Daniel Morgan
Si hay algo que me enoja hasta la médula, son las malditas mujeres que creen que pueden usar su cuerpo para manipular a los hombres. Son frívolas, calculadoras, y Valeria Sandoval no es la excepción.
Cuando la conocí, pensé que era diferente. Esa carita de niña buena que no rompe un plato casi logra engañarme, pero no tardé en descubrir la verdad. Investigué su historial y confirmé lo que ya sospechaba: coquetea con cualquier hombre que se le ponga enfrente. Usa su belleza como un arma y lo hace sin remordimientos.
Thomas ya me advirtió sobre ella. Dice que son amantes. Que es su juguete. Y lo peor es que él está casado, tiene una familia. En otra circunstancia me daría igual, pero por alguna razón, con ella me irrita más de lo normal. No sé si es por la forma en que me mira, como si creyera que puede jugar conmigo también, o porque mi instinto me dice que esconde algo más.
Suspiré con fastidio y me dirigí a mi departamento, dejando atrás el veneno que Valeria había sembrado en mi cabeza. Al abrir la puerta, mi corazón se apaciguó al instante.
—¡Papá! —la vocecita de mi hija de seis años me recibió con la misma emoción de siempre.
Me agaché y la levanté en brazos, sintiendo su cuerpecito aferrarse a mí. Tenía el cabello castaño, suave y liso, y un par de ojos miel idénticos a los de su madre.
—Aquí estoy, mi amor —murmuré, besando su frente.
Su respiración sonaba un poco pesada. Fruncí el ceño y le aparté un mechón de cabello de la cara.
—¿Otra vez tienes congestión?
Ella asintió, abrazándome con fuerza.
—Pero ya me tomé la medicina, papi. No te preocupes —respondió con dulzura.
Me senté con ella en el sofá, sin dejar de observarla con atención.
—¿Cómo estuvo tu día? —pregunté, intentando dejar de lado el mal humor que me había acompañado todo el día.
—Bien. La maestra nos contó un cuento sobre un caballero que peleaba contra un dragón malo.
—¿Y quién ganó?
—¡El caballero, obvio! —exclamó con una risita.
—¿Y si te digo que a veces los dragones no son tan malos?
Ella ladeó la cabeza, pensativa.
—¿Cómo así?
—A veces, los caballeros también pueden ser villanos, y los dragones solo intentan proteger lo suyo —dije, acariciándole el cabello.
Mi hija frunció el ceño, confundida, pero luego sonrió y se acurrucó en mi pecho.
—No importa, papi. Yo siempre voy a querer al caballero.
Sonreí de lado, besándole la cabeza. Si tan solo el mundo fuera tan simple como ella lo veía…
Desde el momento en que nació, supe que Maddy no sería una niña como las demás. Los médicos lo confirmaron apenas unas horas después de su nacimiento: su enfermedad la acompañaría toda la vida. Sus pulmones eran frágiles, demasiado débiles para sostenerla sin ayuda. Desde entonces, cada respiro suyo es una batalla silenciosa, y yo me he convertido en su guardián absoluto.
No cualquiera tiene el honor de estar cerca de ella. La protejo con todo lo que tengo porque el mundo es cruel, y ella ya ha sufrido demasiado sin siquiera saberlo.
Su madre… ella no fue lo suficientemente fuerte.
Desapareció poco después de que Maddy cumpliera dos años, justo cuando nos dieron el diagnóstico definitivo. No dejó una carta, una explicación, ni una despedida. Simplemente se largó. ¿Cobardía? ¿Desesperación? No lo sé. No hay rastro de ella, como si nunca hubiera existido.
Maddy creció sin su madre, pero no podía permitir que sufriera por su abandono. Así que le di la única verdad que podía protegerla.
Por supuesto, soy el gran Daniel Morgan y nadie puede conocer mis debilidades. Así que, todo el mundo cree que mi esposa está muerta, y eso está bien para mí. Es más fácil así. Nadie tiene que saber lo que realmente sucedió.
En ese momento, Maddy levantó la cabeza desde su dibujo y me miró con esos ojos tan serios para su edad.
—Papi, quiero pedirte algo —dijo con una vocecita tan inocente que me hizo sonreír.
—Claro, princesa —respondí mientras me agachaba a su altura, preparado para lo que fuera.
—Quiero un hermanito. Me aburro mucho aquí. Yo lo cuidaré mientras tú trabajas —añadió con una sonrisa radiante, como si todo fuera tan sencillo.
No pude evitar soltar una carcajada.
—Un cachorro, princesa, podemos negociar un cachorro. Pero un hermanito... eso no es posible —dije, tratando de restarle importancia.
—¿Por qué no? —preguntó ella, levantando una ceja como si tuviera una respuesta lógica y adulta para todo.
Me apoyé en el respaldo de la silla y la miré fijamente.
—Primero, porque no tengo novia, y... —empecé a decir, pero ella no me dejó terminar.
—¡Eso no importa! Yo te voy a encontrar una novia —insistió, cruzando los brazos y dándome una mirada desafiante.
Mi risa fue más fuerte esta vez.
—¿Y cómo vas a encontrarme una novia? ¿Debería estar preocupado? —bromeé, pero en el fondo no estaba seguro de si estaba bromeando o si en serio pensaba que podía encontrarme a alguien.
—¡Claro que sí! Yo veo en la tele que la gente hace eso, y si yo quiero un hermanito, no hay otro camino —dijo, con la firmeza de quien tiene todo resuelto.
De repente, me sentí un poco culpable. Esa niña tan pequeña no debería tener que preocuparse por algo tan complejo. Pero no podía decirle la verdad, ni siquiera a ella. Ni siquiera sabía si alguna vez me volvería a enamorar de alguien después de todo lo que había pasado.
—Maddy... un cachorro, ¿te conformas con un cachorro? —le dije, tratando de cambiar de tema mientras sentía una extraña presión en el pecho.
Ella me miró pensativa, con los ojos entrecerrados, y luego dijo, finalmente, como si no hubiera encontrado una respuesta mejor.
—Está bien... pero un hermanito sería mucho mejor. ¡Yo lo cuidaré!
Me levanté y fui a abrazarla.
Me di cuenta de que uno de mis hombres me había enviado un mensaje:
"El mocoso está ocasionando problemas."