*Editado Las cosas no habían cambiado mucho en los últimos meses, Ramón era un imbécil que me mantenía vigilada todos los días las veinticuatro horas del día y me tenía hasta la madre no poder ni limpiarme el trasero sin que él se enterara. Había intentado escapar más de cinco veces y en todas había logrado interceptarme. Ya Victoria me había dicho que lo mejor era huir juntas, pero el desespero me ganaba, me nublaba el juicio y cuando veía una oportunidad la tomaba por las riendas. Las palizas que me habían propinado por órdenes de Ramón estaban surtiendo un efecto negativo en mí, al parecer en la última de ellas me habían astillado una costilla, pero el médico que nos atendía en la mansión no había hecho nada para ayudarme. Vivía con un dolor constante en mis brazos y piernas y camina

