Sara
—Sara, Sara... lo he pensado y quisiera... esto no es lógico... pero ... ¿te gustaría salir conmigo?
¿En qué momento?
Aún me daba vueltas en la cabeza todo lo que estaba pensado de él hace algunos minutos y ahora...
El corazón me latía con la misma urgencia con que se dispara una alarma crítica. La mirada y las palabras de Klaus no eran una invitación a un contrato de matrimonio para resolver un problema en el código, tampoco eran una orden de jefe a empleada; eran lisa y llanamente una confesión silenciosa. En su rostro, por primera vez, no había rastro de la armadura que solía llevar. Y como guinda del pastel.
¡¿Quería una cita conmigo?!
Me tomó un momento absorber todo. La naturalidad con que llevaba su suéter co ese horrible reno, el libro sobre el diseño de ciudades, el código corregido, la confesión de amor disfrazada de reconocimiento de mi valor, y sobre todo, la risa de Emma, provocada por la imitación de un ruido tonto
¡Que yo haciá todos los dias!
Mi mente de analista— que intentaba ser distinta a la de mi jefe, pero parece que no podía— intentó encontrar la respuesta más lógica, la más segura a esa pregunta. Pero mi corazón, ese órgano que había sido invadido por la calidez durante el último mes, ya había tomado el control.
Caminé hacia él, lentamente. Me arrodillé junto a Emma y el tren de juguete. El aire estaba cargado de la tensión no resuelta de mi sueño húmedo y de la tensión no resuelta de su propuesta matrimonial fallida.
—Robert—dije, usando su nombre por primera vez. Era un experimento en sí mismo, la introducción de un nuevo input vocal.
Él parpadeó, la formalidad de su apellido cayendo como un guante soltado por el contrincante de un duelo que no quería ser.
—Sa... Sara.
Tomé el libro de Arquitectura Urbana y el USB. Lo sostuve en mi mano y lo miré fijamente.
—Este regalo —empecé, mi voz firme—, me dice que usted finalmente entendió la crítica del código y que no se puede diseñar una vida perfecta si se ignora la necesidad humana de belleza y comunidad. Y ese es el mejor regalo que me ha podido dar.
Él asintió lentamente, sus ojos grises fijos en los míos, esperando la siguiente línea del script.
—Y la verdad es que he pasado toda la mañana intentando racionalizar por qué se levantó a las cuatro de la mañana, por qué se puso ese suéter horrible, por qué está sentado aquí, en el suelo de su mansión, armando un tren de madera o pidiéndome por primera vez una cita. Y la única conclusión lógica que encuentro... es que usted se ha enamorado, Robert —disparé, usando su nombre de nuevo, como si fuera una bala de verdad.
No me reí. La seriedad era crucial para mí en esos largos segundos.
Klaus no negó la acusación. No se justificó con datos o con un error en la data. Su rostro se suavizó, sus labios se tensaron ligeramente, y asintió... una vez.
—Sí, Sara —confirmó ahora, su voz apenas un susurro—. Es el único resultado posible. Un fallo en el sistema que se ha vuelto un absoluto... absoluto.
Quise reír, porque, a pesar de todo, le buscaba una respuesta científica a las cosas. Emma, ajena al drama, balbuceó y extendió un puño hacia el reno bordado en el pecho de su padre.
Mi corazón dio un vuelco. Él lo había admitido. Había aceptado la verdad más ilógica de todas. Yo no podía responder con un contrato, ni con una risa. Tenía que responder con la misma honestidad desordenada que él me había mostrado.
Me incliné, acercándome a él. Mientras, a duras penas, mantuvo la respiración.
—Mi "informe final" sobre la permanencia en el sistema es este, Robert —dije, bajando la voz hasta que solo él pudiera escucharme—. Me quedo. Y voy a revisar su código para la ciudad. Pero no por el contrato, sino porque yo también he desarrollado un fallo de sistema. Y es usted.
Dejé el libro y el USB a un lado. Y en lugar de seguir la conversación con palabras, hice lo único que rompió completamente su lógica. Toqué su mejilla, un gesto dulce y simple. Mi mano se posó suavemente sobre su rostro. Su piel estaba tibia. Él no se movió, solo cerró los ojos, aceptando el contacto con una quietud que hablaba de una profunda necesidad. No era un beso, pero era más íntimo que cualquier contrato entre nosotros.
—Y en cuanto al matrimonio, Señor —susurré, retirando mi mano y volviendo a mi papel de socia en este caos—, le prohíbo terminantemente volver a proponerlo a menos que primero me saque a cenar diez veces y deje de usar términos de gestión de activos en cada una de nuestras citas.
Klaus abrió los ojos. Había una chispa de inteligencia en ellos, mezclada con el asombro.
—Así que acepta—sonrió como un niño y mi corazón volvió a detenerse—. Una cena. Mmm. Un protocolo más social. Entendido.
Su actitud y su postura me hacían reír, pero no quería ensuciar el momento.
—Y Klaus —añadí, dándole el nuevo código de acceso a la felicidad—. El desayuno fue peor que los panqueques. Pero el reno... el reno es un output emocional que valoro. Ahora, ayúdame a ensamblar la locomotora. Tenemos un día de Navidad que disfrutar.
Me reincorporé al juego, tomando un bloque de madera. Klaus me miró por un momento más, asimilando la nueva dinámica. Yo, había tomado las riendas. El amor había sido declarado, condiciones de cortejo impuestas y el regreso a la tarea para no desordenarnos.
Él sonrió. Una sonrisa lenta, incierta, pero real. Tomó un componente del tren y volvió a su mirada profesional, pero musitando unas palabras.
—Muy bien. Implementación del Protocolo de Cortejo, Fase 1: Cena y No-Terminología Corporativa. Y luego, el análisis de la locomotora.
Y así, en la mañana de Navidad, con un tren de juguete y una bebé riéndose de estos dos locos que vivían por y para ella, dimos el primer paso en la ecuación más caótica, pero más hermosa. Una que Robert Klaus Von Richten jamás diseñó.