Enfrentamiento

1134 Words
Ignoré las llamadas de mi padre y me dediqué a estar con el señor Bigotes, mi gato, y a ir a mi trabajo. En ese momento, estaba charlando con Natalia, una de las agentes y mi mejor amiga aquí. Ella tiene anteojos y se arregla lo mínimo, pero es muy amable, y yo la adoro. Ella se ríe al ver que estoy mirando documentales sobre asesinatos. —Otra vez esas cosas horribles —ríe divertida. —Pues sí, desde que soy pequeña me encantan... —le respondí con una sonrisa mientras cambiaba de video—. Es hermoso matar a alguien. Ella me mira sorprendida. —No hables así, que me asustas. Reí y la miré. —Es broma, amiga —dije, tratando de calmarla, aunque sabía que había sido un comentario inquietante. Pero nuestra conversación fue interrumpida cuando me llamaron a la oficina de Thomas. Me levanté rápidamente y me dirigí allí. Al entrar, vi al coronel. Ese hombre era... hermoso. Cabello oscuro, ojos grises y una mirada que desprendía algo inquietante. No pude evitar notar su atractivo. —Sandoval... —me llamó, con voz firme y segura. —Dígame, Daniel —respondí sin pensarlo, por costumbre. Él me miró, arqueando una ceja. —No soy Daniel. Soy el Coronel Morgan —replicó, con una leve sonrisa que no me gustó del todo. Parecía que se divertía viéndome incómoda. No supe cómo reaccionar ante su presencia. Estaba claro que este hombre no solo tenía poder, sino también una presencia que me descolocaba. Lo observé por un momento, dándome cuenta de que no solo era su mirada lo que te atrapaba, sino su postura, la manera en que dominaba la habitación. Su presencia era tan imponente que hasta el aire parecía cambiar a su alrededor. —Disculpe, Coronel Morgan, —respondí, recuperando un poco de compostura—. ¿En qué puedo ayudarle? Lo miré fijamente, tratando de no mostrar sorpresa. Mi hermano. Gael Hierro. No podía creer lo que estaba escuchando. Sin embargo, mantuve la calma, y decidí seguir la corriente, esperando saber más antes de tomar decisiones precipitadas. —Claro, ¿a quién necesitas rastrear? —indagué, procurando que mi voz sonara neutral. Él no tardó en darme la respuesta que ya sabía que iba a escuchar. —A Gael Hierro —dijo, dejando en el aire una expectativa pesada, como si pensara que mi reacción sería diferente. —Claro que lo haré, señor —respondí con firmeza, intentando que mi voz no traicionara mi ansiedad. Daniel señaló la computadora con un gesto impaciente. Mi corazón comenzó a latir más rápido mientras me acercaba a la pantalla. El reloj corría, y cualquier error podría costarme mucho más que mi trabajo. —Hazlo ahora y si fallas, estarás despedida. No soporto a incompetentes —dijo con una severidad que no dejaba lugar a dudas. Apreté los dientes, concentrándome. Sabía que no podía fallar, pero el peso de la situación me oprimía el pecho. Si descubrían algo que no debía, si veían alguna conexión entre Gael y yo, todo se vendría abajo. No podía permitir que eso sucediera. —Entendido —respondí con un suspiro entrecortado, aunque estaba decidida a no mostrar más debilidad. Daniel me indicó que comenzara, y lo hice rápidamente. Unas imágenes de Gael en un restaurante apareció en la pantalla, y con ellas, su matrícula. Mis dedos volaron sobre el teclado, buscando la información que necesitaba. La presión era insoportable, pero no tenía otra opción que seguir adelante. —Gael fue visto en un restaurante. Estas son su matrícula. Date prisa... —me dijo, su tono tan imperativo como siempre. Me concentré, sin mirar a Daniel, mientras continuaba con la tarea. Cada clic del mouse sonaba más fuerte en mis oídos. Si algo salía mal... no podía ni pensarlo. —Bien, Thom, envía a tus hombres... —le ordenó Daniel, su tono de voz cargado de autoridad—. Esta es la última oportunidad que te doy. Mi jefe simplemente se marchó, pero Daniel se quedó conmigo en la oficina. Me sentí atrapada, como si cada palabra de Daniel fuera un peso adicional sobre mis hombros. Sin embargo, traté de mantener la calma, buscando una manera de ganar tiempo. —Tengo que ir al baño... —dije, intentando sonar lo más natural posible, pero mi voz tembló ligeramente. Daniel no dijo una palabra. Su mirada se volvió fría y calculadora, y antes de que pudiera reaccionar, su mano se cerró sobre mi brazo con una firmeza que me dejó sin aliento. —Tú te quedas aquí, Sandoval. No te mueves de esta oficina. ¿Entendido? —Su voz era tajante, sin espacio para discusión. Apreté los dientes, sintiendo cómo la presión aumentaba. Sabía que no podía ceder. Estaba en una situación crítica y no podía permitirme perder el control. —Haré un recorte de personal y créeme que ser la putita de Thom no salvará tu trabajo. No me contuve y le pegué una bofetada —Será muy coronel, pero a mí nadie me habla de esa manera —le respondí con firmeza, sin contener mi indignación. Él se burló — Vaya parece que tienes garras, cariño, pero eso no te salvará. No confío en ti, Sandoval por muy buena que estés si descubro que estás cooperando con los Hierro te mataré. Reí fuerte — ¿y se supone que debo llorar, coronel?. Estoy harta de amenazas vacías. —Daniel... —empecé, levantando la vista para encontrar su mirada—. Necesito ir al baño, por favor. Esto no tomará mucho tiempo. Él no pareció inmutarse ante mi insistencia. En cambio, me miró fijamente, como si estuviera evaluando cada palabra que decía, buscando alguna señal de debilidad o engaño. —No tengo tiempo para tus excusas, Sandoval. Aquí se hace lo que yo digo —respondió con un tono más severo—. Si no te mueves de esa silla, estarás en la oficina exactamente donde te necesito. No puedo confiar en que no vayas a hacer algo que complique las cosas. Mis ojos se entrecerraron al escuchar su amenaza, pero no respondí. Sabía que si protestaba demasiado, todo se volvería más complicado. Solo podía seguir el juego por ahora y esperar el momento adecuado para actuar. Suspiré internamente, resignándome a quedarme en el lugar. Aunque estaba desesperada por salir de la oficina y buscar una oportunidad para avisarle a Gael o distraer a Daniel, no podía hacer nada sin más información. Mi mente trabajaba a mil por hora, tratando de encontrar una salida. —Está bien... —dije finalmente, con voz suave, intentando sonar sumisa—. Haré lo que me pides. Daniel asintió, confiado en que había logrado doblegarme, y me dejó en paz, aunque no dejaba de observarme, como si fuera un tigre acechando a su presa.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD