EL PRIMER ENCUENTRO
La noche caía sobre Lima como un telón pesado. Las calles del centro estaban húmedas por una llovizna que parecía no terminar nunca. Valeria caminaba rápido, con los auriculares puestos, intentando ignorar el murmullo de la ciudad. A sus 21 años, había aprendido a moverse con decisión, aunque por dentro todavía temblaba cada vez que sentía una mirada demasiado fija sobre ella.
Giró hacia una calle estrecha, oscura, buscando un atajo. Fue entonces cuando lo escuchó: pasos detrás de ella, firmes, cada vez más cerca. Su corazón se aceleró.
—No corras —dijo una voz grave, áspera, que la heló por completo.
Valeria se giró. Tres hombres la rodeaban, con sonrisas torcidas y ojos hambrientos. Uno de ellos levantó la mano para tocarle el brazo. Ella retrocedió, lista para gritar, pero no alcanzó a hacerlo.
De pronto, una sombra se interpuso entre ellos. Alto, tatuado, con una chaqueta negra empapada por la lluvia. El desconocido tenía la mirada de alguien que no dudaba en romper huesos.
—Ella no está sola —dijo con voz firme.
Los hombres vacilaron. El tatuado dio un paso adelante, y el brillo de sus ojos bastó para que los otros retrocedieran. Hubo un silencio tenso, roto solo por el sonido de la lluvia golpeando el pavimento. Finalmente, los tres se dispersaron, murmurando insultos.
Valeria respiró con dificultad, intentando recuperar el control. El hombre la miró entonces, como si pudiera leer cada secreto que escondía.
—¿Estás bien? —preguntó, sin suavidad, más como una orden que como una preocupación.
Ella asintió, aunque sus piernas temblaban. No sabía si debía agradecerle o huir. Había algo en él que la atraía y la asustaba al mismo tiempo.
—Soy Damián —dijo, encendiendo un cigarrillo bajo la lluvia. El humo se mezcló con la neblina, creando un aura peligrosa a su alrededor.
—Valeria —respondió ella, casi en un susurro.
Él sonrió apenas, una sonrisa que no era amable, sino desafiante.
—No deberías caminar sola por aquí.
Valeria bajó la mirada, pero no pudo evitar sentir un extraño magnetismo. Era como si el peligro tuviera un rostro, y ese rostro la estuviera mirando directamente.