La integración del factor padre

1239 Words
Sara El jet privado aterrizó en una pista privada de Los Ángeles antes del mediodía, desafiando cualquier ley de la aerodinámica que no fuera su propio poder adquisitivo. Para cuando el chofer me dejó frente al edificio de Corpus inc, Robert Klaus ya estaba en su oficina, esperándonos. Entré a la oficina con Emma acunada en el portabebés. El ambiente era diferente. El aire no estaba cargado de la habitual tensión, sino de una expectación casi palpable. O eso era lo que quería imaginar. Mi jefe estaba de pie junto a su inmenso ventanal, mirando la ciudad. Cuando me vio entrar, no miró a la pequela en el portabebés, sino mis ojos. Era la primera vez que lo hacía con tal intensidad sin una tabla de datos de por medio y me dio cosita. —Sara. El informe que me enviaste fue… no convencional —dijo, su voz tan mesurada como siempre, pero con un matiz nuevo... Dudaba de cada palabra que decía. —Buenos días, Señor —respondí, moviendo ligeramente el portabebés. Emma dormía profundamente, ajena al drama corporativo en curso—. El informe es el núcleo del plan. Respondí con mi mejor cara de haber dormido unas horas, mientras mi jefe se acercó al escritorio y señaló la silla de diseño frente a él para que me sentara. Con cuidado, saqué a Emma del portababebé y la acomodé en el sofá blando, tomé los cojines y los puse a su alrededor, como haciendo un fuerte que la protegiera. Él solo me miraba y para cuando terminé con mi tarea, me habló casi en un susurro. —Siéntese. Hablemos de la logística. Asumo que su sistema de apoyo implica un salario, una guardería especializada y un nuevo horario para usted y pueda organizar sus funciones sin perder la eficiencia. Me senté y suspiré. Sabía que esta era mi única oportunidad de negociar algo más que un aumento de sueldo con este idiota del carajo elevado a la décima potencia. —Señor, Emma no puede ir a una guardería—seguía llamando a la bebé por el nombre que le había dado, era mi protesta contra todo esto de errores, anomalías y variables—. Al menos, no todavía. Mi hipótesis es que el éxito de la integración de Emma al sistema depende de la consistencia y la familiaridad del ambiente a su alrededor. Un entorno controlado, como el que usted y yo podemos ofrecer. Él levantó una ceja. —¿Y dónde encajo yo en su hipótesis, Sara? —Usted es el factor más relevante de todo el experimento —dije, inclinándome hacia delante. Tenía que ser lo más científica posible, lo más convincente posible, mientras él no quiera decirme la verdad del origen de Emma era yo la que debía ser convincente—. El día que se provocó el supuesto Error, usted me dijo que Emma es el resultado de un fallo de código. Si queremos entender la naturaleza de ese fallo, si queremos garantizar que el resultado es viable y no una anomalía con fecha de caducidad, necesitamos que el progenitor participe. —Mi participación puede ser delegada. Un buen equipo de psicólogos infantiles… «Pendejo» —No, señor. Ningún psicólogo infantil puede replicar su conexión genética o, más exactamente, su conexión con la fuente de código– voy a ganarme el Nobel a la estupidez–. Usted es la otra mitad de la ecuación. Yo solo estoy estabilizando la variable— aprovecho de mirar a Emma que duerme como la hermosa bebé que es y sonrío como boba—. Pero si usted no interactúa con ella, si no observa las reacciones de Emma ante su presencia, sus tonos, sus silencios, nunca podremos determinar la verdadera naturaleza de lo que ha creado. El silencio volvió a caer. Esta vez, era un silencio de análisis, no de arrogancia. Klaus me miraba, sopesando la lógica de mi argumento y yo en lo inverosímil que sonaba cada palabra que salía de mi boca, pero vamos hasta yo misma lo pensaba. De algo que sirvieran todos los años de quemarme las pestañas estudiando. —Estás sugiriendo que nuestro cuidado conjunto es la prueba de campo. Había caído... —Exacto. El experimento más importante de su vida— y el dolor de cabeza de la mía—. Mi propuesta es esta, Señor– hice un silencio colocando un suspenso a la conversación y crisparle los dedos. Sí, lo estoy viendo fijamente–. Permítame encargarme de Emma a tiempo completo en su casa. Le prometo absoluta discreción y profesionalidad. Seguiré con mi trabajo de analista y asistente mientras estoy con ella. Pero usted tiene que comprometerse a una interacción diaria de al menos una hora. Sin distracciones. Solo usted y Emma. Podía ver su mente funcionando, calculando el impacto en su agenda. No era solo yo la que estaría en esto, también él. —Y ¿por cuánto tiempo, Sara? No puedo mantener un experimento indefinidamente. Tomé aire, cerrando los ojos por un instante y abriéndolos para clavar mi mirada en él. Era hora de jugar la carta emocional, disfrazada de plazo corporativo. —Sé que es mucho pedir, Señor. Pero necesito un hito temporal significativo. Necesito observar a Emma a través de un ciclo completo de estímulos, como las festividades. Le ruego que me permita mantener esta configuración experimental hasta Navidad. —¿Navidad? —repitió, como si la palabra fuera una antigua lengua muerta o peor, no existiera en su vocabulario de números, variabes y ecuaciones. —Sí. La época de la esperanza y la union familiar. Si para el 25 de diciembre no hemos visto una evolución positiva en la integración de Emma al sistema y en la comprensión de su origen, entonces aceptaré cualquier solución que usted proponga. Pero necesito ese tiempo. Necesito que usted participe. Necesito saber si lo que estoy haciendo—cuidándola— es lo que necesita para prosperar. La súplica estaba hecha. No era una analista pidiendo un bono suculento; era una mujer suplicando por la oportunidad de salvar a un bebé. Mi jefe se levantó, se acercó al portabebés y, con una lentitud inusual, se inclinó. Observó el rostro durmiente de Emma. Pude ver el conflicto interno. Era el científico exigiendo el control, el hombre viendo el rostro de la vida que había generado. —Navidad. Es un plazo de aproximadamente un mes —murmuró, como calculando los milisegundos perdidos en su agenda. Se enderezó y me miró—. Muy bien, Sara. Acepto el plazo y los términos del experimento de la Integración de Emma. Prepara el plan de gastos, incluyendo todo lo que necesites para el cuidado de... mi progenie. Por primera vez, no usó la palabra anomalía, error o variable. Y por primera vez, desde que lo conocía, vi una sombra de algo parecido a una sonrisa, o quizás, un miedo emocionado. —Perfecto– extendí mi mano para sellar el trato y él como si fuera el mejor de los negociadores la tomó –. Ya que estamos de acuerdo en todo es momento de irnos. Lo esperamos en casa para la cena. Hoy es acción de gracias y será nuestra primera interacción. Su rostro palideció y sus ojos parpadearon intentando procesar lo que acababa de decirle. Me solté de su agarre y salí de su oficina. Tenía mucho por hacer. El experimento había comenzado de verdad.
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