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Una familia para mi jefe loco

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Liam Adler es el director de ventas más brillante de la empresa. Inteligente, metódico y obsesionado con el orden. Pero cuando su único abuelo le impone una condición para convertirlo en heredero del imperio familiar —casarse antes de que termine el año—, el hombre más racional del mundo toma una decisión completamente irracional: convencer a su secretaria de convertirse en su esposa por contrato: Alice Carter, quién lleva diez años siendo la única persona capaz de seguir el ritmo de su exigente jefe. Lo que Liam no sabe es que la familia Carter a la que formará parte no son una familia cualquiera y Alice Carter tampoco lo que aparenta fuera de las oficinas. Lo que comenzó como una simple mentira pronto pondrá el mundo perfectamente ordenado de Liam de cabeza, mientras descubre que existen cosas imposibles de controlar: el caos, una familia... y el amor.

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Capítulo 1. El robot de las ventas
La mañana laboral siempre es ajetreada, el mundo adulto y lleno de responsabilidades siempre empieza con animosidad por las labores del día, en especial los lunes. Como de costumbre en las grandes ciudades el ambiente era mucho más movido que cualquier otro lugar. Las interminables filas de vehículos recorrían manzanas enteras entre pitidos y bocinas incesantes seguidas del clásico chirrido de los frenos dando a entender la impaciencia de los conductores. Los peatones apenas tenían espacio para caminar entre sí mientras las cortinas de los grandes departamentos en las alturas se abrían de par en par. Fue entonces que el reloj en una de las pantallas grandes dio la hora. Eran las 7:58 de la mañana y todos debían llegar a tiempo a sus diferentes trabajos, como una ola masiva el movimiento se hizo aún más rápido y las calles parecieron desembocar poco a poco como si fueran fantasmas en movimiento. Pero esto era aun mas notorio para un grupo de trabajadores, los empleados de la prestigiosa empresa Adler. Cada uno parecía una gacela en plena carrera para poder llegar a tiempo, bajaban de autobuses, de taxis, incluso caminando o en sus propios vehículos acelerando a toda prisa mientras miraban constantemente esperando que el segundero dejara de hacer su trabajo. El motivo era simple para cualquier trabajador, simplemente llegar a tiempo para evitar la multa por retraso, pero para los empleados del grupo Adler el motivo iba mucho más allá de cualquier castigo. El jefe había regresado de su viaje de negocios. Durante todo el tiempo que su jefe no había estado, el ambiente era ligeramente relajante, eso había resultado en que ahora todos sentían una temible presión ese lunes por la mañana. Todos llegaban casi al trote a las puertas de la empresa esperando poder llegar a un pequeño espacio del ascensor, si había suerte podías alcanzar, sino eras uno de los tantos desafortunados que debían subir las escaleras sin cesar. Finalmente, el minutero cambio de posición señalando las 7:59. Todos estaban ansiosos por comenzar. Uno de los trabajadores tomó asiento en su cubículo y casi sin aliento preguntó a su vecino: - ¿Qué hora es? - Descuida, aún hay un minuto de tiempo. - Dios, creí que no lo lograría… dime que la señorita aún no ha … Aún no completaba la frase cuando a lo lejos se escuchó un “¡Corre! ¡Ya son las siete cincuenta y nueve!” varios trabajadores llegaron con apenas aire en sus cuerpos, las empleadas inmediatamente sujetaron sus tobillos mientras tomaban asiento, los otros trabajadores arreglaban sus corbatas y encendían el computador tan pronto como podían. De pronto el ascensor sonó con un pequeño tintineo y acto seguido sus puertas se abrieron de par en par como si una sentencia se asentara para todos. Todos miraron como el reloj sobre el ascensor cambiaba lentamente a 8:00 a.m. Al mismo tiempo de aquella puerta una silueta se divisaba. El jefe había llegado. Como si un interruptor hubiera sido activado, todos cambiaron sus posiciones y comenzaron a trabajar, era como un instinto de supervivencia que los incitaba a “hacer algo productivo” para continuar sin problemas en la empresa. Pese a ello, las miradas no soltaban al jefe que continuaba a paso lento por los cubículos hasta llegar a su oficina, apenas y levantaba la mirada de su teléfono o devolvía la misma a sus empleados, tan solo una respuesta leve a los saludos con un “Buen día” Sin embargo, eso no significaba que ignorara a sus empleados, por el contrario, había que estar alerta, aunque el hombre estuviera de espaldas. Siempre fue una persona así de precisa. Visión tan atenta como un detective en plena escena. Un carácter tan perfilado como un abogado, y una intuición tan afilada como el mejor de los mentalistas. Su nombre era Liam Adler. El jefe a cargo del grupo con el mismo apellido. Uno de los líderes en las industrias de electrodomésticos e inversora de importaciones. Aquel hombre que atrapada a cualquiera como un ser hipnótico en un juego que sabía que perdería ante él. Su traje lucía relajado sin corbata y al mismo tiempo elegante y formal tan solo por su postura al caminar. Cada movimiento era exacto como si su mente planificara cada movimiento en cuestión de segundos. Siguiendo el pasillo principal mientras los trabajadores continuaban tras una delgada pared de vidrio que los separaba de aquel sujeto incansable. Finalmente llegó a la oficina, y a tan solo unos segundos de entrar; la puerta se abrió como si un mecanismo automático se hubiera activado. Era su secretaria, quien desde adentro le daba la bienvenida. - Buenos días, señor Adler. – saludó con la mirada baja para luego abrirle paso. - Señorita Carter. – le devolvió el saludo a su modo. Entonces la puerta se cerró tras ellos y como si el oxígeno volviera a la oficina todos exhalaron aliviados. Por un momento, sintieron como el reloj volvía a su natural “tictac” y continuaron con sus labores mientras aguardaban las órdenes del apodado “El robot de las ventas” Adler, no solo generaba la sensación de presión en el aire como un campo de gravedad enérgico, sino que también había sido símbolo de admiración entre sus empleados. Después de todo, el nombre de Liam Adler, encabezaba la lista de mejores empresarios, entre los mas reconocidos, y entre los mas populares por su atractivo. Cada problema que surgía, era resuelto inmediatamente gracias a su ingenio y a diferencia de otros jefes, el mismo se encargaba de revisar los electrodomésticos antes de vender. Dirigía la gestión de ventas casi como respirar y direccionaba cada importación con una fluidez que a ojos de cualquiera pareciera “natural”. Ninguna decisión era tomada sin antes haberlo revisado no una sino hasta tres veces. Era por aquella eficiencia y control de calidad que las empresas Adler podían ser competidores a nivel internacional. De pronto el reloj marcó las 8: 15 a.m. Era la hora del break. Un breve espacio que había designado la empresa para el desayuno y el descanso de sus empleados, solo con una duración de 10 minutos, era tiempo suficiente para servirse una taza de café y aguantar el resto del día hasta la hora del almuerzo. Aunque era un cambio reciente de tan solo 5 años del cual nadie sabía su origen, realmente era un espacio muy necesario entre los trabajadores, un momento de respiro que todos anhelaban y que les permitía trabajar incluso con mayor ánimo. Sin embargo, algo inusual ocurrió aquel Lunes. El grupo Adler se disparó en gran popularidad desde su llegada a la presidencia cuando tenía tan solo 20 años por su ingeniosa variedad en productos para el hogar y su gran apertura en negociaciones. En tan solo 10 años la empresa había alcanzado un nivel similar a grandes industrias de elite. Su participación incluso llegaba a proyectos de ayuda benéfica, educación, e incluso se amplificaba a la reforestación con el fin de aumentar sus activos. Era por eso, que pertenecer a la empresa era realmente un lujo a mantener, todo trabajador anhelaba poder llegar a un puesto en aquella gran empresa, y pese a la presión laboral, los beneficios eran lo suficientemente buenos como para sacrificar lo que fuera por aquel valioso trabajo. El grupo Adler gestionaba muy bien el cuidado de sus trabajadores, y eso era una recompensa suficiente para los empleados. Nadie en aquella empresa se arriesgaba a siquiera cometer un pequeño fallo. Revisaban los informes las veces que fueran necesarias, y comprobaban al pie de la letra cada número en las listas contables. Hacían todo lo posible por demostrar su valía allí, especialmente si Adler quedaba impresionado del trabajo de alguien. Una vez, compró una Tablet como obsequió a un empleado que corrigió un documento mal transcrito justo a tiempo. En otra ocasión, premió a una empleada con un viaje para dos a unas playas por su desempeño en unas negociaciones. Pero, así como los beneficios eran únicos, los errores se pagaban caro en la empresa. Eran las 8:06, todos ya se habían dirigido hacia la cafetería mientras que algunos estaban por salir a tomar algo de aire cuando el tintineo del ascensor dio aviso a alguien. ¿Quién podría ser? Se preguntaron todos. Era imposible que alguien tuviera siquiera el coraje de molestar al jefe en su momento de break. Pero entonces todos vieron lo imposible: uno de los trabajadores llegó con dos capuchinos en una mano y en su otra mano un papel ligeramente arrugado que bandereaba orgulloso. - ¡Lo conseguí! – gritó a todo pulmón mientras ingresaba por el pasillo hacia el jefe- Conseguí al fin la firma de autorización… Poco antes de tocar la puerta para poder ingresar uno de los empleados lo retuvo de inmediato. - Enloqueciste… - dijo antes de halar el brazo de aquel entusiasmado empleado- sabes que interrumpir así de la nada solo te costará tu empleo. - Pero… lo conseguí – respondió con esmero- la firma de Continent electronics. ¡Lo logré! - Puedes decírselo después del break… - No, no puedo… ¡es importante que lo obtenga ahora! El hombre finalmente se soltó del brazo y de nuevo se aventuró a tocar la puerta de Adler. Un toque, luego dos. Hasta que salió la secretaria del jefe. - Buen día, señorita… - saludó temeroso mientras extendía los capuchinos junto con la hoja firmada cual ofrenda de paz- Se que es hora del descanso… pero, con- conseguí la firma que pidió el jefe. - ¿Por eso llegaste tarde? – cuestionó sin cambiar su tino de voz. - Yo… podría explicárselo- pero durante su descanso, ya no deseo importunar más – bajó la cabeza mientras su mirada tímidamente analizaba las expresiones de aquella imperturbable secretaria – después del descanso… habrá tiempo ¿verdad? - Respuesta correcta – concluyó inmediatamente luego de que en un movimiento rápido se hiciera con el café y el papel en cuestión de segundos. Fue tan rápido que en un solo parpadeo y para sorpresa de todos, la puerta volvió a cerrarse inmediatamente. El tiempo había dictado que solo pasó un minuto, pero ese solo momento dejó a todos pasmados para luego entre susurros felicitar por aquella hazaña del valiente empleado. Cada error que disgustara al jefe era pagado de la peor manera, era una de las razones por las que nadie se arriesgaba a cometer errores sin pensar, las consecuencias podían variar desde multas pequeñas hasta el extremo de perder tu carrera profesional para siempre y ese caso incluía a las secretarias. El puesto de secretaria del famoso Liam Adler, era un puesto especialmente inalcanzable para todos los empleados. Tanto que incluso había llegado a un récord de hasta 52 secretarias en un lapso de tan solo dos años. Cuando llegó a su puesto a los 20 años, conoció a su primera secretaria, una dulce dama que usaba trajes a medidas y fue quien duró un máximo de mes y medio. El motivo era que Adler al ser especialmente detallista en su trabajo se quejó del fuerte perfume que usaba todos los días. Una razón así de absurda, solo podía sonar a excusa al principio, pero con el tiempo esa exigencia se volvió famosa entre las secretarias. Fue por aquello que muchas ofertas fueron llegando una tras otra como gotas de lluvia, y al mismo tiempo ninguna secretaria alcanzaba a cumplir con sus requerimientos, y en variadas ocasiones los despidos eran despiadados e incluso un show del cual los demás trabajadores llegaban a apostar por quien aguantaría más tiempo en ese puesto. Llegó al punto de que el mismísimo Liam ya ni siquiera recordaba sus nombres sino el “número de secretaria” que correspondía en ese momento y así era como se dirigía a ellas durante casi dos años. En una ocasión, la secretaria “número treinta y dos” duró nueve días y renunció en cuanto tuvo una llamada del Abuelo de Adler. En otro momento la secretaria “número treinta y siete” sobrevivió tres semanas antes de salir con sus cosas por un amorío en la empresa. Se rumoreaba que el jefe odiaba las relaciones dentro de la empresa por lo que inmediatamente, durante ese tiempo se le conoció como la “época de corazones rotos” por los rompimientos entre compañeros. Tiempo después la “cuarenta y siete” pidió traslado al departamento legal a tan solo tres días de su ascenso. Se dice que no soportó la apretada agenda del jefe, y prefirió la sección de recursos humanos a seguir con aquel implacable. El “secretario cuarenta y ocho”, quien se jactaba de ser un graduado en las mejores universidades de administración, ni siquiera llegó a completar el día. Aquel joven graduado de 21 años llegó en la mañana y antes de la hora del almuerzo salió corriendo envuelto en llanto de la oficina del jefe y jamás volvió. Eso solo demostraba que Adler no tenía ni una pizca de compasión ni para hombres, ni para mujeres. Como si eso no fuera poco, no faltaron las secretarias que tan solo querían llamar la atención de Liam, por ejemplo; la secretaria “cincuenta y uno” se enamoró perdidamente del jefe por su apariencia y como cualquier mujer llena de confianza como lo era ella, no dudó en demostrar sus sentimientos, pero olvidó por completo que Liam Adler, no se guiaba en decisiones emocionales. Al poco tiempo, fue despedida por acoso a su jefe. La lista continuó como un campo abandonado de guerra hasta llegar a la secretaria número 78. Aquella quien sería la actual secretaria y la primera a quien Liam recordó su nombre como la “señorita Carter”. Hasta el momento la única que realmente se había ganado a pulso su puesto y de quien nadie dudaba de que permanecería allí por mucho tiempo. El tiempo de receso finalizó. Todos continuaban sus labores cuando una especie de epifanía invadió a una de las empleadas del departamento de gestión contable. Para ese momento habían pasado 30 minutos desde que Liam llegó al trabajo y se había encerrado en la oficina, pero aquella idea la había atravesado con tal fuerza que inmediatamente soltó: - Esperen…- dijo a una de las trabajadoras del cubículo vecino. - ¿Qué? – cuestionó mientras advertía que bajara un poco el volumen. - La secretaria…- murmuró mientras torpemente entre que hacía gestos con sus manos. - ¿De qué hablas? - Ay por ¡Dios!... -señaló entonces otro empleado- La secretaria estuvo ahí desde el principio- dijo gritando en voz baja. Fue entonces que todos cayeron en cuenta. El nerviosismo hundió a las oficinas en un silencio sepulcral, nadie decía absolutamente nada y todos pensaban en una sola cosa. La secretaria de Adler, había visto a todos llegar apenas a tiempo. La señorita Carter, sabía del casi atraso de todos en la empresa. Entonces una voz sonó elegante, suave pero llena de firmeza. - Pase, Jackson. Era la hora de la verdad, y si aquel empleado habría logrado la hazaña de la firma que tanto buscaba la empresa o solo un desempleado mas añadido a la lista de Adler.

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