EL CAZADOR EN LAS SOMBRAS

1310 Words
El humo aún no se disipaba del todo cuando la figura encapuchada avanzó con calma entre los cuerpos caídos. Sus movimientos eran precisos, casi elegantes, como si cada paso estuviera calculado. No disparaba a todos: elegía a sus blancos con cuidado, derribando a los hombres del líder enemigo uno por uno, dejando claro que no estaba allí para salvar a Valeria, Damián o Clara. El líder enemigo retrocedió, furioso, gritando órdenes desesperadas. —¡Mátenlo! ¡No dejen que se acerque! Pero el encapuchado parecía anticipar cada movimiento. Se deslizaba entre las sombras, disparaba con exactitud quirúrgica y desaparecía antes de que pudieran responder. La sala se convirtió en un infierno de disparos cruzados, donde nadie sabía quién era realmente el objetivo. Valeria, con el corazón desbocado, se cubrió detrás de un muro derrumbado. Miró a Damián, que apenas podía sostenerse, y comprendió que estaban atrapados entre dos fuerzas: los hombres del líder y ese extraño que cazaba a todos sin distinción. —No es un aliado —susurró Clara, con los ojos llenos de miedo—. Es un depredador. El encapuchado finalmente se detuvo en medio de la sala. La luz de las bengalas reveló su rostro parcialmente: una máscara metálica cubría la mitad, y en la otra se veía una cicatriz profunda que atravesaba su mejilla. Su voz resonó grave, distorsionada por un modulador. —Damián… —dijo lentamente—. Al fin te encuentro. El silencio se volvió insoportable. El líder enemigo miró al encapuchado con desconcierto. —¿Lo conoces? —preguntó, incrédulo. Damián apretó los dientes, su respiración agitada. —Es peor que ustedes… —murmuró—. Es un cazador. No viene por ustedes. Viene por mí. El encapuchado levantó el rifle y apuntó directamente a Damián. —Tu guerra me ha costado demasiado. Ahora, pagarás con sangre. Los hombres del líder enemigo se detuvieron, confundidos. El cazador no estaba de su lado, ni del de Damián. Era un tercer jugador en la partida, alguien con un propósito personal y letal. Valeria sintió un escalofrío recorrerle la espalda. El enemigo que habían enfrentado hasta ahora era brutal, pero predecible. Este nuevo adversario, en cambio, era un fantasma: calculador, implacable, y con un objetivo claro. De pronto, el cazador lanzó una granada de fragmentación hacia el grupo enemigo. La explosión sacudió la sala, derribando a varios hombres y obligando al líder a retroceder. El caos fue absoluto: gritos, polvo, sangre. En medio de la confusión, el cazador avanzó hacia Damián con paso firme. Valeria reaccionó instintivamente. Se interpuso entre ellos, levantando la barra metálica. —¡No lo tocarás! —gritó, con la voz quebrada por la rabia. El cazador la miró con frialdad. —No eres mi objetivo… pero si te cruzas en mi camino, caerás igual. El líder enemigo, herido pero aún de pie, aprovechó el momento. —¡Dispárenle! ¡Acaben con él! Los pocos hombres que quedaban abrieron fuego contra el cazador, pero él se movía con una velocidad inhumana. Derribó a dos con disparos certeros y se lanzó contra el líder, desarmándolo con un golpe brutal. El líder cayó al suelo, jadeando, mientras el cazador lo ignoraba por completo. Valeria comprendió entonces la magnitud del peligro: el cazador no buscaba poder, ni territorio. Solo quería eliminar a Damián, y nada lo detendría. Clara gritó desesperada: —¡Valeria, muévelo! ¡Sácalo de aquí! Valeria tomó a Damián por el brazo, arrastrándolo hacia un pasillo lateral. El cazador los siguió con la mirada, pero no disparó. Caminaba tras ellos con calma, como un depredador que disfruta de la persecución. —No corran —dijo, con voz grave—. Solo prolongan lo inevitable. El eco de sus pasos resonaba en el pasillo, cada vez más cerca. Valeria sentía que el aire se volvía más pesado, que cada sombra era un filo dispuesto a caer sobre ellos. Damián, con el rostro pálido, murmuró: —Ese hombre… lo conozco. Fue parte de mi pasado. Y ahora, viene a cobrar lo que cree que le debo. Valeria lo miró con desesperación. —¿Quién es? —Un fantasma —respondió él, con voz quebrada—. El cazador que nunca se detiene. El pasillo se estrechaba, y Clara corría delante con los pacientes, buscando una salida. Pero el cazador avanzaba sin prisa, seguro de que el encierro era su aliado. El suspenso era insoportable: cada paso los acercaba más a un enfrentamiento inevitable, uno que no sería como los anteriores. Porque esta vez, no se trataba de sobrevivir a un ataque… sino de enfrentar a un enemigo que conocía a Damián mejor que nadie, y que no descansaría hasta verlo caer. >>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>> El pasillo se estrechaba con cada paso, y el aire se volvía más pesado, cargado de polvo y miedo. Clara avanzaba con los pacientes, buscando desesperadamente una salida, mientras Valeria arrastraba a Damián, que apenas podía mantenerse en pie. Detrás de ellos, el cazador caminaba con calma, sus pasos resonando como un reloj que marcaba la cuenta regresiva hacia lo inevitable. —No corran —su voz metálica retumbó en la oscuridad—. Solo hacen más ruido. Valeria apretó la barra metálica con fuerza, intentando controlar el temblor en sus manos. Cada sombra parecía moverse, cada rincón era un posible escondite para ese enemigo que los acechaba con paciencia. De pronto, un portazo resonó en el piso superior. Clara se detuvo en seco. —¿Escucharon eso? —susurró, con el rostro pálido. El cazador sonrió bajo la máscara. —No están solos. Un ruido metálico recorrió las paredes: cadenas arrastrándose, como si alguien más se moviera en el edificio. Valeria sintió un escalofrío. ¿Había más enemigos? ¿O eran trampas preparadas por el cazador? El grupo llegó a una sala amplia, llena de escombros y muebles rotos. Clara intentó abrir una puerta lateral, pero estaba bloqueada. Damián, con la voz quebrada, murmuró: —Este lugar… lo conozco. Aquí fue donde todo empezó. Valeria lo miró con desesperación. —¿Qué quieres decir? —El cazador… me siguió desde aquí. Este edificio fue su cacería inicial. El cazador apareció en el umbral, su silueta recortada por la luz tenue. No disparó. Solo observaba, como un depredador que disfruta del miedo de su presa. —Cada rincón de este lugar es mío —dijo con calma—. Cada puerta, cada pasillo, cada salida. No hay escape. De repente, el suelo vibró. Una trampa se activó: las cadenas que habían escuchado antes se soltaron desde el techo, arrastrando escombros que bloquearon la salida principal. Clara gritó, intentando proteger a los pacientes, mientras Valeria y Damián quedaban atrapados en el centro de la sala. El cazador avanzó lentamente, levantando su rifle. —No necesito apresurarme. El miedo hace el trabajo por mí. Valeria sintió que el corazón le golpeaba el pecho. El suspenso era insoportable: cada segundo era un filo sobre su garganta, cada respiración un recordatorio de que estaban acorralados. Clara, desesperada, buscó otra salida entre los escombros. —¡Aquí! —gritó, señalando una abertura apenas visible en la pared. Valeria arrastró a Damián hacia allí, mientras el cazador los seguía con la mirada. No disparó. Solo caminaba tras ellos, seguro de que el encierro era su aliado. El pasillo al que entraron era aún más estrecho, con paredes descascaradas y un olor a óxido. El eco de los pasos del cazador los perseguía, constante, inquebrantable. —No corran —repitió su voz, más cerca—. El final siempre los alcanza. Valeria apretó los dientes. Sabía que tarde o temprano tendrían que enfrentarlo. Pero por ahora, lo único que podían hacer era seguir huyendo, atrapados en un laberinto que parecía diseñado para prolongar el suspenso, para desgastar sus fuerzas y quebrar su voluntad. El cazador no necesitaba apresurarse. El edificio entero era su trampa, y ellos, sus presas.
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