El Informe Matutino

1414 Words
Sara Desperté sobresaltada por un ruido atronador. Tardo un segundo en darme cuenta de que el ruido es mi propio estómago rugiendo de hambre, amplificado por el eco de la sala de esta jaula de lujo. Me quedé trabajando hasta tarde en el plan de contingencia y se lo envié una vez que puse el último punto. Eso debe haber sido hace dos horas. Miro hacia abajo y Emma sigue durmiendo profundamente, con la cabeza encajada bajo mi barbilla. Sus pequeñas manos de bebé se aferran a la tela de mi blusa de trabajo. Son las 7:00 AM. El sol de la mañana inunda la sala, haciendo que el polvo invisible brille como oro sobre el cristal y mi cabeza vuelve a dar vueltas con todo lo sucedido ayer. Me levanto con cuidado, dejando a Emma acunada en el hueco del sofá. Mi cuerpo está rígido por haber dormido en una postura incómoda, y la casa de mi jefe me parece más alienígena que nunca a la luz del día. Nos dejó aquí a las dos solas, no hay servicio, no hay cocinera, nada. Él es así. Desde el día en que lo conocí me pareció "rarito" pero se lo adjudiqué a su tremenda brillantez. Otra vez me había equivocado. Cuando me termino de desesperezar lo primero que veo es la bolsa de tela blanca que contiene el pañal sucio, un silencioso monumento a mi victoria de la noche anterior. Coloco cojines alrededor de Emma y camino hasta la cocina, como lo hice anoche. ¿Por qué Emma? Ese era el nombre de mi madre y error o E no me gusta. Desde que el Grinch se fue la he empezado a llamar así y parece que le gusta. En la cocina, preparo más fórmula y busco frenéticamente algo que no parezca procesado en un laboratorio. Encuentro una caja de galletas de avena y me conformo con eso, aprovecho también el café keniata que está aún sin abrir y me preparo una jarra en la cafetera. —El elixir de la vida. Por lo menos algo bueno en esta prisión. Justo cuando estoy calentando el biberón, suena el teléfono de la casa. Un sonido discreto, casi un ding futurista, que aparece en el panel táctil de la pared. Lo contesto con cautela. —Klaus Von Richter, Robert. Identificación/Sinclair, Sara. Asistente personal —dice la voz de mi jefe, tan impersonal y poco humano como lo es él, digitalizada y fría. Debe estar usando algún sistema de encriptación de voz. Y luego su cara frente a mí y no es de las mejores. —Señor, buenos días. Si, soy Sara —respondí, sintiendo que de nuevo era la analista de datos y asistente personal, no la niñera. —Bien. El auto llegará por ti y la… la anomalía a las 10:00 AM. Necesito un informe conciso. ¿Estado de la variable E? ¿Hubo complicaciones? ¿Identificaste una solución más funcional a corto y mediano plazo? —Su tono es el de quien pregunta por el rendimiento de un servidor, no por su hija. —Emma está estable– le replico y caigo en cuenta que la he llamado por el nombre que le puse –. Estoy por alimentarla y tranquila —informé, sintiendo una punzada de molestia por su lenguaje.Caminé hasta el sofá y la pequeña me miraba con ojos atentos, la alcé en mis brazos y volví a la cocina con ella para encontrarme con otra pantalla y su voz saliendo a través de ella. —Perfecto. Ahora, la solución. Sé que no dormiste, Sara–¿cómo lo supo?–. Ví tu correo–Ah...–, pero necesito que pienses. ¿Podemos reubicarlo? ¿Alguna institución que se especialice en… resultados de proyectos? Me quedé mirando el biberón, que estaba a punto de alcanzar los 37° exactos que él había mencionado. Y entonces, mi plan se formó, no como una estrategia de negocios, sino como una defensa feroz. —¿Está seguro que leyó mi correo? y a sus preguntas vuelvo a decir que no, señor. Esa no es una solución. No podemos reubicarla —dije con firmeza. El eco de mi voz en la cocina vacía sonó desafiante. ¡Por dios, era su hija! —¿No podemos? ¿Por qué no? —Su tono se endureció, la máscara de genio dominante comenzando a deslizarse de nuevo y yo quería acriminarme a través de la línea. —Porque Emma no es un error que deba ser borrado o reubicado, señor. Es una prueba. Una prueba de que su código, por primera vez, creó algo vivo, algo que siente, algo que necesita —hice una pausa, forzándome a mantener la calma, mientras movía a la bebé en mis brazos y le ofrecía la leche tibia. Tenía que hacer que este hombre asumiera su rol de hombre y no escudarse en esa mentira que había ideado su cabecita loca. —Vaya al grano, Sara. —Dios... Mi plan, como dice el correo, es el siguiente. Usted ha generado esta… anomalía de la nada, sin plan de contingencia. Y es su responsabilidad. Emma no necesita una institución; necesita una vida. Y hasta que usted resuelva el supuesto fallo de código– por no decir mejor, asumir su paternidad – que le dio origen, necesita un sistema de apoyo funcional. Y repito mi pregunta ¿leyó mi correo? Mi corazón latía con fuerza esperando algo, ¡Que atine! ¡Por dios! —¿Y ese sistema, Sara? –¿podré con toda esta tecnología traspasar la pantalla/pared y hacerlo picadillo? —Ese sistema soy yo, señor– si, de nuevo me ofrecía como tributo ¿por qué? No tengo la más mínima idea–. Sé cómo calmarla. Ya organicé sus horarios y creo que soy la indicada. Fui testigo de su pánico ayer, señor– vuelvo a tocar su fibra sensible, si es que la tiene–. Es por esto que le propongo que me mantenga como su cuidadora principal a tiempo completo. No por caridad, sino como un elemento de contención de la pequeña. Se hizo un silencio largo, cargado de estática y la respiración de mi jefe. Podía imaginarlo, frotándose la sien, buscando la función de anular contrato en su cerebro como si fuera una súper computadora. —Eso es… inviable. Usted es una analista de datos y mi asistente personal, sin usted yo... —Ahora soy su factor crítico en la ecuación de la existencia de esta bebé. Usted lo sabe y lo aceptó. Y aquí está el punto más importante de mi informe, jefe—continué, mi voz ahora más baja, más íntima, pero implacable—. Si me encargo de Emma, si yo soy la interfaz con el mundo real, usted debe comprometerse. No como su creador, sino como su… progenitor. —No soy su padre. Soy su... Intentó volver a su mentira, pero no lo dejé. —Usted es el responsable de que esta bebé esté aquí. Y si quiere que me quede trabajando para usted, si quiere que la ecuación no se descontrole del todo y usted no termine con un colapso existencial, tiene que bajar la guardia. Tiene que aceptar que un error en la ecuación puede ser la única forma de que la vida sea perfecta. Y eso empieza con usted dándole un nombre de verdad como se lo he dado yo, y no una abreviatura de un fallo de sistema. El silencio fue abrumador. El único sonido era Emma succionando el biberón. Finalmente, Klaus suspiró. Un sonido de derrota, o quizás, de aceptación. —Muy bien, Sara. Por hoy, quédese con ella en casa. Mañana a las 10:00 AM, te veo en la oficina. Tráela, su toalla con el… el elemento contaminante. Y prepárate para presentarme un presupuesto detallado para tu sistema de apoyo funcional. Y con eso, cortó la comunicación. La pantalla de la pared se apagó, y solo quedamos Emma y yo en el vasto silencio de esa casa. Sentí un triunfo frío, sabiendo que acababa de ascender de analista y asistente a niñera de una bebé creada por el hombre más rico y extraño del mundo. —Parece que vamos a hacer un poco de historia, Emma —le dije, sonriendo. Ella balbuceó, como si estuviera totalmente de acuerdo–. Tenemos que mostrarle a papi de lo que somos capaces y eso lo haremos en la cena de acción de gracias.
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