El ataque había sido brutal. Los enemigos no se detuvieron en amenazas: llegaron armados, decididos a acabar con Damián y a arrastrar a Valeria como símbolo de su victoria. La noche se convirtió en un campo de batalla improvisado.
Damián peleaba con furia, pero la superioridad numérica era evidente. Un golpe certero lo derribó contra el suelo, y un cuchillo se hundió en su pierna. La sangre brotó de inmediato, tiñendo el pavimento. Valeria gritó, corriendo hacia él, pero otro atacante la interceptó. Con un instinto que jamás pensó tener, levantó una barra metálica y lo golpeó en el brazo, liberándose.
El caos era absoluto. Clara, que había llegado para ayudarla, intentaba arrastrar a un paciente que había quedado atrapado en medio del enfrentamiento. Los gritos, el olor a sangre y el rugido de la moto de Damián llenaban el aire.
Valeria cayó de rodillas junto a él. La herida era profunda, y la sangre no dejaba de fluir. Su vocación de enfermera se activó de inmediato.
—¡No te muevas! —ordenó, con voz firme, mientras arrancaba tela de su propia ropa para improvisar un torniquete.
Damián la miró, con el rostro pálido pero los ojos aún ardientes.
—No importa… —susurró—. Lo único que importa es que estás conmigo.
Valeria lo ignoró. Sus manos trabajaban rápido, presionando la herida, deteniendo la hemorragia. Cada movimiento era una batalla contra el tiempo.
—¡Sí importa! —gritó, con lágrimas en los ojos—. Si mueres, todo esto no habrá tenido sentido.
Los atacantes retrocedieron finalmente, arrastrando a sus heridos. El silencio volvió lentamente, roto solo por la respiración agitada de ambos. Clara se acercó, con el brazo aún vendado, y ayudó a Valeria a estabilizarlo.
—Necesitamos llevarlo al hospital —dijo Clara, con voz firme.
—No podemos —respondió Damián, con dificultad—. Si me llevan ahí, ellos vendrán por mí.
Valeria lo miró, con el corazón golpeándole el pecho.
—Entonces lo haré aquí —dijo, con determinación.
Con manos temblorosas pero seguras, limpió la herida, aplicó presión y suturó improvisadamente con el material que tenía a mano. Cada puntada era un acto de resistencia, cada movimiento un recordatorio de quién era: una enfermera, alguien que salvaba vidas, incluso la de un hombre que la arrastraba a un mundo oscuro.
Damián la observaba en silencio, con los ojos fijos en ella.
—Nunca pensé… que alguien pudiera cuidarme así —susurró.
Valeria tembló, atrapada entre el miedo y el deseo. Había intentado huir, había intentado escapar, pero ahora estaba allí, salvando su vida. Y lo peor era que, en lo más profundo de su ser, sabía que ese acto la unía más a él que cualquier beso o caricia.
Clara la miró, con lágrimas en los ojos.
—Valeria… —dijo, con voz quebrada—. Estás eligiendo salvarlo. Pero recuerda: salvarlo no significa quedarte atrapada en su mundo.
El silencio se volvió insoportable. Valeria entendió que el vínculo con Damián se había fortalecido en medio de la sangre, pero también que cada puntada que cerraba su herida era una cadena más que la ataba a él.
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La noche estaba en silencio, pero dentro de Valeria todo era ruido. El ataque reciente había dejado cicatrices visibles: Damián herido, Clara con el brazo vendado, pacientes aterrados. Y sin embargo, lo que más pesaba eran las cicatrices invisibles, las que se abrían en su corazón cada vez que pensaba en él.
Sentada en su departamento, con el uniforme de enfermera aún manchado de sangre, Valeria miraba sus manos. Esas manos habían salvado vidas, habían detenido hemorragias, habían suturado heridas. Eran manos hechas para sanar, no para sostener armas ni para limpiar la sangre de un hombre marcado por la mafia.
Pero esas mismas manos habían temblado al tocar la piel de Damián, habían sentido el calor de su respiración, habían buscado su rostro en medio del caos. Y ahí estaba el dilema: lo correcto era alejarse, salvarse, protegerse. Lo que sentía, en cambio, la arrastraba hacia él como un imán imposible de resistir.
Clara, desde el hospital, le había dicho con voz firme:
—Valeria, tú sabes lo que significa cuidar vidas. No puedes justificar la violencia con amor.
Las palabras resonaban como un eco imposible de apagar. Valeria cerró los ojos, intentando imaginar una vida sin Damián. Una vida tranquila, dedicada a sus pacientes, a salvar vidas en lugar de arriesgarlas. Pero cada vez que lo hacía, la imagen de él aparecía, con sus tatuajes oscuros y su mirada ardiente, recordándole que ya estaba marcada.
Damián, aún herido, la observaba desde el sofá.
—No tienes que pensar tanto —dijo, con voz grave—. Solo tienes que estar conmigo.
Valeria lo miró, con lágrimas contenidas.
—¿Y qué pasa con lo que es correcto? ¿Qué pasa con mi vida, con mi vocación?
El silencio fue insoportable. Damián se levantó lentamente, con dificultad, y se acercó a ella.
—Lo correcto no te salvará de ellos —susurró—. Solo yo puedo hacerlo.
Valeria tembló. Sabía que sus palabras eran una cadena más, una prisión disfrazada de protección. Pero también sabía que había verdad en ellas: los enemigos no se detendrían, y ella ya estaba marcada.
La batalla interior se intensificó. Por un lado, la enfermera que había jurado salvar vidas, que sabía que debía alejarse de la violencia. Por otro, la mujer que sentía que su corazón latía más fuerte cada vez que él estaba cerca.
Finalmente, Valeria se levantó y caminó hacia la ventana. La ciudad estaba oscura, la lluvia caía con fuerza, y cada sombra parecía observarla. Respiró hondo, intentando reunir fuerzas.
—No sé qué elegir —dijo, con voz quebrada—. No sé si debo seguir lo correcto o seguir lo que siento.
Damián se acercó, la tomó del rostro con ambas manos y la obligó a mirarlo.
—No tienes que elegir —susurró—. Ya estás conmigo.
Valeria cerró los ojos, atrapada entre el miedo y el deseo. La batalla interior no había terminado. Apenas comenzaba.