MARIANA —Vamos, tú puedes. —Ella misma se decía, saliendo del cuarto blanco que olía a cloro; arrastraba los pies y le provocaba arrastrarse en el suelo, y lo hubiera hecho de no ser porque la descubrirían y todo el esfuerzo que hizo para quitarle la ropa al doctor y colocársela sería en vano. Debía caminar erguida y lo más normal posible para poder escabullirse de donde quiera que estuviera. —Un momento, señora, no puedo dejarla ir. —Una voz chillona sonó a sus espaldas y fue como si una lluvia de espinas eléctricas la sacudiera y únicamente pudo girar suave, alistándose para luchar cuando observó a una enfermera que le continuó diciendo: —Doctora, tiene que ir a donde el jefe, que la necesita pronto. —Por supuesto. ¿Por dónde? —Mariana titubeó antes de poder moverse; la enfermera de v

