EL SECRETO EN LA PIEL

1232 Words
Valeria despertó con la sensación de que alguien la observaba. El departamento estaba en silencio, apenas iluminado por la luz gris que entraba por la ventana. Se incorporó lentamente, intentando convencerse de que todo había sido un sueño. Pero el recuerdo de Damián en su sala, fumando con calma mientras la miraba como si pudiera leerla por dentro, seguía tan vivo que parecía haber ocurrido apenas segundos atrás. Durante todo el día, no pudo concentrarse en nada. En clase, las palabras de los profesores se deshacían en su mente como humo. En su cuaderno, en lugar de apuntes, aparecían garabatos que terminaban formando líneas oscuras, tatuajes improvisados que le recordaban a los de él. Era como si su presencia se hubiera impregnado en su piel. Al caer la tarde, decidió caminar por la ciudad para despejarse. Las calles estaban llenas de gente, pero Valeria sentía que cada rostro era irrelevante, que todos se desvanecían frente a la posibilidad de verlo otra vez. Y lo vio. Damián estaba en la esquina de una librería cerrada, apoyado contra la pared, con la chaqueta abierta y los tatuajes brillando bajo la luz de un farol. No parecía sorprendido de verla. —Sabía que vendrías —dijo, como si todo estuviera escrito de antemano. Valeria se detuvo, el corazón golpeándole el pecho. —¿Me sigues? —preguntó, con un tono que intentaba sonar firme. Él se acercó lentamente, con esa seguridad que la desarmaba. —No necesito seguirte. Tú siempre terminas donde yo estoy. La frase la estremeció. Quiso responder, pero Damián levantó la manga de su chaqueta y dejó al descubierto uno de sus tatuajes: una serpiente enroscada alrededor de un corazón. La tinta parecía moverse bajo la piel, como si estuviera viva. —Cada marca tiene un significado —dijo él, con voz grave—. Este es el más importante. Valeria lo miró fascinada, incapaz de apartar la vista. —¿Qué significa? Damián se inclinó hacia ella, tan cerca que pudo sentir el calor de su respiración. —Significa que el amor puede ser veneno. El silencio que siguió fue más intenso que cualquier palabra. Valeria sintió que debía huir, pero sus piernas no respondieron. Había algo en esa confesión que la atrapaba, como si cada tatuaje fuera una historia que quería descubrir, aunque supiera que podía destruirla. Caminaron juntos por la avenida, sin rumbo. Damián hablaba poco, pero cada frase era un golpe directo. Le contó que había vivido cosas que ella no podría imaginar, que cada cicatriz en su cuerpo era un recuerdo de una batalla perdida o ganada. Valeria escuchaba con atención, atrapada por la crudeza de sus palabras. —No soy un hombre bueno —dijo de repente, deteniéndose frente a un mural desgastado. —Entonces ¿por qué me salvaste? —preguntó ella, con voz temblorosa. —Porque incluso los hombres malos necesitan algo que los mantenga vivos. Valeria sintió un escalofrío recorrerle la espalda. No era una declaración romántica, era una confesión peligrosa. Y sin embargo, cada parte de su cuerpo le gritaba que quería seguir escuchando, que quería hundirse más en ese abismo. Cuando llegaron a su edificio, Damián no pidió entrar. Simplemente la miró, con esa intensidad que parecía atravesarla. —No intentes entenderme todavía —dijo—. Solo recuerda que ya eres parte de esto. Valeria lo observó mientras se alejaba, montando su moto y perdiéndose en la oscuridad. El rugido del motor quedó grabado en su mente como una advertencia. Cerró la puerta de su departamento con manos temblorosas, consciente de que algo había cambiado para siempre. Se dejó caer en la cama, incapaz de dormir. Cada vez que cerraba los ojos, veía la serpiente tatuada en su piel, escuchaba la voz grave que le decía que el amor podía ser veneno. Y lo peor era que, en lo más profundo de su ser, sabía que ya estaba dispuesta a probarlo. Valeria había intentado convencerse de que todo lo que sentía era una ilusión, un juego de atracción peligroso que terminaría pronto. Pero cada día que pasaba, Damián se volvía más real, más presente, más inevitable. Su sombra parecía seguirla incluso cuando no estaba cerca. Esa noche, mientras regresaba de la universidad, decidió tomar un camino distinto. No quería encontrarse con él, no quería que la descubriera tan vulnerable. Sin embargo, el destino parecía burlarse de ella. Al doblar una esquina, lo vio. Damián estaba allí, apoyado contra su moto, con la chaqueta abierta y los tatuajes brillando bajo la luz de un farol. —Valeria —dijo, como si su nombre fuera una orden. Ella respiró hondo, intentando mantener la calma. —¿Por qué siempre apareces? Él sonrió apenas, esa sonrisa oscura que parecía esconder más de lo que mostraba. —Porque no puedes escapar de mí. Valeria quiso responder, pero algo llamó su atención. En el bolsillo de la chaqueta de Damián, asomaba un sobre arrugado. Cuando él se inclinó para encender un cigarrillo, el sobre cayó al suelo. Ella lo recogió antes de que pudiera detenerla. El papel estaba manchado, como si hubiera sido mojado por la lluvia. En la parte superior, un sello policial. Valeria sintió un escalofrío recorrerle la espalda. —¿Qué es esto? —preguntó, con voz temblorosa. Damián se tensó, arrebatándole el sobre de las manos. —No es asunto tuyo. Pero Valeria había alcanzado a leer una palabra antes de que él lo guardara: Homicidio. El silencio que siguió fue insoportable. Ella lo miró, con el corazón golpeándole el pecho. —¿Qué significa? —insistió. Damián la observó fijamente, como si estuviera decidiendo si debía decirle la verdad o dejarla en la oscuridad. Finalmente, habló. —Significa que mi pasado no es limpio. Valeria retrocedió un paso, pero no pudo apartar la mirada. Había algo en él que la atrapaba, incluso cuando todo le gritaba que debía huir. —¿Estás diciendo que…? —Estoy diciendo que no soy el hombre que crees —interrumpió él, con voz grave—. Hay cosas que hice, cosas que no puedes entender. El aire se volvió pesado. Valeria sintió que debía correr, pero sus piernas no respondían. En cambio, se acercó más, como si el peligro fuera un imán irresistible. —Entonces dime —susurró—. ¿Qué hiciste? Damián apagó el cigarrillo con fuerza, como si quisiera borrar algo más que la brasa. —No ahora. No aquí. Pero si decides quedarte, tendrás que aceptar que mi mundo no es seguro. Valeria lo miró, atrapada entre el miedo y el deseo. Sabía que estaba entrando en un juego peligroso, un juego donde cada secreto podía ser una bomba a punto de estallar. Y sin embargo, no lo detuvo. Cuando él se alejó en su moto, el rugido del motor quedó grabado en su mente como una advertencia. Cerró la puerta de su departamento con manos temblorosas, consciente de que había visto la primera grieta en la máscara de Damián. El sobre policial, la palabra homicidio, la confesión velada… todo era demasiado. Se dejó caer en la cama, incapaz de dormir. Cada vez que cerraba los ojos, veía el sobre arrugado, escuchaba la voz grave que le decía que su mundo no era seguro. Y lo peor era que, en lo más profundo de su ser, sabía que ya estaba dispuesta a entrar en ese mundo, aunque la consumiera.
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