Malhumorada, Alejandra contempló la atmósfera gris que flotaba por las calles de Helsinki aquel día. Le sorprendían los cambios bruscos del clima en Finlandia: por la mañana el cielo había salpicado de amarillo sus pasos hacía art & viiva, y en aquel instante, el aliento helado cubría hasta las barbas del sol. No deseaba ir a la universidad, lo que quería era agazaparse entre las mantas de su cama con una taza de alguna bebida caliente y conversar con su hermano. Recostó la cabeza contra la ventanilla y pasó revista a la gente que se amontonaba en el tranvía. La variopinta fisonomía de tantas etnias todavía la maravillaba; le encantaba adivinar la nacionalidad, y si tenía suerte, lo corroboraba cuando los escuchaba hablar. Se levantó y se ajustó el coqueto gorro azul que había comprado en

