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Seducida por el chico malo

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Blurb

«Él es la tentación encarnada. Ella es la única chica que no agachará la cabeza ante él.» Ana Molier no es la típica chica inocente que acaba de llegar a la ciudad. Es cinturón n***o en karate, ama la velocidad en dos ruedas y no soporta las injusticias. Sin embargo, meterse en una pelea universitaria en su primer día cambia su destino para siempre cuando se cruza en el camino de dos primos muy peligrosos. Matías es oscuridad pura: de mirada intensa, cuerpo esculpido y dueño de un club nocturno envuelto en secretos y carreras clandestinas. Para él, las reglas no existen. Sebastián, su primo, ve a Ana como una amenaza. Pero Matías solo ve un desafío irresistible: una chica de fuego a la que desea poseer a toda costa. Lo que inicia como un enfrentamiento entre dos voluntades de hierro se transforma rápidamente en un romance prohibido, explosivo y peligroso. Pero sobrevivir a este amor no será fácil: un pasado marcado por tragedias, las amenazas de un hombre poderoso y despiadado, y las sombras del submundo nocturno amenazan con destruirlos a ambos. ¿Podrá la chica fuerte salvar al chico malo de sus propios demonios, o terminará consumida por el fuego de su peligro?

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Fierita
Huir de mi pueblo para estudiar periodismo en la ciudad fue la mejor decisión de mi vida. Mis padres querían tenerme bajo su control para siempre, pero yo necesitaba acción, libertad y vivir mis propias historias. Lo único a lo que no me pude negar fue a su mensualidad; al fin y al cabo, si querían pagarme la vida en la ciudad, no iba a ser tonta de rechazarlo. Llegué hace unos días para instalarme en el departamento que encontré por internet. Por suerte, mi compañera de piso, Lucy, resultó ser una chica genial y súper alegre. El problema es que anoche me convenció de salir a tomar unas copas para "celebrar mi llegada", y hoy siento que la cabeza me va a explotar. Salí de mi habitación a rastras. Lucy ya estaba lista para irse a la universidad; ella cursa el último año de carrera, igual que yo. —Buenos días, Lucy —saludé con la voz ronca por el cansancio. —Buenos días, Ana. Te ves bastante bien para la noche tan movida que tuvimos ayer —comentó riendo. —Por dentro estoy hecha pedazos. Salir ayer fue una pésima idea. —Ya te acostumbrarás al ritmo de la ciudad. Se despidió con la mano y salió por la puerta. Me preparé un café n***o bien cargado para revivir y salí hacia la universidad. Quedaba apenas a dos cuadras, así que preferí ir caminando. Al llegar, el campus era un caos de gente conversando y riendo en grupos. Mirara a donde mirara, nadie estaba solo. Excepto yo. Por un segundo me invadió una punzada de soledad, pero me la sacudí de encima de inmediato. No vine aquí a lamentarme. Entre tanto lío me costó un mundo encontrar mi aula y terminé llegando tarde. El profesor me perdonó la impuntualidad por ser mi primer día, pero me morí de la vergüenza. Gran comienzo, Ana. Al terminar la clase, me dediqué a recorrer las instalaciones para ubicarme mejor. Iba caminando cerca de la zona deportiva cuando unos gritos al fondo me llamaron la atención. Caminé un poco más hacia la parte trasera del campus y la escena me congeló la sangre: dos chicos tenían acorralado a otro en el suelo y uno de ellos lo estaba moliendo a golpes sin piedad, ignorando sus suplicas. No lo pensé dos veces. La rabia me pudo y corrí hacia ellos. —¡Ey! ¿Qué coño hacen? —grité—. ¡Lo van a matar! Me metí en medio para levantar al chico del suelo, pero de pronto un tirón brusco y violento en el brazo me apartó de golpe. El agarre fue tan fuerte que sentí la piel arder. —Mira, entrometida, lárgate de aquí si no quieres salir lastimada. Esto no es asunto tuyo —soltó una voz fría y cortante. Me giré con furia. El que me tenía agarrada era un chico rubio, de ojos claros y rasgos ridículamente atractivos. El otro, el que estaba dando la paliza, era alto, moreno y fuerte. El rubio no me soltaba; sentía la presión de sus dedos y el calor de su mano atravesando mi ropa, mandándome un chispazo eléctrico por todo el cuerpo. —¡Suéltame, idiota! O si no... —¿O si no qué? —se burló él, acercándose a mi rostro. Olía a perfume caro mezclado con humo y adrenalina—. No seas estúpida. Vete. Me empujó hacia un lado y vi cómo el moreno se acercaba para sujetarme. No le di tiempo. Le planté un puñetazo seco en la boca del estómago que lo dejó sin aire. En cuanto se dobló del dolor, aproveché el impulso y le metí una patada limpia que lo mandó directo al piso. El rubio abrió los ojos de par en par e intentó abalanzarse sobre mí para frenarme, pero fui más rápida. Esquivé su agarre, le sujeté el brazo usando su propio peso en su contra y lo proyecté contra el suelo como si fuera un saco de papas. —Más les vale medir muy bien su próximo movimiento —les advertí, plantándome frente a ellos con la respiración agitada—. Soy cinturón n***o en karate y no voy a dudar en romperles algo si se vuelven a acercar. Los dos se levantaron como pudieron, sobándose los golpes. El rubio dio un paso hacia mí con la mirada echando chispas, pero al ver mi postura de combate, levantó las manos en señal de tregua. —Espera, espera... Fierita —dijo, y una sonrisa arrogante y peligrosa se le dibujó en los labios—. ¿Acaso tienes idea de a qué clase de lacra estás defendiendo? —No me importa quién sea —respondí sin bajar la guardia—. No voy a dejar que entre dos muelan a golpes a nadie. —Me has impresionado, no te lo voy a negar —admitió, dándose un leve masaje en el hombro mientras se me acercaba a paso lento—. Pero meterte donde no te llaman te va a costar muy caro. —No te conozco de nada, y te aseguro que no te tengo un solo gramo de miedo. Nos sostuvimos la mirada durante unos segundos intensos. A pesar de su actitud prepotente, noté algo extraño en el fondo de sus ojos claros: una sombra de dolor, una tristeza oculta que me removió el estómago. —Vámonos, Sebastián. Ya nos encargaremos de esto después —dijo el rubio, rompiendo el contacto visual. Antes de irse, el moreno —Sebastián— se acercó al chico del suelo y lo señaló con rabia. —Escúchame bien, idiota. Reza para que a mi hermana no le pase nada, o te juro por mi vida que te mato. Se marcharon a paso rápido y yo me quedé en silencio, intentando calmar el pulso. Le tendí la mano al chico herido para ayudarlo a levantarse. —Gracias por meterte... Ese tipo es un animal —dijo, limpiándose la sangre del labio. —¿Qué les hiciste para que te dejaran así? —pregunté, cruzándome de brazos. —Nada grave... Solo le vendí algo de droga a su prima. La muy imbécil fue a contárselo. Se me heló la sangre. —¿Droga? —repetí con asco—. Sinceramente, creo que te merecías esa paliza y más. Le di la espalda y me marché sin mirarlo. No soporto a la gente que destruye vidas vendiendo esa porquería. Llegué al apartamento agotada. Mi primer día y ya me había metido en un problema enorme por defender a quien no debía. —¡Ana! Te estaba esperando —dijo Lucy nada más verme entrar. —¿Para qué? —Hay una fiesta esta noche en casa de unos amigos y quiero que vengas. —Ni de broma, Lucy. Estoy muerta. Solo quiero ducharme y dormir doce horas. —Por favor —insistió haciendo un puchero—. No quiero ir sola. —El sábado salimos, te lo prometo. Pero hoy paso. —Está bien, me rindo —suspiró—. Pero el sábado no acepto un no por respuesta, ¿eh? Quiero que conozcas a mi novio. —Prometido. Por cierto, pensé que estabas soltera por lo de la fiesta de ayer. —Qué va. Es que él tenía que resolver unos asuntos familiares bastante serios. Me di una ducha larga y me acosté temprano. Pero justo antes de cerrar los ojos y quedarme dormida, una imagen volvió a mi cabeza con demasiada fuerza: sus ojos claros, su sonrisa arrogante y la forma en que me llamó “Fierita". Ese chico rubio me había advertido que esto no se iba a quedar así. Y presentía que tenía toda la razón.

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