No regreso la llamada a Mélo.
Porque si Mélo está vivo, si Verónica lo sabe, si esta conversación es rastreada, entonces acabo de cometer un error que podría matarme.
En lugar de eso, me visto.
Salgo del apartamento de Manhattan sin llevar nada. Sin teléfono. Sin identidad. Sin pasaporte.
Solo soy Catherine Moreau, una mujer que camina por las calles de Nueva York a las 3 AM como si buscara algo que perdió hace mucho tiempo.
Encuentro un internet café en el Barrio Este.
Pago en efectivo. Uso una computadora que probablemente nunca fue actualizada en toda su vida.
Digito un nombre en Google: “Mélo Guadalajara 2026 muerte suicidio”.
Los resultados son claros: Mélo Hernández, capo narcotraficante, fue encontrado muerto en su casa de Guadalajara hace tres semanas. Aparente suicidio por sobredosis. Sus dos hijas fueron puestas bajo custodia del estado.
Publicado hace veintiún días.
Mélo me acaba de llamar hace cuarenta minutos.
Digito otro nombre: “Morin Haití DEA infiltrado”.
No hay resultados públicos. Solo rumores en foros criminales. Alguien llamado “Morin el Haitiano” que fue visto en Quito hace una semana. Que fue visto en Nueva York hace tres días.
Digito mi propio nombre: “Hermithe prostituta multimillonaria”.
Aparecen dos artículos de revistas criminales underground mencionando a una mujer haitiana que operaba en México. Afirman que desapareció en Colombia. Que probablemente está muerta.
Están equivocados.
Estoy completamente viva.
Esa tarde, recibo una llamada de Verónica en el teléfono que ella me dio.
Ella sabe que salí del apartamento.
—¿Dónde estás? —pregunta.
—Caminando.
—Caminando. Qué romántico. ¿Tenemos un problema, Hermithe?
—No. Solo necesitaba pensar.
—¿Sobre qué?
—Sobre lo que significa ser tuya.
Verónica ríe. Es una risa que contiene siglos de manipulación.
—Significa que eres libre de todo lo demás. Libre de la DEA. Libre de la moralidad. Libre de la humanidad. ¿No es eso lo que querías?
—Sí —miento.
—Excelente. Porque tengo un trabajo para ti. Un trabajo importante. Uno que determinará si realmente eres de la familia o si eres simplemente otra infiltrada.
El trabajo es elegante en su simpleza:
Necesito infiltrarme en una agencia federal.
No la DEA. La NSA.
Verónica tiene una fuente dentro de la NSA que quiere cambiar de lado. Quiere vender información sobre operaciones encubiertas. Sobre programas de vigilancia. Sobre todo lo que el gobierno estadounidense no quiere que el mundo sepa.
Pero necesita una intermediaria. Alguien que pueda viajar entre mundos sin ser sospechosa.
Yo.
Durante las siguientes dos semanas, me entreno para esto.
Verónica tiene acceso a todo. Perfiles de agentes NSA. Patrones de comunicación. Métodos de reclutamiento. La arquitectura completa de cómo opera la inteligencia estadounidense.
Y me enseña cómo penetrarlo.
La contacto es un hombre llamado Director James Whitmore. Cincuenta y ocho años. Divorciado. Deudas de juego. Hijo que está en la universidad de una Ivy League que no puede permitirse pagar.
Es vulnerable.
Es perfecto.
Lo encuentro en un bar en Arlington, Virginia.
Llevo un vestido que cuesta cinco mil dólares. Llevo el acento de una empresaria francesa. Llevo la historia de una mujer que necesita acceso a información clasificada por razones que no pueden ser reveladas.
Cuando le compro una bebida, no rechaza.
Cuando le sugiero que podemos hacer un arreglo mutuamente beneficioso, no se va.
Cuando le digo que puedo hacer sus deudas desaparecer, sus ojos se dilatan.
Es demasiado fácil.
Demasiado fácil que quienquiera que esté observando vea exactamente lo que Verónica quiere que vea.
Tres días después, Whitmore me entrega un teléfono.
Un teléfono que tiene acceso a sistemas clasificados. Un teléfono que contiene información sobre operaciones encubiertas en treinta países. Un teléfono que, si cayera en manos del enemigo, cambiaría el equilibrio de poder global.
Lo entrego a Verónica.
Ella sonríe.
—Excelente. Whitmore acaba de venderse completamente. Ahora tenemos un acceso que cambia todo. Ahora podemos ver exactamente qué está planeando el gobierno.
Luego añade:
—Y cuando hayan terminado sus planes, cuando hayan ejecutado sus operaciones, cuando crean que tienen la ventaja… nosotros les mostraremos que hemos estado aquí todo el tiempo. Que los hemos estado observando. Que los hemos estado jugando.
Esa noche, recibo otro mensaje de Mélo.
“He visto lo que estás haciendo. Sé que robaste de la NSA. Sé que Verónica ahora tiene acceso a secretos estadounidenses. Y sé exactamente por qué. No es por crimen. Es por algo más grande. Es una guerra que começó mucho antes de que nacieras.”
Respondo:
“¿Quién eres realmente?”
La respuesta llega con una foto.
Es Mélo, pero no el Mélo que conocí. Es más viejo. Más delgado. Más como si hubiera estado en otro lugar durante todos estos años. Su ropa es de agencia. Su insignia es federal.
El mensaje dice:
“Soy Mélo García. Oficial Federal de la Agencia de Seguridad Nacional. Trabajé bajo encubierto dentro del cartel durante quince años. Parecía ser un capo. En realidad, estaba reportando cada movimiento que hacías. Cada crimen. Cada traición.”
Mi mente implota.
Continúo leyendo:
“Hermithe, lo que no sabías es que tu vida entera fue supervisada por el gobierno estadounidense desde que cruzaste la frontera mexicana. La DEA no te capturó por accidente. Te capturó porque era necesario. Para poder rastrearte. Para poder verte si eras lo que buscábamos.”
“¿Qué era lo que buscaban?”, pregunto.
La respuesta es una foto.
Es un documento clasificado de hace treinta años.
El encabezado dice: “OPERACIÓN VERÓNICA - OBJETIVO FINAL”.
Y en la carpeta, hay un nombre:
“Objetivo: Reclutar y entrenar a una mujer haitiana capaz de infiltrarse en el imperio de Verónica Delacroix para finalmente destruir la organización más corrupta jamás creada.”
Bajo ese nombre, está mi foto.
Pero la foto no es mía.
Es de una niña de catorce años en Haití.
Y bajo la foto, está escrito:
“Sujeto: Hermithe. Seleccionada para el programa cuando apenas era consciente de su propia existencia. Criada en el trauma. Entrenada a través del dolor. Preparada durante dieciocho años para este momento exacto.”
“¿Eso significa que Haití fue…?”
“Sí”, responde Mélo. “Todo fue orquestado. Tu pobreza fue simulada. Tu trauma fue construido. Tu vida en el burdel fue permitida porque necesitábamos que desarrollaras cierto tipo de frialdad. Cierta clase de falta de empatía. Necesitábamos crear exactamente el tipo de mujer que podría no solo matar sin sentir, sino que pudiera ganar la confianza de Verónica Delacroix.”
Continúa:
“Cuando cruzaste a México, Margarita en el burdel era un agente nuestro. Cuando mataste a Roberto, fue una prueba que ya habíamos planeado. La DEA no te capturó. Te reclutó. Morin no te ama. Está entrenado para hacerte creer eso. Mathias no fue derribado por ti. Fue sacrificado porque ya no era útil. Verónica… Verónica es lo más cerca que estamos del verdadero objetivo.”
“¿Y cuál es el verdadero objetivo?”, pregunto.
La respuesta llega como un archivo adjunto.
Es un video.
En el video, hay una mujer en una habitación oscura. Está enchufada a máquinas. Está siendo inyectada con sustancias. Está siendo interrogada.
La mujer tiene aproximadamente ochenta años. Cabello blanco. Ojos que contienen siglos de maldad refinada.
El texto bajo el video dice:
“Verónica Delacroix. La verdadera Verónica. No la mujer que conociste en Nueva York. Esa fue una construcción. Un teatro. Una actriz contratada. La verdadera Verónica está en una instalación federal en Virginia. Ha estado allí durante tres años. Porque hace tres años, el gobierno descubrió quién era realmente. Y lo que había hecho durante los últimos treinta años.”
Luego viene el texto final de Mélo:
“Hermithe, la mujer que crees que es Verónica es una agente gubernamental. Está trabajando con nosotros. Te está llevando exactamente a donde necesitas estar. Porque el verdadero objetivo no era Verónica. El verdadero objetivo fue siempre su jefa. La mujer que creó el imperio. La mujer que ha estado moviendo piezas en el tablero global durante cuarenta años. La mujer que te creó a ti.”
“¿Quién es esa mujer?”, pregunto.
La respuesta es una foto.
Es una mujer. Tiene aproximadamente cien años. Su cara tiene cicatrices. Sus ojos contienen poder absoluto.
El texto dice:
“Se llama Isabelle Valois. Es la matriarca de una red criminal que atraviesa gobiernos, empresas, agencias. Es la persona que reclutó a Verónica Delacroix hace treinta años. Es la persona que ordena cada muerte que ocurre en el hemisferio occidental. Y es la persona que te ha estado esperando toda tu vida, Hermithe. Porque tú eres su creación. Tú eres su obra maestra. Tú eres el arma final que será usada para destruir el último imperio que ella misma construyó.”
“¿Eso significa…?”, empiezo.
Mélo me interrumpe:
“Significa que todo lo que ha pasado ha sido parte de un plan que fue diseñado antes de que naciera. Significa que eres libre. Pero también significa que en exactamente cuarenta y ocho horas, cuando llegues a la cena que Verónica te convocó, estarás cara a cara con Isabelle Valois. Y ella te explicará exactamente qué eres. Exactamente para qué fuiste creada. Y lo que sucede después será la verdadera prueba de si eres humana o simplemente una máquina.”
“¿Y si me rehúso? ¿Si simplemente desaparezco?”
La respuesta es sencilla:
“No puedes. Porque Isabelle conoce cada lugar donde podrías esconderte. Cada dinero que robaste. Cada contacto que tienes. Cada uno de nosotros —yo, Morin, la DEA, Verónica falsa, todos— estamos trabajando para ella. Has estado dentro de su red todo este tiempo. Solo que no lo sabías.”
Esa noche, cierro el teléfono.
Y me doy cuenta de la verdad más profunda:
No hay escape porque nunca fui libre.
No hay elección porque todas mis decisiones fueron programadas.
No hay yo porque Hermithe fue inventada en un laboratorio hace treinta años.
Lo que me queda es una sola pregunta:
¿Quién soy realmente?
Mi teléfono vibra.
Es Verónica (la verdadera, o falsa, ya no sé):
“Hermithe, la cena con Isabelle es mañana a las 8 PM. Debes viajar a Washington DC. La dirección te será enviada cuando llegues al aeropuerto. Prepárate. Porque lo que ocurra en esa cena determinará no solo tu futuro. Determinará el futuro de tres gobiernos.”
Mientras empaco para Washington, recibo un último mensaje.
No es de Mélo. No es de Verónica. No es de la DEA.
Es de un número que aparece como “ANÓNIMO FEDERAL”.
El mensaje dice simplemente:
“Bienvenida a la verdad, Hermithe. Tu creadora te está esperando. Pero antes de que la conozcas, debes saber una cosa: ella no es tu enemiga. Es tu madre.”
Adjunto hay una foto.
Es la misma mujer de cien años.
Pero esta vez la foto tiene contexto.
Y en ese contexto, veo a una mujer más joven. Una que podría ser mi madre. Una que podría haber estado en Haití hace treinta años. Una que podría haber puesto en un burdel a una niña de catorce años a propósito.
Mi mundo se desmorona.
Y en la ruina de todo lo que creí saber, surge una pregunta que no puedo ignorar:
¿Es posible que he estado trabajando para la mujer que me paró en el mundo todo este tiempo?