, el cambio se hizo tangible. Mi jefe había integrado el concepto de cuidado en su algoritmo, y yo era parte de ese paquete ordenado y finito de operaciones.
Cómo cada día, tomé mi tableta e introduje mis nuevos descubrimientos en mi informe.
Necesitaba racionalizar más y dejar de humanizar todo o me volvería loca. Por eso, mientras veía a mi precioso error y me tomaba uno de esos tés, que cada mañana me dejaba mi jefe, le di rienda suelta a mis especulaciones.
El primer punto abogado eran los Detalles: De un día para otro dejó de referirse a mi vestimenta como de trabajo y empezó a comentar cómo me sentaba el color que llevaba ese día, o si mi peinado se veía diferente.
Una tarde, me sorprendió con un pequeño regalo. No era un aparato tecnológico, sino una crema de manos de alta gama.
—El contacto constante con el agua deteriora la barrera cutánea. Esto es una inversión en el mantenimiento del sistema –explicó, pero yo sabía que era una observación mucho más personal.
El segundo hito fue el Silencio Compartido: Los momentos más reveladores eran cuando terminábamos la Hora de Interacción. Nos sentábamos en el sofá, yo acunando a Emma dormida, y él a mi lado. El silencio de antes era de profesionalismo; el silencio de ahora era de intimidad. Ambos éramos guardianes del mismo secreto, cómplices en la creación de una vida fuera de la lógica–aunque yo siguiera pensando que era un tanto absurdo y que aún había algo que él no era capaz de confiarme –. En esos silencios, sentía que él ya no estaba revisando mis datos curriculares, sino que estaba leyendo la persona que se había atrevido a invadir su vida junto a esa bebé.
Una noche, cuando Emma estaba particularmente quisquillosa, mi jefe y yo terminamos deambulando por la sala, cada uno con un extremo de la manta de Emma, meciéndola. En un giro, mi mano rozó la suya. Fue un toque fugaz, casual, tal y como el de la taza, pero sentí cómo se tensó. Su mirada subió de Emma a mí.
Sus ojos grises, normalmente tan enfocados y fríos, se detuvieron en mi boca. Hubo un instante, un microsegundo, en el que el científico desapareció por completo. Había una intensidad allí, un reconocimiento tácito de que yo no era solo la niñera o la asistente; era una mujer, una presencia cálida que había traído vida y caos a su mundo incoloro.
Él rápidamente rompió el contacto, carraspeó y dijo:
—La frecuencia de oscilación debe ser constante. La tuya está ligeramente desviada, Sara.
Pero ya era tarde. La desviación no era en mi movimiento; era en su mirada. Lo que había comenzado como una solución de ingeniería a un problema de código, se estaba transformando, peligrosamente, en una atracción. El error en la ecuación se había vuelto doble para él y lo notaba. No solo era Emma, ahora también era yo.
La víspera de Navidad se acercaba, y yo sabía que mi "informe final" no solo decidiría el destino de Emma, sino también el de esta incómoda, extraña y excitante nueva dinámica entre mi jefe y yo.