Robert Klaus Von Richten
Para mí desgracia o mi suerte, debí viajar con urgencia a Ginebra. No quería hacerlo, menos pensando que estábamos a nada de la fecha de cumplimiento de nuestro proyecto con Sara. Pero Alaister me obligó a viajar y no me pude negar. El contrato era multimillonario y las consecuencias de que se cayera de nivel catastrófico.
Nunca en mi vida me había costado tanto tomar mi maleta y salir de mi casa, menos el solo hecho de pensar que las dejaría solas, así que llamé a Donovan – mi segundo asistente– y le pedí que contratara dos personas para que se encargaran de los quehaceres del hogar.
Era mi forma de retribuirle a Sara todo lo que ha hecho y no hacerla colapsar en el intento.
—Todo está listo, señor. No sé preocupe, con Don – ¿por qué me molestaba escucharla tan familiar con él segundo?– ya tenemos todo coordinado y los días que tenga que estar en la oficina, la niñera que contraté vendrá o simplemente me la llevaré a la oficina.
—Bien –¿qué más podía decir si ya había pensado en todo? –. Estaremos en comunicación abierta. No deje su teléfono lejos, porque cuando vengan las personas del aseo no la llamaré al teléfono de la casa.
—Entendido. Ahora, despídase de Emma.
¿Qué quería que hiciera qué?
Ella se acercó con E y la puso frente a mis ojos y yo solo atiné a hacerle un caricia en su mejilla regordeta.
—Cualquier contratiempo, no dude en llamarme.
—Claro, claro, jefe. Estaremos bien. Dile adiós a... al señor Klaus, mi bella Emma.
Y así, me despedí de ellas con algo extraño en mi estómago.
¿Será que tanto contacto con ellas me ha enfermado?
Debería llamar a mi doctor para hacerme un chequeo completo, esto no era normal.
Me senté en el jet de vuelta a Ginebra, mirando la hoja de cálculo abierta en mi tableta. El código que había generado para E seguía siendo un misterio en términos de su origen, pero su rendimiento biológico estaba fuera de toda duda. La curva de crecimiento era superior al percentil 95. El output era óptimo.
Pero mi mente no estaba en los bytes. Estaba en la logística de mi vida en Los Ángeles. E, el Error, ya no era el único problema a resolver. El verdadero activo que había descubierto era Sara.
Ella no era una niñera, ese término es trivial y subjetivo. Sara era la interfaz humana de mi vida. Una extensión de mi eficiencia.
Antes de la llegada de E, Sara era una analista de datos competente, valiosa y como asistente era buena y la única que me soportaba, pero era reemplazable. Ahora, es irremplazable. Su capacidad para gestionar la logística, el inventario –maldita sea, la hoja de cálculo de pañales era brillante–, y la interconexión con el entorno social de E era impecable. A pesar de. todo el caos, había gestionado la casa con una limpieza cercana a la mía, pero con un toque de calidez que hacía el ambiente funcional.
La necesitaba. No solo para E, sino para la oficina.
Sara había demostrado ser la única persona en el corporativo que podía operar fuera de los parámetros rígidos sin colapsar. Cuando le asigné el problema de E, no buscó un manual; creó uno. Su plan para la "Integración de E" era arriesgado, sí, pero su lógica era innegable. Había tomado mi vida desordenada por una variable inesperada y había reintroducido el orden.
Tomé mi tableta y por unos segundos las ví en mi feed de seguridad,. Ambas en una perfecta sincronía caminando y mostrándole la casa a las personas de la empresa que había contratado.
Ella sonriendo y E haciendo esos gestitos encantadores.
Apagué la cámara y busqué mi archivo, necesitaba anotar todo esto que provocaba mi viaje.
Archivo Sara S.
Tecleé y comencé a escribir...
La señorita Sinclair ha provocado, estás últimas semanas, una serie de aportes al algoritmo específico de mi propia optimización.
El primero y fundamental se traduce en mi rendimiento en la Oficina: Mi enfoque había mejorado. Las reuniones se acortaban. Había una nueva eficiencia nacida de la necesidad de estar libre para las 5:00 PM. Sara indirectamente había optimizado mi tiempo de trabajo, obligándome a ser más conciso, a eliminar la grasa del negocio.
El segundo y no por eso menor. La gestión de Estrés: El té de hierbas que le forcé a beber no era una solución científica, pero funcionó. Ella era un factor de estabilidad emocional que mi equipo de gestión de riesgos nunca podría ofrecer.
El problema era que yo había empezado a verla como algo más que un activo.
Esa mañana, cuando la vi en la cocina, con el sol iluminando el suave desorden de su cabello, tuve que reorientar mi pensamiento. No era solo la cuidadora de E; era una mujer, con una forma y una presencia que contrastaba demasiado con la rigidez de mi vida. Había algo en su forma de sonreír a la bebé, en la manera en que su cuerpo se movía con una gracia que yo solo podía llamar eficiente, que desviaba mi atención y otras cosas.
Y mis ojos se iluminaron como si hubiera descubierto una nueva teoría de la evolución. Yo necesito a Sara como mi asistente principal, no solo para manejar a E, sino para manejar todo. Necesito su mente para mi trabajo, su capacidad para improvisar cuando mis algoritmos fallan, y su presencia para mantener la nueva normalidad que ella ha diseñado.
Su informe final sobre el experimento de la Integración de E se acercaba, y yo ya tenía mi contrapuesta: Sara no iba a ninguna parte. La iba a ascender. Iba a hacerla indispensable en la empresa, ofreciéndole un salario que ninguna niñera o analista rechazaría.
—Sara Klaus Sinclair, Esp... ¿qué digo? No, mejor no, Asistente Ejecutiva Senior, Jefa de Logística Familiar y Personal. Sí, eso sonaba bien.
Pero al mirar nuevamente mi feed de seguridad, donde Sara estaba riendo mientras hacía volar a E por el aire, supe que no era solo un asunto de oficina. Su presencia en la casa se había vuelto tan esencial como la mía. Ella no era solo la solución al problema de E; era la solución al problema de Robert Klaus.
Necesitaba formalizar el puesto, asegurar el activo. Necesitaba que se quedara. Y si eso implicaba fingir interés en el manual de El Pato Donald, lo haría. Por la estabilidad del sistema. Si, solo por eso.