Valeria ya no reconocía su propia vida. Los días se habían convertido en una sucesión de encuentros con Damián, y todo lo demás parecía desvanecerse. La universidad, sus amigas, sus planes… nada tenía el mismo peso que él. Era como si el mundo entero se hubiera reducido a su presencia, a sus ojos, a sus tatuajes que parecían contar historias que ella necesitaba descifrar.
Cada vez que lo veía, sentía que estaba cayendo más hondo en un abismo del que no quería escapar. Y lo peor era que empezaba a aceptar esa caída como algo natural, como si su destino hubiera sido siempre pertenecerle.
Esa noche, Damián apareció en su departamento sin previo aviso. No tocó la puerta, simplemente entró, como si el espacio le perteneciera. Valeria no protestó. Lo observó mientras se quitaba la chaqueta y dejaba al descubierto los tatuajes que recorrían su piel. Cada línea, cada símbolo, parecía hipnotizarla.
—¿Sabes qué significan? —preguntó él, con voz grave.
—Quiero saberlo —respondió ella, con un hilo de voz.
Damián se acercó lentamente, hasta quedar frente a ella. Señaló un tatuaje en su brazo: un reloj sin manecillas.
—Este significa que el tiempo no existe para mí. Que cada segundo es igual de oscuro.
Valeria lo miró fascinada, incapaz de apartar la vista.
—¿Y yo? —preguntó, temblando.
—Tú eres la excepción —susurró él—. Contigo, cada segundo importa.
El silencio que siguió fue más intenso que cualquier palabra. Valeria sintió que debía huir, pero sus piernas no respondieron. En cambio, se acercó más, como si el peligro fuera un imán irresistible.
Damián la tomó del rostro con ambas manos, con una firmeza que no era violenta, pero sí dominante.
—No quiero que hables con nadie más de mí —dijo—. No quiero que me compartas.
Valeria tembló, atrapada en cadenas invisibles. Sabía que estaba entrando en un terreno peligroso, un terreno donde la obsesión podía convertirse en prisión. Pero sus labios no pronunciaron un rechazo. En cambio, lo besó, con una urgencia que la sorprendió.
El beso fue intenso, casi desesperado, como si ambos estuvieran quemándose por dentro. Cuando se separaron, Damián la miró con esa intensidad que parecía atravesarla.
—Ahora entiendes —dijo, con voz grave.
Valeria asintió, incapaz de hablar. Sabía que estaba perdida, que había cruzado una línea de la que no podría regresar. Y lo peor era que no quería regresar.
Esa noche, mientras él dormía en su sofá, ella lo observó en silencio. Los tatuajes recorrían su piel como mapas de un pasado oscuro, y cada línea parecía contar una historia que aún no conocía. Se preguntó qué significaba realmente estar con él, qué precio tendría esa obsesión. Pero en lugar de buscar respuestas, se dejó llevar por la certeza de que ya no podía vivir sin su presencia.
Al amanecer, Clara volvió a llamarla. Valeria miró la pantalla, dudando. Damián abrió los ojos en ese instante, como si hubiera sentido la vibración del celular.
—No contestes —dijo, con voz firme.
—Es mi amiga…
—No contestes —repitió, más grave.
Valeria dejó que el teléfono sonara hasta apagarse. Clara quedó en silencio, al otro lado de la línea. Y Valeria entendió que había dado otro paso hacia el abismo: había elegido a Damián sobre todo lo demás.
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Valeria había empezado a vivir como si el mundo exterior no existiera. Sus días giraban alrededor de Damián, de sus visitas inesperadas, de sus palabras que sonaban más a órdenes que a confesiones. Pero el mundo no era ciego, y Clara, su amiga, estaba decidida a abrirle los ojos.
Una tarde, al salir de la universidad, Clara la interceptó con una mirada dura.
—Valeria, tenemos que hablar —dijo, sin rodeos.
Valeria intentó esquivar la conversación, pero Clara la tomó del brazo con firmeza.
—No puedes seguir así. Ese hombre… no es normal. Te vigila, te controla. ¿No lo ves?
El corazón de Valeria se aceleró.
—No entiendes —respondió, con voz temblorosa—. Él me protege.
—¿Protegerte? —Clara la miró con incredulidad—. Valeria, eso no es protección, es obsesión. Y te está aislando de todos.
Valeria quiso defenderlo, pero las palabras se ahogaron en su garganta. Clara la observó con una mezcla de preocupación y rabia.
—Voy a hablar con él —sentenció—. No puedo quedarme de brazos cruzados mientras te consume.
Esa noche, Damián apareció en su puerta, como siempre. Pero no estaba solo. Clara lo esperaba en el pasillo, con los brazos cruzados y la mirada desafiante.
—Tú eres el problema —dijo Clara, sin miedo—. Desde que apareciste, Valeria ya no es la misma.
Damián la miró con calma, como si sus palabras no lo afectaran.
—Ella está mejor conmigo que con cualquiera de ustedes.
—No —replicó Clara—. Ella está atrapada. Y voy a sacarla de esto.
El silencio se volvió pesado. Valeria observaba la escena con el corazón golpeándole el pecho. Quería intervenir, pero estaba paralizada. Damián dio un paso hacia Clara, su presencia imponiéndose como una sombra.
—No vuelvas a interponerte —dijo, con voz grave—. No sabes con quién estás hablando.
Clara no retrocedió.
—Sé exactamente con quién hablo. Con alguien que la está destruyendo.
Valeria sintió que el aire se volvía insoportable. Damián la miró entonces, como si esperara que ella eligiera.
—Dime, Valeria —susurró—. ¿Quién tiene razón?
El mundo pareció detenerse. Clara la observaba con ojos suplicantes, esperando que dijera lo que debía. Damián la miraba con intensidad, esperando que dijera lo que quería. Valeria tembló, atrapada entre dos fuerzas opuestas.
Finalmente, sus labios pronunciaron lo que su corazón ya sabía.
—Damián…
Clara retrocedió, herida, como si esas palabras fueran un golpe.
—No puedo creerlo —dijo, con voz quebrada—. Estás eligiendo el abismo.
Damián sonrió, esa sonrisa oscura que parecía esconder más de lo que mostraba.
—Ella ya entiende —dijo, con voz firme.
Clara se marchó, con lágrimas en los ojos. Valeria la observó desaparecer en la oscuridad, consciente de que había dado otro paso hacia el abismo. Había elegido a Damián sobre todo lo demás.
Dentro del departamento, Damián la tomó del rostro con ambas manos y la besó con intensidad.
—Ahora eres solo mía —susurró—. Y nadie podrá cambiarlo.
Valeria cerró los ojos, entregándose por completo. Sabía que el conflicto apenas comenzaba, que el mundo no se quedaría callado. Pero en ese instante, lo único que importaba era él.