El silencio era engañoso. Cada respiración parecía un estruendo en medio de la quietud, y Valeria sintió que las paredes mismas contenían un secreto que estaba a punto de revelarse. Clara intentaba tranquilizar a los pacientes, pero sus ojos no dejaban de recorrer el lugar, como si esperara que algo surgiera de las sombras.
De pronto, un crujido metálico resonó en el techo. Valeria levantó la mirada y vio cómo el polvo caía lentamente desde las vigas oxidadas. No eran pasos en el pasillo: alguien se movía arriba, acechando desde lo alto.
—No se han ido —murmuró Damián, con la voz áspera, apretando el arma contra su pecho.
Un golpe seco retumbó en la puerta trasera. Luego otro, más fuerte. Clara se tensó.
—Nos están cercando otra vez… pero esta vez no quieren entrar de frente.
Valeria sintió un escalofrío recorrerle la espalda. El humo se había disipado, pero la oscuridad era aún más densa. Cada sombra parecía moverse, cada rincón era un posible escondite.
De repente, un chillido agudo atravesó el aire: el sonido de metal raspando contra concreto. La puerta lateral se abrió apenas unos centímetros, lo suficiente para que una mano enguantada se asomara y dejara caer un objeto cilíndrico.
—¡Granada! —gritó Damián, intentando levantarse.
El artefacto rodó por el suelo, emitiendo un pitido creciente. Valeria reaccionó instintivamente: lo tomó con ambas manos y lo lanzó hacia el pasillo antes de que explotara. El estruendo sacudió el edificio, rompiendo ventanas y lanzando una nube de polvo que los cegó por completo.
Cuando el eco se apagó, un nuevo sonido emergió: el chirrido de radios, voces distorsionadas, órdenes transmitidas en clave. Los enemigos no se habían retirado… se estaban reorganizando.
Clara miró a Valeria con desesperación.
—Esto no es un ataque cualquiera. Nos están cazando.
Damián, tambaleante, levantó la mirada hacia la oscuridad del pasillo.
—Y el verdadero golpe aún no ha llegado.
>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>
El polvo aún flotaba en el aire cuando un nuevo estruendo sacudió el edificio. No era una explosión, sino el sonido de cadenas deslizándose desde el techo. Valeria levantó la vista y vio cómo varias figuras descendían por las vigas oxidadas, como sombras que caían del cielo.
—¡Arriba! —gritó Clara, empujando a los pacientes hacia un rincón.
Los atacantes no venían solos: uno de ellos lanzó bengalas rojas que iluminaron la sala con un resplandor infernal. La luz reveló cada rincón, cada escondite, y convirtió el refugio en un escenario abierto.
Damián apretó el arma, pero sus manos temblaban. Aun así disparó, derribando a uno de los hombres que descendía. El resto respondió con ráfagas que hicieron vibrar las paredes. El eco era ensordecedor, como si el edificio entero se quebrara bajo el fuego.
Valeria corrió hacia una mesa volcada y la empujó contra la entrada lateral, improvisando una barricada. El golpe resonó, pero apenas sirvió para retrasar a los enemigos. Uno de ellos lanzó un gancho que se incrustó en la madera y comenzó a arrastrarla hacia afuera.
—¡Nos quieren sacar de aquí! —gritó Clara, con el rostro pálido.
El líder enemigo apareció de nuevo, esta vez desde el pasillo oscuro. Su voz retumbó como un trueno:
—No hay escondite que los salve. Esta vez, ninguno saldrá vivo.
El corazón de Valeria latía con fuerza. Sintió que el aire se volvía más pesado, que cada segundo era un filo sobre su garganta. Miró a Damián, que apenas podía mantenerse en pie, y comprendió que la batalla no era solo por sobrevivir: era por decidir hasta dónde estaba dispuesta a llegar.
El líder levantó la mano y, con un gesto, ordenó el ataque final. Los hombres avanzaron como una marea oscura, y el edificio se convirtió en un campo de guerra cerrado. El suspenso era insoportable: cada esquina podía ser la última, cada disparo el definitivo.
Valeria apretó la barra metálica, sus ojos ardiendo.
—Si quieren guerra… la tendrán.
>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>
El líder enemigo avanzaba con paso firme, sus hombres rodeando la sala como lobos hambrientos. Valeria apretaba la barra metálica, lista para resistir, cuando un estruendo distinto sacudió el edificio: un disparo seco, proveniente de la oscuridad del pasillo.
El proyectil no fue contra ellos… sino contra uno de los atacantes. El hombre cayó de inmediato, y la confusión se apoderó del grupo enemigo.
—¿Qué…? —murmuró Clara, incrédula.
De las sombras emergió una figura encapuchada, armada con un rifle de precisión. Sus movimientos eran calculados, letales. En cuestión de segundos, otros dos atacantes fueron abatidos. El líder retrocedió, sorprendido, mientras gritaba órdenes desesperadas.
Valeria sintió el corazón acelerarse. No era un aliado conocido, no era alguien de su grupo. Pero estaba claro: esa persona no había venido a salvarlos… había venido a cazar a los mismos hombres que los perseguían.
Damián, con la voz quebrada por el dolor, murmuró:
—Ese no es uno de los nuestros… es alguien más. Y si está aquí, significa que la guerra es más grande de lo que pensamos.
El encapuchado giró la mirada hacia ellos por un instante. Sus ojos brillaron bajo la luz roja de las bengalas, y Valeria sintió un escalofrío: no había compasión en esa mirada, solo cálculo.
El líder enemigo gritó con furia:
—¡Traidor! ¡Mátenlo!
La sala se convirtió en un caos aún mayor: disparos cruzados, enemigos confundidos, y esa figura misteriosa moviéndose con precisión quirúrgica. Valeria comprendió que estaban atrapados en medio de dos fuerzas, y que la aparición de ese extraño podía ser tanto su salvación… como su condena.