Solo quince minutos más.
Estaba cansada de manejar tantas horas y no veía el momento de llegar al hotel, darme un largo y tibio baño. En ese momento deje atrás la autopista y recorrí el Malecón de Puerto Vallarta hacia el sur. Era la segunda semana de diciembre y huía de la capital y sus impredecibles climas.
Aunque no quería admitirlo, también huía de unas vacaciones con mi familia. Quería demostrarles que podía llevar a cabo un impresionante proyecto residencial para toda la costa del Pacífico. En CYGNUS, con Emmanuel Scotti, mi padre, me había convertido en una de las mejores diseñadoras para los residenciales. Tal vez había influido su apellido pero sabía que mis propuestas les gustaban a los clientes, al poco tiempo de haber entrado, había media docena de edificios en el mundo de mi autoría. Fue un cambio de ciento ochenta grados en mi vida.
Pero en Puerto Vallarta aún había situaciones pendientes y con ese pretexto había tomado las maletas y mi MRS para llegar lo más pronto posible.
Pero el trabajo no era lo que ocupaba mi mente en esos momentos. Tenía veintitrés años y no podía dejar de pensar que este lugar prometía una grandiosa “nueva historia”. Solo había que esperar y saber dónde buscar la diversión.
Tenía que ir con cuidado. Un poco antes de comenzar a trabajar con un puesto oficial en CYGNUS paparazis me acechaba más y más. A nadie hacía daño ir de vez en cuando a una fiesta pero ellos pensaban que era el mejor momento para captar mis locuras y venderlas a la televisión. Al parecer el titular “Hija de millonario se divierte con chico diferente cada fiesta.” acaparaba más audiencia que “Los nuevos edificios CYGNUS son cien por ciento sustentables.”
Presenté a la junta un proyecto excepcional para el Pacífico. Claro, uno de ellos iba a ser mi nuevo hogar. Se acercaba el día que tendría que estar ya instalada en Puerto Vallarta y me habían llamado para supervisar el avance de la construcción.
Un Audi rojo atravesó a toda velocidad la calle, haciendo caso omiso del semáforo en rojo. Gracias a mis reflejos y la dosis de adrenalina que se disparó en mis venas pude parar antes de impactarme con quien ya se alejaba sin disminuir la velocidad.
Llegué a una pequeña y solitaria reserva y busqué en mi celular la dirección que me había conseguido mi padre. A diferencia de la zona turística, ahí había mucho espacio entre las residencias. Más adelante distinguía las grúas y el edificio CYGNUS. No estaba terminado pero ya iba bastante avanzado.
Me quedé en shock al llegar al lugar marcado con la dirección indicada.
—. ¡Un hostal! ¿Tanto dinero y me mandaste a un hostal papá?
Por más que lo intentaba no podía dejar de decepcionarme, estaba segura de que mi padre lo había hecho a propósito como castigo de lo que había pasado antes de que yo entrara a la universidad. La fachada del lugar se veía vieja. Apostaba que no tendría baño propio y no iba a poder dormir en la noche, gracias a los crujidos de madera podrida.
Tras dejar el auto en el estacionamiento, entré a la recepción y un joven de unos veintitantos años con el cabello en un afro corto se presentó con el nombre de Raúl.
—Tengo una reservación a nombre de Julieta Silva por favor.
Odiaba dar mi primer nombre o el apellido de mi padre. No sabía como pero la prensa siempre me encontraba en las peores situaciones cuando lo hacía. Aunque no podía hacer nada cuando se trataba de asuntos oficiales, dar el apellido de mi madre siempre era mejor. En mi peor momento compré una identificación falsa para ahorrarme problemas.
Después de unos momentos revisando su ordenador Raúl me entregó los formatos de hospedaje y mientras los llenaba él iba poniendo en el mostrador un control remoto, una toalla y demás amenidades que estuvieron a punto de hacerme soltar un quejido.
—Señorita Silva, al parecer se va a quedar más de tres semanas —comentó Raúl extendiendo un folleto con fotografías de lugares interesantes—. Permítame recomendarle algunos excelentes sitios para disfrutar Navidad y Año nuevo; son lugares muy agradables y el ambiente que se crea por aquí es excepcional.
Le di las gracias interesándome por uno de ellos y me sorprendí cuando me dio por llave una tarjeta. Había esperado una llave de hierro, como las que abren un ropero viejo.
—Descanse señorita Silva.
La verdad es que el lugar no era nada de lo que esperaba, subí las escaleras al único piso y caminé al fondo del pasillo. La habitación era pequeña pero moderna. La cama estaba al centro y tenía un elegante edredón de plumas plateado sobre ella. Dejé mi bolso sobre el tocador con detalles victorianos frente a la cama y arrastré la maleta hacia la puerta que se encontraba al otro lado. Era un cuarto dividido en un vestidor y el baño. Después de refrescarme un poco salí y me recosté en la cama. La pared estaba adornada con portarretratos que me llamaron la atención. En dos de ellos posaban familias tradicionales. Quedé impresionada por la habilidad con la que aquel fotógrafo captó las emociones de sus integrantes.
Había otras cuatro, mostraban lo que parecían varias parejas. Puse más atención y descubrí que no eran varias, era una sola, tomadas a diferentes edades. En cada una, el amor que se profesaba se podía palpar tan solo con verlas.
Sentí como si mi corazón dejara de latir y obligándome a apartar la vista me dejé caer en la cama. Esperando a que el dolor agudo del pecho fuera disminuyendo cerré los ojos y el cansancio acumulado de pasar todo el día manejando cayó como plomo sobre mí dejándome dormida en el más profundo sueño.
Los sueños son impredecibles, a veces los recuerdas, otras no. Pueden ser utopías o pesadillas, pero la mayoría de las veces son historias que la mente crea y que parecen reales.
Sabía que estaba soñando. Por más que intentaba nunca lograba despertarme. Desde que habían iniciado no soñaba con otra cosa y aparecían las mismas imágenes de siempre. Eran destellos de aquel catorce de febrero que pasé con Sebastián y lo revivía en mi mente de forma rápida e ininterrumpida.
Cuando mi cerebro se cansó de jugarme otra mala pasada me desperté luchando por recuperar el aliento. El sudor frío me cubría la espalda y empapaba mi cabello. Cuando por fin mi corazón alcanzó su ritmo normal volteé a ver la hora en el reloj sobre la mesita de noche. Ya eran las cinco de la mañana.
Me resigne a salir de la cama sabiendo que iba a ser imposible poder dormir de nuevo y tomé ropa deportiva. Al mirarme al espejo mi rostro estaba demacrado. Las ojeras resaltaban sobre mi cara y hacían que el verde de mis ojos se viera opaco. Traté de peinar de lado mi cabello castaño pero me di por vencida amarrándolo en una cola de caballo.
Salí con dirección a la playa y aún estaba obscuro. Al llegar hice un poco de calentamiento y comencé a recorrer la orilla a trote. Conforme pasaban las canciones en mis auriculares el aplastante pasado se desplomó sobre mí obligándome a detener y tragar el nudo que se había formado en mi garganta.
Harta de sentirme así caí sobre mis rodillas envolviendo mis brazos a mi nuca. No pude detener las lágrimas que amenazaban en mis ojos y me desahogué. Por primera vez tuve el mal presentimiento que aquel pasado nunca me iba a dejar en paz.
No supe cuánto tiempo había estado así pero el cielo se aclaró, así que caminé en dirección al hostal pero al llegar al límite de la playa me cosquilleó la nuca. Volteé, tratando de encontrar a alguien pero el lugar seguía tan solitario como antes.
Al mediodía salí ya recuperada de la habitación y coincidí con Raúl en el pasillo. Le pregunté cómo llegar a alguna plaza comercial y me dio las indicaciones
Había viajado con pocas cosas y gasté en ropa y zapatos una cantidad que sería escandalosa para mi padre. Cuando el sol se estaba ocultando salí hacia el auto esperando que no se me cayera ninguna bolsa, estaba estacionado cerca de la puerta principal pero ya me parecía demasiado lejos para llegar. Había un chico recargado en mi MRS y fruncí el ceño con disgusto evidente. Tenía la piel clara y el cabello rubio obscuro un poco largo que se le enredaba rebelde hacia todos lados. Me acerqué y contemplé su sonrisa burlona. Uno de sus pies estaba apoyado en la defensa de mi auto pero antes de que pudiera reclamarle lo bajó.
—Te vi en la playa—ladeó la cabeza en señal de reconocimiento—. Eres buena corredora.
—¡Así que tú eras el que me acosaba! —exclamé tratando de alcanzar las llaves de mi bolso.
Se hizo a un lado y pude abrir la cajuela para meter las bolsas. Dejé el bolso en el asiento del copiloto y cuando volteé para enfrentarlo tuve que alzar un poco la cabeza para verle el rostro. Tenía un mentón marcado, una nariz perfecta, de esas griegas y una mirada profunda que hacía que te perdieras en el azul claro de sus iris. Tuve que desviar la vista cuando él no lo hizo, incómoda. Cuando vi el Audi en el que se había recargado caí en cuenta de quién era.
—Casi me estrellas tu auto—quería borrarle esa sonrisa torcida de una buena vez—. Deberías entrar a un curso de manejo.
Echó la cabeza atrás con una carcajada y metió las manos a sus bolsillos dejando los pulgares de fuera.
—¡Chica! Soy tres veces ganador en el streetaward y me recomiendas tomar cursos de manejo. Eso es ridículo.
¿Qué? ¿Stre… qué? ¿Se reía de mí? Sacudí la cabeza suspirando y me crucé de brazos
—¿Qué es lo que quieres?
No me había gustado nada la forma atrevida en la que me había dicho “Chica” —Solo quería conocer a quién por poco golpeaba a mi bebé —contestó acariciando el techo rojo del Audi.
Harta de su actitud me dispuse a entrar en mi auto pero me detuvo la puerta.
—¡Espera!
Me volteé molesta y choqué con su pecho. Él no se retrocedió y de pronto me encontré a centímetros de su rostro.
—Te invito a comer —su aliento rozó mi piel y de pronto tenía la boca entreabierta y miraba sus labios—. Incluso tal vez pueda enseñarte a manejar.
—No sé… tu nombre —alcancé a balbucear.
Esa sonrisa torcida volvió a aparecer y logré entender que se llamaba Marcos.
Traté, con rapidez de encontrar una disculpa para rechazarlo pero al fin y al cabo, también había llegado hasta aquí por un poco de diversión.
—Julieta… —contesté atropellando las letras—, me llamo Julieta.
Él se apartó con una sonrisa más sincera y al fin pude entrar al auto y arrancar el motor. Metí reversa y me sobresalté cuando recargo sus manos en la puerta.
—¿Me das tu número?
—Al parecer no te es difícil encontrarme —fue mi turno de esbozar una burla y salí del estacionamiento.
Llegué al hostal todavía pensando en Marcos. Estaba hecha polvo y decidí prepararme para dormir, lo primero que tenía en la agenda para el siguiente día era la revisión del avance en la construcción. Mi celular anunció un mensaje. Era de Diego, mi hermano, y cuando leí que me deseaba buena noche me embargó una sensación de culpa insoportable. Lo amaba demasiado, agradecía todo lo que había hecho por mí pero los dos habíamos comprendido hace tiempo que nunca iba volver a tener una noche tranquila.