Cena y coordenadas inexploradas

1196 Words
Sara Unos días después de la mañana de Navidad, nuestra vida se había asentado en un ritmo de trabajo-hogar que, aunque seguía siendo intenso, era sorprendentemente feliz. Klaus había cumplido su parte del trato: interactuaba con Emma a diario, y su código de la ciudad ahora incluía parques y jardines comunitarios, etiquetados como Espacios de Optimización Social y Recreativa. Había eliminado la terminología corporativa de nuestras interacciones personales... en la medida de lo posible. Sí, aún le costaba, pero no podía pedir más... Íbamos poco a poco... Pero la Fase 1: Cena y No-Terminología Corporativa de nuestro cortejo, impuesta por mí, había tardado más de lo previsto en materializarse. El problema no era el tiempo de Klaus o el mío; era la logística de la separación de Emma ¡Y que ni siquiera nos habíamos dado un besito! —Señor, no es seguro. ¿Y si Emma tiene un pico de fiebre? ¿Y si la niñera no conoce la frecuencia óptima de las palmaditas para el eructo? —pregunté, tecleando nerviosamente las coordenadas del restaurante que había elegido. Era la primera vez que me separaría más de dos horas de ella y estaba paranóica. —Sara, por favor —Mi... Chico, si es que así puedo llamarlo, vestido con un traje que no era de oficina, en un tono de azul medianoche que me hizo tragar saliva, se ajustó el puño de la camisa—. La niñera es una profesional pediátrica con diez años de experiencia y referencias verificadas por mi equipo de seguridad. E —eso aún faltaba en su lingüística — estará monitoreada por sensores de temperatura y audio. Estaremos fuera solo dos horas. La probabilidad de un evento crítico es estadísticamente insignificante. —La probabilidad no es el problema, Klaus. El problema es la ansiedad de separación. No hemos dejado a Emma ni una sola vez desde que llegó a esta casa —le recordé, aunque la niñera ya había venido dos veces. Me miró. Había abandonado la máscara del CEO y en sus ojos se reflejaba mi propio temor, con lo que de cierta forma me daba razón a algo que ya ni siquiera quería preguntar. El verdadero origen de Emma. Porque vamos, nadie le cree eso del código y más aún porque jamás hizo el atisbo de llamar a la policia o a servicios sociales. Pero, repito, esperaba que algún dia se abriera a mí y me lo dijera. —Tienes razón. Yo también siento... un déficit de control —admitió, usando el término más cercano que tenía a la ansiedad. La niñera, una mujer paciente llamada Martha, ya estaba en la sala, familiarizándose con el manual de cinco páginas que escribí sobre el Protocolo de cuidado de Emma, fase 3. Me despedí de ella, llenándola de besitos y, al fin, salimos. Subimos al auto. Por primera vez en todo este tiempo, solo éramos dos adultos en un espacio sin juguetes ni monitores de bebé. ¡Y sin la bebé! El restaurante era clásico y elegante. Nos sentamos en una mesa discreta. El ambiente era sofisticado, pero yo no podía relajarme. Mis manos estaban apretadas bajo la mesa. —¿Estás bien, Sara? —preguntó Klaus. Su voz era más suave de lo habitual. —Sí. Solo... me parece extraño. El silencio. ¿Oyes el silencio? Es primera vez en tanto tiempo que no lo sentía. —Sí. Es la ausencia del output de E. Es el objetivo del experimento: la optimización del tiempo de pareja. Le di una mirada severa. —¡Cero terminología corporativa! —Cierto. Disculpa. Es... es la primera vez que estoy contigo sin la necesidad de resolver una crisis logística. Es un terreno inexplorado. Yo sonreí, sintiendo cómo el hielo empezaba a romperse. —También es nuevo para mí. ¿Sabes qué es lo más loco? En mi sueño... —Me detuve, el recuerdo de mi "sueño húmedo" me hizo ruborizar. ¡No lo digas, Sara! Klaus me miró con una curiosidad intensa. —¿Qué soñaste, Sara? Mi analista de sueños me dice que los sueños son datos no procesados. —Olvídalo. El punto es que es extraño. Somos dos personas que se conocen íntimamente en el caos de los pañales, pero que nunca han tenido una conversación normal. Ordenamos la cena. Durante la espera, Klaus me sorprendió. —Te ves... muy elegante esta noche —dijo, y su mirada recorrió mi vestido, deteniéndose ligeramente. No era un cumplido, sino una observación honesta y torpe. —Gracias. Tú también te ves bien. No te ves como si fueras a comprar una empresa —respondí, dándole un cumplido inusual a cambio. —Mi traje es solo un mecanismo de defensa en la oficina. Esta noche... estoy desarmado —admitió. Hablamos de cosas absurdas. Del mal sabor de los panqueques quemados. De mi antiguo interés en la danza. De cómo Klaus, de niño, había desmontado un reloj de pie para entender su mecanismo, y cómo nunca había logrado volver a armarlo, su primer error sin resolver. En un momento, mi teléfono vibró. Mi mano se lanzó hacia él. —¡Es Martha! —exclamé, sintiendo un nudo en el estómago. Klaus me detuvo con un gesto suave en el antebrazo. El contacto fue ligero, pero su toque era eléctrico. —Es un mensaje de texto. Es un informe de estado conciso. No es una llamada de emergencia. Lee el informe sin alarmas. Leí el mensaje. "Emma está tranquila. Durmiendo. Cero incidentes. Que disfruten." Solté un suspiro de alivio. Me reí de mi propio pánico. —Bien. El sistema se mantiene estable. —Siempre lo es, Sara. Porque tú lo diseñaste bien —dijo Klaus, y su mirada era una mezcla de respeto y algo mucho más profundo. El resto de la cena se desarrolló con una facilidad que ninguno de los dos había anticipado. Nos reímos de la intensidad de nuestra propia vida y de lo ridículo que era tener una cita después de haber discutido la permanencia de un bebé. Al final de la noche, de vuelta en el auto, el silencio ya no era tenso, sino cómodo. Nos miramos, y en esa oscuridad, el aire se hizo denso. —Klaus... —empecé, pero él me interrumpió. —Sara. El plan de cortejo... es exitoso. La experiencia ha generado un fuerte output positivo. —Cero terminología —susurré, pero mi voz estaba cargada de risa. Klaus detuvo el auto. Él se inclinó, y en la oscuridad del auto, bajo las luces de la ciudad, sus labios encontraron los míos. El beso no fue torpe como su intento de matrimonio, ni rápido como un experimento fallido. Fue firme, mesurado y con una lógica simple e irrefutable. Era la conclusión lógica del amor. Cuando nos separamos, mi corazón latía con la fuerza de diez alarmas críticas. —El próximo paso en el plan de cortejo requiere... un nuevo entorno. Más privado —dijo Klaus, su voz ronca. —Absolutamente. Yo me encargo de la logística de la "Fase 2", Klaus. Y esta vez, no incluye código geoespacial. Llegamos a la mansión, listos para enfrentar la nueva fase de nuestro desordenado, pero perfectamente lógico amor.
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