Otra invitación que rechazaba. Otro fin de semana que se quedaba en casa, escondiéndose como una vieja amargada. El eco de la risa de Tiia y el suave acento del hermano de Alejandra al contestarle en inglés se fueron alejando por el pasillo mientras Xisca se quedaba mirando la puerta de madera cerrada tras ellos. Tuvo la sensación de un déjà-vu. El destino, que la volvía a dejar del otro lado. Del lado de la soledad. Inquieta, intentó no echarse a llorar. Su gata maulló, y Xisca se inclinó para cogerla. —Sí, cariño, es mejor que me quede haciéndote compañía. Encontró los iris dilatados de Duquesa y le pareció intuir en el fondo una profunda melancolía. —No, no te sientas mal. Estaré bien, ya lo verás. Le dio un beso, la bajó y fue a por un poco de vino. Con la copa en la mano, se diri

