El tono gris y triste del cielo era una señal de cómo transcurriría todo su día. Se levantó y, sin ánimo, se vistió con lentitud, no tenía ganas ni de ducharse. Escuchó unos toques suaves en su puerta. No la sorprendió. Resignada, la abrió y, al ver el rostro comprensivo de su hermano, se derrumbó. Sobre su regazo pudo verter por fin las lágrimas, y en ellas, toda la rabia y la amarga desilusión que la habían carcomido desde el día anterior. Escuchó sus palabras de consuelo y las grabó en su corazón, como tantas otras veces había hecho. —No todos los hombres son infieles, Aleja, ni duros, ni insensibles como nuestro viejo; no lo olvides. Salomón era un poco…, digamos, inmaduro. Es un chico rico, demasiado pagado de sí. No me gustaba, y aunque no me hace feliz verte sufrir, te confieso qu

