Atravesé el lobby a toda velocidad y después de unos metros más llegué a una calle donde podría dar vuelta y despistarlo, giré la cabeza para ubicarlo pero estaba solo a unos pasos detrás. En ese momento choqué con alguien y caí al suelo de espaldas, cuando levanté la vista, reconocí a Marcos. Escuché detenerse al chico detrás de mí y sin pensarlo me levanté lanzando mis brazos hacia mi salvación.
—¡Marcos! Qué gusto encontrarte de nuevo.
—Si chica, pero ¿estás bien?
Lo sentí tensarse cuando miró a mi perseguidor. Reuní el suficiente coraje para voltear pero él ya no me veía, ni siquiera me prestaba atención, estaba retando a Marcos con la mirada y él le regresaba el reto. Después de unos segundos de total tensión aquel chico se dio la vuelta y regresó al edificio. Marcos se relajó de inmediato y me dirigió una mirada más suave.
—De seguir encontrándonos así July, algún día ocurrirá un verdadero accidente.
Reí aliviada y me solté de su abrazo.
—Aún me debes una comida
—Vamos —contestó con su voz seductora.
Me subí a su auto que estaba estacionado a dos calles. Traté de no pensar en que tendría que volver por el mío más tarde y tal vez me encontraría aquel chico de nuevo.
Marcos me llevó a la plaza en la que nos habíamos conocido. Entramos a un restaurante de comida mexicana, era espacioso y olía delicioso. Nos ofrecieron bebidas y mientras esperábamos que nos sirvieran no podía sacarme de la cabeza el encontronazo que había tenido con el chico en el edificio. Curiosa, le pregunté a Marcos sobre él.
—Sí, lo conozco —dijo el frunciendo la boca en un gesto fugaz pero sin pasarme desapercibido, —se llama Matías.
—No es amigable, ¿verdad?
Me observó y no pude descifrar que era lo que pasaba por su mente. Después de unos segundos suspiró y recargó uno de sus brazos en el respaldo del gabinete.
—Cuando estábamos en buenos términos era una persona bastante afable. Es muy dedicado a su familia.
—Eran amigos.
Se notaba por la forma en la que hablaba de él. Me pregunté que podía pasar para que terminaran su amistad, había mil razones lógicas pero decidí no preguntar.
—Éramos. Ahora ya no puedo hablar de él, ya no lo conozco como antes.
Esbozó su mueca burlona y mostrando interés recargó sus codos en la mesa inclinándose hacia mí.
—¿Por qué te perseguía?
—Por meterme donde no debía —rodé los ojos y cambié de tema—. ¿Traes a todas tus conquistas aquí?
—¿En serio quieres saberlo? —preguntó con una carcajada—. Lo dudo mucho.
Me encantó su sonrisa. Era la más sincera que le había visto y le arrugaba la comisura de sus ojos. A pesar de mis barreras era agradable pasar el tiempo con él pero cuando quiso hablar más sobre mí la incomodidad me invadió.
—Solo estoy tomando unas vacaciones tranquilas —contesté cuando el mesero puso nuestros platos en la mesa.
—¿Tu familia?
Me demoré en contestar mientras tragaba el primer bocado de unas enchiladas picosas.
—Mis padres y mi hermano están en Denver.
—¿Prefieres venir a Puerto Vallarta que al extranjero? —. Alzó una ceja para darle énfasis a lo absurdo que le suponía la situación.
Asentí con ligereza y desvié la plática por segunda vez en la tarde.
—¿Y la tuya?
—Pasaré las fiestas con mi familia.
Fue mi turno para enarcar las cejas intuyendo por el tono de su voz que eso no lo hacía feliz, como no dijo nada más yo insistí.
—¿Aquí en el Puerto?
—No —dijo después de soltar un sonoro suspiro—, tenemos una casa en Salónica y tal vez sea la última oportunidad para ir. ¿Has visto cómo está la crisis? Y todavía va a empeorar más.
Me quedé en blanco. Estaba segura de que el asombro de mi expresión llegaba a ser grosero así que tomé aire y lo solté despacio.
—¿Eres griego?
—Solo mis padres. Yo nací aquí al igual que mi hermanito —la ternura que le puso a la palabra hermanito me hizo soltar una risita.
—¿Qué?—preguntó cuándo yo no dije nada.
—No te imagino como el responsable hermano mayor.
—Te sorprenderías.
El también rio y sus ojos me dijeron con total seguridad que sus pensamientos ya no estaban en el ahora.
—Seguro sí.
Tomé el último bocado de mi plato y lo saboreé. Terminamos de comer entre temas menos personales y disfrutamos la tarde. Al terminar insistí en pagar la mitad pero no me dejó, así que pagó la cuenta y caminamos un rato.
—Estuvo delicioso —dije cuando llegamos a su auto.
Él sonrió y tomó un mechón de mi cabello que se había escapado de mi chongo para ponerlo detrás de mí oreja. Antes de que pudiera hacer cualquier cosa me abrió la puerta del copiloto del Audi y esperó a que subiera.
Había pasado una tarde bastante agradable. Marcos era un chico relajado aunque un poco creído. Estaba segura de que iba a pasar un tiempo agradable con él pero ya me cansaba de lo mismo, me cansaba cada día más de que mi corazón soportara en pie aquellas barreras, que me había autoimpuesto para que nadie entrara en él.
Me acordé de la mueca burlona que me ofreció cuando nos conocimos y me pregunté si él también había construido sus propias barreras. De pronto me vino a la mente aquella palabra que no había entendido.
—¿Qué querías decir con Street Award?
Esbozó su mueca típica y vi la diversión en sus ojos que se enfocaban en el camino.
—¿Estás considerando mi oferta sobre las clases de manejo?
—¡Qué gracioso!—contesté con sarcasmo mientras el reía.
—Es un premio. Una competencia de autos que organizan en diciembre y agosto. Hace ya varios años empezaron. A mí me encantan los autos pero en ese entonces yo no podía concursar. Tuve que esperar a cumplir la mayoría de edad para hacerlo.
Esbozó una sonrisa llena de recuerdos.
—¿Qué? —pregunté con la curiosidad superándome.
—Los primeros años fueron vergonzosos, nunca gané. Me compré el Audi y con horas de prácticas he podido ganar —se irguió en toda su estatura y algo engreído continuó—, llevo año y medio invicto.
—Presumido —dije torciendo una sonrisa.
—¿Quieres verme practicar? Las carreras son esta semana.
—Claro.
—Entonces te veo mañana en el circuito.
Me despedí de él cuando llegamos a mi auto y aliviada de no toparme con Matías conduje de regreso al hostal.
Al siguiente día no sabía que ponerme pero me decidí por un pequeño short blanco, un top ligero rayado en tonos pastel y unas sandalias. Tomé mi pequeño bolso y me colgué la larga correa en un hombro, seguí las instrucciones de Marcos y llegué al circuito cuando su Audi ya estaba en la pista. Había un pequeño estacionamiento improvisado en el césped y ahí dejé mi auto, tomé los lentes para sol de la guantera y me senté en la primera fila de las gradas. Estudié el recorrido de la pista: la meta estaba enfrente de mí, después de unos doscientos metros rectos había un par de curvas en forma de eses, unas rectas más y una curva pronunciada para llegar a la recta final.
Observé a Marcos dar unas vueltas, el día anterior había hablado con tanto entusiasmo de las carreras y me di cuenta de que era un apasionado de primera, además era muy bueno en ello. Después de unas vueltas más, Marcos se detuvo preciso, frente a mí con un chirrido de los neumáticos.
—¡Julieta! Qué bien que hayas podido venir —gritó desde el auto.
—Soy una chica de palabra —dije sonriendo. Me quité los lentes e hice una visera con la mano derecha.
—¡Lo sé! Chica, deja llevo el auto para el chequeo en el taller —señaló una pequeña bodega situada en la primera curva—, y después vamos un rato a la playa. ¿Te parece?
—¡Por supuesto Chico!
Después arrancó y se alejó. Un motor irrumpió del lado contrario y volteé a ver llegar a un Mazda azul rey. Este se paró a unos metros atrás de las gradas y de él bajaron dos personas: una mujer del lado del copiloto, con el pelo tan c***o y largo en color castaño, de una piel muy clara y unos ojos grandes. Volteé a ver a la persona que había bajado del otro lado y sentí que un peso se instalaba en mi estómago, reconocí su mirada profunda de inmediato. Matías salió del carro con una expresión sorprendida, tenía una piel blanca que contrastaba de forma extraña con el cabello ondulado de color n***o. Con cobardía, dirigí mi atención hacia el Audi de Marcos que se perdía un poco más adelante.
—Aní, ¿por qué no te adelantas al taller? Tengo que revisar algunos papeles para el registro de mañana—escuché a Matías decir.
—Claro —contestó ella.
La chica pasó frente a mí en la misma dirección en la que había señalado Marcos. Oí como Matías pisaba el concreto cada vez más cerca y de pronto se detuvo a unos pocos metros de donde estaba sentada.
—Lamento haberte faltado el respeto el día de ayer—dijo él con arrepentimiento tácito—. Estaba teniendo un pésimo día y no debí de haberme desquitado contigo.
Su disculpa me sacó de lugar. En realidad había sido yo quien le había faltado el respeto con esa cachetada.
—Me llamo Matías—continuó cuando yo seguía pasmada.
Por fin volteé y en su intensa mirada pude distinguir, sin duda, una sinceridad que no había visto nunca en nadie más. El impulso me levantó y le ofrecí la mano en señal de tregua. Tuve que alzar la vista, era alto aunque no tanto como Marcos. Vestía pantalones de mezclilla y una camiseta lisa. Por su expresión, sabía que me estaba evaluando y aunque no quería admitirlo me sentí halagada.
—Lamento haberte golpeado. No eres culpable de lo que me haya pasado antes tampoco.
Al estrechar su mano me sentí incomoda y desvié la vista de nuevo esperando que Marcos se acercara pronto.
—¿Te gustan las carreras? —me preguntó señalando con la cabeza la pista.
—¡Oh! no soy muy fanática —contesté—, pero ayer Marcos me platicó acerca del concurso que hacen por aquí y me invitó a pasar a verlo entrenar—terminé sintiendo que mis traicioneras mejillas se ruborizaban.
Matías se tensó al escucharme y apretó los labios.
—Sí, lo vi cuando arrancó hacia el taller. Así que, ¿no eres de aquí? —preguntó solo para cambiar de tema, fue muy obvio.
—No. Soy de la capital, vine a pasar las vacaciones.
De pronto los dos nos quedamos en silencio sin saber de qué más hablar. Seguía atrapada por su mirada hasta que algo le llamó la atención detrás de mí.
—Bueno, me despido—se apresuró a decir—.Mi prima deberá estar preguntándose por qué tardo tanto. ¿Supongo que te veré mañana en la competencia?
—Sí, por aquí estaré.
Lo vi darse media vuelta y subir al auto. Arrancó y me pasó en el momento justo que sentí que una mano se posaba en mi cintura.
—¿Lista? —me preguntó Marcos.
—Claro, ¿y tú auto? —me sorprendí cuando llegó a pie.
—Se tiene que quedar para el chequeo de los jueces, es una regla. Me preguntaba si tendrías algún problema de irnos en el tuyo por hoy.
—Claro que no —llegamos al carro y cuando estábamos cruzando la entrada vi de reojo como el auto azul comenzaba a desplazarse en la pista.
—¿A dónde iremos el día de hoy?
—Vayamos al Puerto. El malecón es excelente para pasear.
Después de dejar el auto en el estacionamiento caminamos a lo largo de la costa disfrutando de la esencia del mar. Hablamos de Marcos, de lo que ya me había platicado y de lo que no. De su infancia; del amor que le tenía a su hermano pequeño; de la lástima que le causaba su padre. De la muerte de su madre. Marcos era transparente respecto a su vida pero yo no, no dije nada acerca de mí misma. Pasadas unas horas me llevó a un restaurante donde la comida era deliciosa y el ambiente costeño era muy bueno, aunque algo elevado de precio según mi opinión, sospecho que para aprovecharse de los turistas del puerto.
Al terminar caminamos por la playa para disfrutar del atardecer. Estábamos muy a gusto, charlando y hablando acerca de las demás personas que había en ese lugar. Me senté mientras tratábamos de no reírnos cuando una familia completa cayó al agua desde la banana. Marcos se sentó muy cerca de mí recargando una mano junto a mi espalda.
Apagué mis risas de inmediato mientras él se acercó más a mí. Sentí su aliento cerca de mis labios y pidiéndome permiso con la mirada terminó de recorrer el espacio que nos separaba. Sus labios suaves y deliciosos atraparon los míos pero como siempre, al finalizarlo, llegue esa familiar sensación de “una historia más”.
—¿Quieres que te lleve a casa? —me ofrecí después de haber visto como el sol había sido tragado por el océano.
—Te agradecería que me acercaras sólo a tu hostal. De ahí no es mucho camino a mi casa.
En el trayecto Marcos quería saber más de mí y de mi vida pero no cedí ni un milímetro. Así que mejor desvié el tema hacia la competencia del día siguiente.
—Por cierto, va a haber una fiesta en la noche después de la competencia y me encantaría que me acompañaras —dijo cuando llegamos—, van a estar todos los participantes pero es una fiesta privada.
—Cuenta conmigo—accedí.
Alcance a ver como Raúl, sorprendido, bajaba la vista a unos papeles en el escritorio disimulando el hecho de que nos había visto. Reí y entré en el cuarto para terminar el día.