La Ecuación se humaniza

1142 Words
Narrador Omnisciente. Las había dejado en su templo, su hogar, su fortaleza inexpugnable y había salido huyendo como un verdadero cobarde, pero eso es lo que era. Le argumentó a Sara su viaje inesperado a Ginebra por esa bendita convención a la que, según él, ella lo obligó a asistir, pero que Sara no recordaba. Ella estaba metida en otras cosas en ese momento, por suerte para él porque eso lo mantendria por dos días sin pensar en el error que era esa pequeña bebé. —Todo queda bajo tu mando, Sara. Eres la encargada del lugar. Le dijo, mientras le entregaba la maleta a su chofer y su asistente asintió sin discutir. Eso era lo que más le gustaba de ella. Si algo podía gustarle de las personas o de esa persona. Sara era capaz de armar una bomba atómica si él se lo pedía y lo confirmaba al verla con esa bebé en los brazos. Doce horas después, el aire en Ginebra lo recibía. Era punzante y limpio, un contraste violento con el olor a fórmula láctea y pañales sucios que había dejado en Los Ángeles. Klaus estaba sentado en su suite del hotel, la sede de una conferencia de alta tecnología que ignoraba por completo su error. Las copias de los informes y las gráficas se extendían sobre la mesa de ébano, pero su atención estaba clavada en la tablet que sostenía con una sola mano, pues en la otra tenía la cuarta copa de brandy que se había servido para tranquilizar el pequeño y casi imperceptible temblor que se producía en sus extremidades. Se suponía que debía estar revisando la presentación que tenía que dar esa mañana. Se suponía que debía estar codificando mentalmente la respuesta a la pregunta más importante de su vida ¿Cómo revertir un fallo de sistema que había generado vida? En cambio, estaba viendo el feed encriptado de las cámaras de seguridad de su sala de estar. Era un circuito cerrado perfecto. La casa era un complejo de algoritmos visuales, cada objeto colocado con precisión geométrica. Pero en el centro de la pantalla, el orden había sido violado por esas dos. Sara estaba sentada en el sofá blanco inmaculado. Vestía la misma ropa de oficina arrugada del día anterior, pero se había deshecho de sus tacones. Tenía el pelo recogido descuidadamente y una expresión de cansancio sereno. En su regazo, Emma, como ella la había nombrado y él lo había escuchado sin que ella se enterara, se agitaba ligeramente, acabando de despertar de una siesta. Klaus amplió la imagen, casi conteniendo la respiración. Sara no estaba analizando a la bebé; estaba jugando con ella y su corazón se detuvo, aunque fuera por un micro segundo. La levantaba en el aire, haciendo un ruido tonto con la boca en la panza de la bebé que Klaus no pudo identificar, pero que hizo que Emma soltara una burbuja de saliva y luego una risita suave. La risa. Un sonido que Klaus no había podido provocar ni con amenazas ni con sofisticados estímulos de audio el día de ayer. —Ahí está la chica más inteligente del mundo... la anomalía más linda... —le susurraba Sara con una voz melosa y ridícula que en su oficina jamás hubiera usado y menos con él. Klaus, el maestro de la lógica, se quedó paralizado. Estaba viendo una interacción que desafiaba todos sus modelos de comportamiento. El input –el ruido tonto– no generaba el output esperado– llanto o ignorancia–, sino algo completamente diferente... alegría. Unos minutos después, vio cómo Sara revisaba el biberón, asegurándose de que la temperatura fuera la correcta al echar unas gotas en su muñeca, un gesto que parecía totalmente intuitivo y que nunca había sido incluido en el manual de instrucciones. Ella no estaba siguiendo un protocolo; estaba improvisando. Entonces, la bebé intentó alcanzar el rostro de Sara, fallando torpemente. Sara acercó su mejilla con dulzura. La bebé la tocó, y Sara cerró los ojos y se frotó con el pequeño puño. —Sí, lo sé, soy tu mamá, por ahora–el estómago de Klaus se contrajo–. Y es muy duro ser un Error. Pero eres mi Error, ¿vale? Klaus sintió un escalofrío. No era una reacción emocional, por supuesto. Eso no estaba en su codificación. Era la constatación de una verdad científica. La introducción de la variable Sara en la ecuación E o Emma, como le quisieran decir, había generado un resultado exponencial e inesperado. Había una nueva función de optimización en marcha que lo hacía dudar de todo lo que él pensaba. La interacción de las dos forjaba algo especial... cariño. Se levantó de la mesa y se acercó al ventanal con una sensación de vértigo. Ginebra se extendía bajo él, una red compleja de bancos y diplomacia, un mundo que él entendía perfectamente. Pero en su tableta, en ese pequeño recuadro de cristal y tecnología, estaba ocurriendo la verdadera revolución. En el correo que había recibido, Sara no había organizado una estrategia de negocios y menos un análisis comparativo; había exigido que él se comportara como un progenitor. Ella estaba creando el sistema de apoyo que él había solicitado, pero ese sistema no era una base de datos o una simple ecuación matemática; era un vínculo emocional. ¿Cómo podría explicarle a su eficiente asistente que eso no era lo que quería? Que esa mujer le había dejado el resultado de su arduo trabajo, se había escapado y ahora él, o más bien su asistente, tenía que lidiar con las consecuencias de su error. Klaus deslizó el dedo en la tableta para rebobinar el feed y volvió a ver el momento de la risa de Emma. Había una belleza caótica en esa escena. Su código, diseñado para la perfección sin fallos, había fallado en crear a una persona sin emociones. Y Sara estaba rehabilitando ese error con un calor que él ni siquiera sabía que existía. La idea de simplemente donar a Emma a una institución o un laboratorio de investigación, la solución funcional que él había buscado, ahora parecía fría, inhumana e incompleta. El error no estaba en el código. El error estaba en su definición de la realidad. Miró la pantalla por última vez, justo cuando Sara se levantaba con Emma en brazos, acunándola para darle su biberón en ese sofá. Klaus tomó su teléfono satelital, desechando los informes. Tenía que llamarla. Tenía que hacer algo que nunca hacía: reconocer que la lógica no era suficiente. Tenía que aceptar la nueva variable. Marcó el número de la casa, listo para discutir el plan de acción que le había enviado su asistente, pero sabiendo que lo que realmente iba a negociar era mucho más grande... El futuro de su vida y el de su Error.
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