Valeria no había podido dormir desde aquella noche. Cada vez que cerraba los ojos, la imagen de Damián aparecía como una sombra tatuada en su mente. Su mirada, su voz, la forma en que se interpuso entre ella y el peligro… todo se repetía como un eco que no la dejaba en paz. Caminaba por los pasillos de la universidad con aparente calma, pero por dentro sentía que algo había cambiado. Era como si el mundo se hubiera vuelto más oscuro y, al mismo tiempo, más fascinante.
Dos días después, al salir tarde de clases, lo vio. Estaba apoyado contra una moto negra, fumando bajo la luz mortecina de un poste. No parecía casualidad. No era un encuentro fortuito. Era como si la hubiera estado esperando. Valeria se detuvo, el corazón golpeándole el pecho con fuerza.
—Valeria —dijo él, sin moverse, con esa voz grave que parecía atravesarla.
Ella tragó saliva.
—¿Cómo sabes que estudio aquí?
Damián sonrió apenas, una sonrisa que no era amable, sino peligrosa.
—No es difícil seguir a alguien cuando no quiere ser seguido.
La frase la heló, pero al mismo tiempo la hizo sentir extrañamente protegida. Como si él ya hubiera decidido vigilarla, como si su presencia fuera inevitable.
Terminaron en un café pequeño, con luces tenues y música suave. Valeria intentaba mantener la calma, pero cada gesto de Damián la desarmaba. Sus tatuajes asomaban bajo la chaqueta, líneas negras que parecían contar historias de violencia y redención. Él la miraba sin pestañear, como si quisiera grabar cada detalle de su rostro.
—¿Por qué me ayudaste aquella noche? —preguntó ella, rompiendo el silencio.
—Porque no soporto ver a tres cobardes contra una sola persona —respondió él, bebiendo su café sin apartar la mirada—. Y porque había algo en ti que me hizo quedarme.
Valeria sintió un escalofrío. No era una declaración romántica, era una confesión peligrosa. Había algo en sus palabras que sonaba más a advertencia que a halago.
El café se llenó de silencios. Cada vez que sus miradas se cruzaban, Valeria sentía que estaba cayendo en un abismo. Damián no hablaba mucho, pero cada palabra era un golpe directo.
—No deberías confiar en mí —dijo de repente.
—¿Por qué? —preguntó ella, con un hilo de voz.
—Porque no soy el tipo de hombre que tu familia querría cerca.
Ella lo miró fijamente, con una mezcla de desafío y curiosidad.
—Tal vez no me importa lo que mi familia quiera.
Damián sonrió, una sonrisa oscura, peligrosa, que parecía esconder más de lo que mostraba.
—Entonces estás más cerca de mí de lo que imaginas.
Cuando salieron del café, la noche estaba más fría. Damián la acompañó hasta la parada del bus. El silencio entre ellos era tan intenso que parecía gritar. Antes de que llegara, él se inclinó hacia ella, tan cerca que pudo sentir el calor de su respiración.
—No me busques —susurró—. Yo te encontraré.
Valeria quiso preguntar qué significaba, pero el rugido de la moto ahogó sus palabras. Lo vio desaparecer en la oscuridad, dejando tras de sí un vacío que se llenaba solo con deseo y miedo. Caminó hacia su casa con la sensación de que algo había comenzado, algo que no podía detener. Y aunque sabía que debía alejarse, cada parte de su cuerpo le gritaba lo contrario: quería volver a verlo, quería hundirse más en ese peligro.
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Valeria intentó convencerse de que todo había sido una coincidencia, que Damián no podía estar siguiéndola. Pero cada vez que pensaba en su mirada, en la forma en que había pronunciado su nombre como si lo hubiera grabado en fuego, la certeza se imponía: él estaba cerca, demasiado cerca.
Esa noche, mientras caminaba hacia su departamento, sintió de nuevo esa presencia invisible. No eran pasos, no era un ruido concreto, era la sensación de que alguien la observaba desde la oscuridad. Se giró varias veces, pero la calle estaba vacía. El miedo se mezclaba con una excitación que no quería admitir.
Al llegar al edificio, lo encontró. Damián estaba sentado en las escaleras, con la chaqueta abierta y los tatuajes brillando bajo la luz amarillenta del farol. No parecía un intruso, parecía alguien que pertenecía allí, como si la ciudad misma lo hubiera colocado en su camino.
—Te dije que no me buscaras —dijo él, levantando la mirada.
—No lo hice —respondió ella, con voz temblorosa.
—Entonces fue más fácil encontrarte.
Valeria sintió un nudo en el estómago. Quiso preguntarle qué quería de ella, pero las palabras se ahogaron en su garganta. Damián se levantó, caminó hacia ella con pasos lentos, seguros, y se detuvo a pocos centímetros.
—No deberías dejar la puerta abierta tanto tiempo —susurró, señalando el acceso al edificio.
—¿Cómo sabes…? —empezó ella, pero se detuvo.
Él sonrió, esa sonrisa oscura que parecía esconder secretos.
—Porque te observo más de lo que imaginas.
Valeria retrocedió un paso, pero no pudo apartar la mirada. Había algo en él que la atrapaba, como si cada palabra fuera una cadena invisible.
—¿Qué quieres de mí? —preguntó finalmente, con un hilo de voz.
Damián se inclinó, tan cerca que pudo sentir el calor de su respiración.
—Quiero que entiendas que no puedes escapar de lo que ya empezó.
El silencio se volvió insoportable. Valeria sintió que debía huir, pero sus piernas no respondían. En cambio, lo dejó entrar. Subieron juntos al departamento, y cada paso en el pasillo se convirtió en un eco de peligro.
Dentro, Damián recorrió el lugar con la mirada, como si estuviera evaluando cada rincón.
—Pequeño, pero seguro —dijo, con tono neutro.
—No deberías estar aquí —replicó ella, aunque su voz carecía de fuerza.
Él se acercó, la tomó del brazo con firmeza, sin violencia, pero con un dominio que la hizo estremecer.
—No deberías invitarme si no quieres que me quede.
Valeria lo miró, atrapada entre el miedo y el deseo. Sabía que estaba entrando en un juego peligroso, un juego de sombras donde cada movimiento podía ser el inicio de algo irreversible. Y sin embargo, no lo detuvo.
Damián encendió otro cigarrillo, se apoyó en la ventana y la observó como si fuera un secreto que debía descifrar.
—No entiendes todavía —dijo—. Pero lo harás.
Valeria sintió que su vida había cambiado para siempre. El peligro estaba dentro de su casa, y lo peor era que lo había dejado entrar por voluntad propia.