Primera fase del experimento: La hora de la interacción

1220 Words
Sara La primera Hora de Interacción forzada en mi elaborado plan para que ese hombre soltara la verdad no fue una reunión como las que coordinaba cada día, ni una lectura de datos; fue una emboscada. Yo no lo llamé así en el plan, por supuesto. En el programa aparecía como "Sesión de Observación Mutua, Fase 1". Pero la realidad fue mucho más caótica y menos clínica de lo que Klaus había anticipado. A las 5:00 PM en punto, después de haber lidiado con llamadas de Asia y haber intentado descifrar el programa que le entregué (lleno de ítems como "Bálsamo anti-rozaduras hipoalergénico" y "Móvil de estimulación visual temprana"), Mi jefe entró a la sala de estar de su mansión. Se veía derrotado. Yo estaba allí, sentada en el suelo de mármol con una manta de juegos que tuve que comprar a toda prisa, mientras aprovechaba de comprar el pavo y todo para la cena. Emma estaba boca arriba, vestida con un mameluco verde ridículamente suave que su progenitora probablemente había mandado a hacer a medida. Si hasta parecía una pequeña Grinch. —Estoy aquí —anunció Klaus, deteniéndose justo en el borde de la alfombra de área, como si el suelo acolchado fuera un campo minado frente a él. Llevaba su traje de tres piezas, impecable, y su expresión era de extrema concentración, como si fuera a dar una charla sobre física cuántica. —Perfecto, Señor. Recuerde: una hora. Sin distracciones. Sin dispositivos electrónicos. Solo usted y Emma —le recordé. Me levanté lentamente, dejando a la pequeña pataleando felizmente. Su interacción ya había comenzado. Emma, al verlo, detuvo el pataleo y fijó sus enormes ojos azules en el hombre alto y rígido que se cernía sobre ella. Me separé, solo lo necesario. Tenía que ir a ver el pavo. —Ahora, acérquese. La distancia óptima para el reconocimiento facial a esta edad es de unos 30 centímetros —le indiqué con suficiencia milimétrica. Klaus, con la precisión de un robot, se arrodilló, manteniendo una postura tensa que parecía desafiar las leyes de la ergonomía. Se detuvo exactamente a la distancia que yo había especificado. Parecía que estaba a punto de desmontar un artefacto explosivo. —¿Qué se supone que debo hacer ahora? —susurró, sin apartar la mirada de la bebé. —Interactúe. Háblele. No se preocupe por el contenido, solo por el tono. Emma está analizando su voz, su cadencia. Es el primer input complejo de su progenitor. Klaus tragó saliva. Yo terminé de alejarme, caminando discretamente hacia la cocina, era una distancia prudente y estaría lista para intervenir si Emma entraba en pánico. Que él entrara no era mi problema. En pánico, digo. —E —comenzó Klaus, y su voz era el tono de presentación que usaba en Wall Street: bajo, autoritario, perfectamente modulado—. El día de hoy, analizaremos el índice de rendimiento de la función gastrointestinal. Observo una correlación directa entre el consumo de la fórmula láctea y la necesidad de expulsión. Esta es una función constante, altamente predecible, aunque ineficiente en términos de tiempo. Emma lo miró, parpadeó... y soltó una carcajada. No era una risita, sino una carcajada completa, un sonido gutural que llenó la sala. Luego, pataleó con tanta emoción que casi rodó fuera de la manta. Klaus se quedó mudo. Si su lenguaje técnico hubiera sido una broma intencional, no podría haber obtenido una mejor respuesta. —¡Vio eso, Señor! ¡Reacción positiva a la voz! —exclamé, reprimido las carcajadas, aunque estoy segura que a esta distancia no me veía como lo veía yo. Klaus movió la cabeza, confundido. —No entiendo el feedback. No introduje ningún estímulo cómico. El tono era analítico. —Tal vez sea el tono lo que le pareció absurdo —sugerí con tacto. Emma siguió riendo, mirando a Klaus con fascinación. El genio se sintió retado. Decidió cambiar el input. —Bien. Analicemos las propiedades táctiles del entorno —dijo, estirando una mano. La movió lentamente hacia el área de juego. La mano se detuvo justo encima de Emma, sin tocarla. —Tiene que tocarla, Señor. Es interacción, no observación —le animé, probando una de las patatas al horno. Me quedaron deliciosas. Klaus cerró los ojos un instante, como preparándose o maldiciéndome. Luego, su índice, el mismo dedo que había escrito miles de líneas de código sobre un duro teclado, rozó la mejilla suave y regordeta de Emma. Emma no se rio. Emma no lloró. Emma simplemente giró la cabeza y atrapó el dedo de Klaus con toda la fuerza de su puño pequeño. El momento se congeló–diablos me faltó una cámara o mi celular que ni recuerdo dónde está–. Klaus sintió el agarre. Sus ojos se abrieron de golpe, no con la sorpresa del científico, sino con algo más profundo. Era la primera vez que Emma lo tocaba, y la conexión parecía física y visceral. —Es… un agarre firme —murmuró Klaus. —Es un reflejo. Pero también es la forma en que Emma se relaciona con su mundo. Es la primera vez que interactúan sin gritos, Señor. Klaus no respondió. Se quedó allí, con su dedo atrapado por el Error, en silencio. La hora pasó sin que se diera cuenta. El sol se puso, y la sala se oscureció. Cuando me acerqué, cautelosamente, para terminar la sesión, Klaus aún estaba arrodillado y creo que ni siquiera había cambiado su posición. —Se acabó la hora, Señor. Ahora, es momento de cenar. Mañana podemos intentar… —Es un agarre fuerte, Sara —me interrumpió, sin soltar el dedo—. Su algoritmo motor es extremadamente eficiente para su tamaño. Luego, miró a Emma, que ahora sonreía sin dientes mientras mordisqueaba su dedo. Y por primera vez, no habló de código ni de variables. —Buenas noches, E. No esperó mi respuesta. Retiró suavemente su dedo, se levantó con un crujido de su traje, y se fue. Dejó el suelo de mármol libre de su presencia, pero cargado con el rastro de la interacción. —Señor, la cena... Nada, ni una palabra, había desaparecido de la misma forma en que llegó. —Creo que tendremos que cenar solas, mi dulce error, pero primero nos merecemos un baño. Aún el pavo se está dorando en el horno. Le hablaba a Emma como si ella me entendiera, es que estaba feliz de que mi proyecto estuviera funcionando que no dejaba de sonreír como boba. —Vamos, cariño. Prometo que el agua estará en su mejor punto y colocaremos un patito para que no te aburras. Será una noche hermosa, mi pequeño error... La alcé en mis brazos y noté que su aroma de bebé se confundía con el aroma amaderado de su padre. Caminé con tranquilidad y subí las escaleras hasta nuestro lugar designado. Entramos al baño y llené la tina. No tenía una bañera de bebé, así que la dejé entre almohadas que traje de la cama y me desnudé. Luego la desvestí a ella y nos introduje en la tina. —El agua está deliciosa ¿cierto Emma? Ella jugaba con sus manitos intentando agarrar el patito y sonreí, sabiendo que el experimento de la integración iba viento en popa. El factor padre ya estaba operando en la ecuación.
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