El silencio se quebró con un rugido metálico: el cazador dejó caer su rifle y desenfundó dos cuchillas largas, negras como la noche. El brillo de las hojas reflejaba la luz tenue, y cada movimiento suyo parecía calculado para infundir terror.
Valeria apretó la barra metálica, sus manos temblando, pero sus ojos ardiendo con determinación. Sabía que no podía huir más. El techo aún descendía lentamente, el pozo abierto bajo sus pies, y Clara apenas lograba mantener a los pacientes a salvo. No había escapatoria: el enfrentamiento era inevitable.
El cazador avanzó con calma, girando una de las cuchillas en su mano.
—Has demostrado valor —dijo con voz grave—. Pero el valor no detiene la muerte.
Valeria dio un paso al frente, interponiéndose entre él y Damián.
—Si quieres alcanzarlo, tendrás que pasar por mí.
El cazador sonrió bajo la máscara.
—Eso planeo.
El primer ataque fue brutal: una estocada rápida que buscaba su pecho. Valeria levantó la barra metálica y bloqueó el golpe, el choque resonó como un trueno en el pasillo. El impacto la hizo retroceder, pero no cayó. Con un grito de rabia, contraatacó, golpeando hacia la cabeza del cazador. Él esquivó con facilidad, moviéndose como una sombra.
El combate se convirtió en un baile mortal: cuchillas contra barra, cada golpe un estruendo, cada movimiento un riesgo. Valeria sentía que sus brazos ardían, pero no cedía. Cada vez que el cazador intentaba avanzar hacia Damián, ella se interponía, desviando los ataques con una ferocidad que nunca había imaginado tener.
Clara gritaba desde el fondo, intentando arrastrar a los pacientes hacia un rincón seguro.
—¡Valeria, aguanta! ¡No lo dejes pasar!
El cazador lanzó una patada que la derribó contra la pared. El golpe le arrancó el aire de los pulmones, pero antes de que pudiera recuperarse, él levantó la cuchilla para rematarla. En ese instante, Damián disparó desde el suelo. La bala rozó el hombro del cazador, haciéndolo retroceder apenas un paso.
Valeria aprovechó la distracción. Con un grito, se lanzó hacia adelante y golpeó con la barra metálica contra la máscara del cazador. El impacto resonó, y por primera vez, él tambaleó. La máscara se agrietó, revelando un ojo lleno de furia.
—¡Interesante! —rugió el cazador, con voz distorsionada—. ¡Ahora sí vale la pena matarte!
El combate se intensificó. El cazador atacaba con una velocidad inhumana, sus cuchillas cortando el aire como relámpagos. Valeria apenas podía bloquear, cada golpe la acercaba más al límite. El suspenso era insoportable: cada segundo podía ser el último.
Finalmente, el cazador la empujó contra el borde del pozo abierto. Valeria sintió el vacío bajo sus pies, el aire húmedo subiendo desde abajo. El cazador levantó la cuchilla, listo para el golpe final.
Pero Valeria, con un instinto feroz, giró la barra metálica y la incrustó en el mecanismo del techo que descendía. El metal crujió, y la losa se detuvo de golpe, liberando una lluvia de escombros que cayó sobre el cazador.
El enemigo retrocedió, cubriéndose, y Valeria aprovechó para empujarlo con todas sus fuerzas hacia el borde del pozo. El cazador tambaleó, pero logró aferrarse a una cadena, colgando sobre el vacío. Su mirada ardía de odio.
—Esto no termina aquí —gruñó, con voz metálica—. Te encontraré, Valeria. Y cuando lo haga… no habrá cadenas que me detengan.
Con un movimiento ágil, desapareció en la oscuridad del pozo, dejando tras de sí un silencio pesado.
Valeria cayó de rodillas, jadeando, con las manos ensangrentadas. Damián la miraba con ojos ardientes, consciente de que el cazador no había sido derrotado… solo había escapado.
Clara se acercó, temblando.
—¿Qué vamos a hacer ahora?
Valeria levantó la mirada, aún con el corazón desbocado.
—Prepararnos. Porque la próxima vez… él vendrá por todos nosotros.
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El silencio tras la caída del cazador en el pozo era engañoso. El eco de la batalla aún vibraba en las paredes, y cada respiración parecía demasiado fuerte en medio de la quietud. Valeria se dejó caer de rodillas, con las manos ensangrentadas y el cuerpo temblando. Clara se acercó de inmediato, intentando sostenerla, mientras Damián se apoyaba contra la pared, jadeando, con la herida en su pierna sangrando de nuevo.
—Tenemos que movernos —dijo Clara, con voz firme, aunque el miedo se notaba en sus ojos—. Este lugar no es seguro.
Valeria asintió, pero sus pensamientos estaban atrapados en la mirada del cazador antes de desaparecer en la oscuridad. Esa promesa de volver, esa certeza de que no habían ganado nada, solo tiempo.
Se refugiaron en una sala lateral, más amplia y menos dañada por la batalla. El olor a humedad impregnaba el aire, y las paredes descascaradas parecían guardar secretos de antiguos enfrentamientos. Clara improvisó un espacio para los pacientes, extendiendo mantas raídas sobre el suelo. Sus manos temblaban, pero se movían con rapidez, como si la rutina pudiera darle algo de control sobre el caos.
Valeria se acercó a Damián, que intentaba vendarse la pierna con torpeza.
—Déjame ayudarte —dijo, tomando el vendaje.
Sus manos trabajaban con precisión, pero su mirada estaba fija en él. Cada vez que apretaba la venda, sentía el peso de la decisión que había tomado: enfrentarse al cazador, arriesgarlo todo.
—No debiste interponerte —murmuró Damián, con voz grave.
—Si no lo hacía, ya estarías muerto —respondió Valeria, sin apartar la mirada.
El silencio entre ellos fue pesado, cargado de emociones que ninguno se atrevía a nombrar. Clara los observaba desde el rincón, consciente de que la tensión no era solo externa, sino también interna.
De pronto, un ruido lejano resonó en el pasillo. No eran pasos, ni disparos. Era un goteo constante, como agua cayendo desde el techo. Valeria se tensó, levantando la mirada.
—¿Lo escuchan?
Clara asintió, con el rostro endurecido.
—El cazador no está muerto. Ese pozo… puede ser otra salida.
El miedo volvió a apoderarse de la sala. Aunque habían ganado un respiro, la amenaza seguía presente, invisible, como un fantasma que los rodeaba.
Valeria se levantó, apretando la barra metálica.
—No podemos quedarnos quietos. Si él regresa, tenemos que estar listos.
Damián la miró con ojos ardientes, a pesar del dolor.
—No regresará enseguida. Le gusta jugar. Nos dará tiempo… pero solo para que el miedo nos consuma.
Clara cerró los ojos, intentando contener el temblor en sus manos.
—Entonces debemos usar ese tiempo. Reorganizarnos, curar heridas, pensar en una salida.
El grupo se acomodó en la sala, cada uno lidiando con su propio tormento. Los pacientes dormían inquietos, murmurando entre sueños. Clara los vigilaba, mientras Valeria se mantenía alerta, con la barra metálica siempre cerca. Damián, debilitado, cerró los ojos por un instante, pero su respiración agitada revelaba que el descanso era imposible.
El silencio era un enemigo más. Cada crujido de las paredes, cada goteo del techo, cada sombra que se movía con el viento, se convertía en una amenaza latente. Valeria sentía que el cazador estaba allí, observándolos desde la oscuridad, esperando el momento exacto para volver.
Finalmente, Clara rompió el silencio.
—Valeria… ¿qué harás cuando regrese?
Valeria apretó la barra metálica, sus ojos ardiendo.
—Lo enfrentaré. No importa cuántas veces vuelva. No importa lo que me cueste.
El suspenso se volvió insoportable. Aunque habían encontrado un respiro, todos sabían que era apenas una pausa en la tormenta. El cazador no había sido derrotado, solo contenido. Y su regreso sería inevitable.