Alma
Cuando logré deshacerme del imbécil de Daniel, caminé rápidamente hacia mi auto, sintiendo la tensión recorriéndome el cuerpo. Apenas cerré la puerta, saqué un teléfono seguro y marqué el número de Gael. Uno, dos, tres intentos… Nada. Silencio absoluto.
La inquietud se convirtió en una punzada de ansiedad en mi pecho. Lo volví a llamar. Nada.
—Vamos, contesta, maldición… —murmuré, golpeando el volante con la mano.
Sabía que algo estaba mal. Gael nunca ignoraba mis llamadas. Finalmente, marqué otro número. Mi padre contestó al primer timbrazo.
—Papá, creo que agarraron a Gael —dije sin rodeos, tratando de controlar mi respiración acelerada—. No me responde, lo he llamado varias veces.
Hubo un silencio breve al otro lado de la línea antes de que su voz grave y fría confirmara lo que ya temía.
—Sí. Lo atraparon. Ese hijo de puta de Morgan está como perro tras un hueso. Quédate donde estás, Alma. Iré por ti.
Apreté los dientes.
—No, papá. Aún no me han descubierto —repliqué con firmeza.
—No te arriesgues más de lo necesario —su tono era una mezcla de advertencia y preocupación—. Sabes lo que pasará si descubren quién eres en realidad.
—Lo sé, pero necesito averiguar qué planean hacer con Gael. Si logramos sacarlo antes de que hablen con él, podemos evitar que esto escale.
Mi padre suspiró pesadamente.
—No hagas nada estúpido, Alma. Mantente alerta y espera mi señal.
Colgué y dejé caer la cabeza contra el respaldo del asiento, cerrando los ojos por un momento. La adrenalina me quemaba por dentro. No podía quedarme de brazos cruzados. Si Gael hablaba, si Morgan llegaba demasiado lejos… todo se iría al carajo.
Y yo no pensaba permitirlo.
Al día siguiente me dirigí al trabajo como si nada, manteniendo la misma actitud despreocupada de siempre. Pero por si acaso, llevaba un arma en mi bolso. Nunca se sabe cuándo puede ser necesario.
Apenas entré, me acerqué a mi amiga con una expresión casual.
—Escuché que atraparon a Gael Hierro —murmuré, midiendo su reacción.
Ella negó con la cabeza sin titubear.
—Pues escuchaste muy mal, amiga, porque el operativo falló.
Fruncí el ceño, sintiendo una punzada de inquietud. Algo no cuadraba. Yo sabía perfectamente que Gael había sido capturado. Mi padre me lo confirmó anoche. Pero si el operativo realmente hubiera fallado, entonces Morgan no lo había reportado.
Lo tenía él.
Eso solo significaba una cosa: estaba actuando fuera de la ley.
Morgan es un perro rabioso, un soldado sin límites, y si ha decidido interrogar a Gael por su cuenta, entonces es capaz de todo para obtener información. Incluso de torturarlo.
Un escalofrío recorrió mi espalda, pero lo reprimí de inmediato. No tenía tiempo para miedos.
Sin pensarlo dos veces, giré sobre mis talones y me dirigí a la oficina de Daniel Morgan.
Si tenía a Gael, necesitaba descubrir dónde lo escondía antes de que fuera demasiado tarde.
[...]
Me detuve frente a la puerta de la oficina de Daniel Morgan y respiré hondo antes de llamar. No podía mostrar nerviosismo. Si Morgan sospechaba de mí, estaba perdida.
—Adelante —su voz grave y fría resonó desde el interior.
Empujé la puerta y entré con mi mejor sonrisa. Daniel estaba de pie junto a su escritorio, hojeando un expediente con el ceño fruncido. Sus ojos grises intensos se alzaron hacia mí con una frialdad que me recorrió la piel.
—¿Qué haces aquí, agente Sandoval? —preguntó sin rodeos, cerrando la carpeta y cruzando los brazos.
Actuaba como si le molestara mi presencia, pero lo conocía lo suficiente para saber que no era indiferente a las mujeres. Y yo sabía cómo jugar mis cartas.
Adopté una expresión dulce e inocente, acercándome con pasos ligeros.
—Me quedé preocupada —murmuré, inclinando ligeramente la cabeza y mordiéndome el labio, como si estuviera nerviosa—. Sé que lo de Gael Hierro fue complicado y pensé que tal vez podría ayudar en algo más.
Sus ojos se clavaron en los míos con una intensidad peligrosa. No respondía, solo me analizaba como si tratara de ver más allá de la máscara que llevaba.
Me acerqué un poco más y fingí arreglarme el cabello, dejando al descubierto parte de mi cuello.
—Después de todo, somos compañeros, ¿no? —agregué con un tono suave, casi seductor.
Morgan ni siquiera parpadeó. Su expresión seguía siendo gélida.
—Si realmente quisieras ayudar, estarías en tu escritorio trabajando, no aquí perdiendo el tiempo —soltó con sequedad.
Me tensé un segundo, pero me obligué a sonreír.
—Ay, Coronel, qué rudo eres. Solo intentaba ser amable.
Él dio un paso hacia mí, reduciendo la distancia entre nosotros. Su presencia era intimidante, y podía sentir su mirada perforándome.
—Tú no haces nada por simple amabilidad —susurró con una media sonrisa, pero sin rastro de diversión en su voz—. ¿Qué es lo que realmente quieres, Sandoval?
Maldita sea. No era fácil engañarlo.
Me lancé sobre él sin darle tiempo a reaccionar. Mi boca atrapó la suya en un beso audaz, atrevido. Al principio, pensé que se apartaría, que me rechazaría con esa frialdad característica, pero no lo hizo.
En cambio, respondió con intensidad. Sus manos, firmes y decididas, descendieron por mi espalda hasta mi cintura, sujetándome con fuerza. Su lengua invadió mi boca con dominio, reclamando el control. Aproveché su distracción y, con un movimiento sutil, deslicé el pequeño rastreador en su cinturón.
Su agarre se volvió más posesivo. Con un solo movimiento, me alzó y me sentó sobre su escritorio, situándose entre mis piernas. Sus labios descendieron por mi mandíbula, su aliento cálido rozó mi piel, y yo solté un suspiro perfectamente calculado.
—Coronel… —murmuré, deslizando mis dedos por su nuca—. ¿Siempre besas así a tus agentes?
Se detuvo de inmediato. Sus ojos, oscuros y afilados, me estudiaron con sospecha.
—No confundas deseo con confianza, Sandoval —dijo con frialdad, alejándose bruscamente.
Me bajó del escritorio con un movimiento firme, poniendo distancia entre nosotros.
Sonreí para mis adentros. Perfecto.
Daniel se alejó de mí con una expresión de absoluto desdén, como si de repente se hubiera dado cuenta de lo que estaba haciendo. Se pasó una mano por el cabello, molesto consigo mismo.
—¿Qué clase de juego estás intentando, Sandoval? —espetó con frialdad, acomodándose la chaqueta.
Le sostuve la mirada, fingiendo inocencia.
—No es un juego, Coronel. Solo quería… ayudar.
Él soltó una risa seca, sin rastro de diversión.
—¿Ayudar? ¿Así es como ayudas? —Su mirada recorrió mi cuerpo de arriba abajo, descarada, despectiva—. No eres más que una agente buscando ascender con favores, ¿no?
Su tono me encendió la sangre, pero mantuve la máscara. Me encogí de hombros con fingida despreocupación.
—Tú pareces el tipo de hombre que no rechaza un poco de diversión —repliqué, cruzándome de brazos, dejando que mi escote hablara por mí.
Daniel me sostuvo la mirada, sin rastro de deseo esta vez. Solo frialdad y desprecio.
—No te confundas, Sandoval. No me interesan las mujeres que se regalan con tanta facilidad.
Cada palabra fue como un golpe a mi orgullo. Apreté los dientes, pero mantuve la sonrisa.
—Qué lástima… Y yo que pensaba que te había gustado.
Daniel se acercó lo suficiente para que su aliento rozara mi mejilla.
—Si alguna vez quiero algo contigo, será cuando yo lo decida. No cuando tú intentes venderte como una cualquiera.
Me quedé en silencio, sintiendo el ardor de la humillación arder en mi pecho.
—Ahora lárgate —ordenó, señalando la puerta con un leve movimiento de cabeza.
Lo miré con fingida indiferencia, di media vuelta y salí de su oficina con el rastreador colocado en su cinturón.
Sonreí para mis adentros. Me subestimó. Perfecto.
Me había acostado a que los hombres me subestimen, pero era un arma que usaba a mi favor. Ya ese miserable tenía el rastreador era cuestión de paciencia para encontrar a mi hermano.