SOMBRAS EN LA PUERTA

1061 Words
La revelación de que Damián era hijo de un jefe de la mafia había dejado a Valeria en un estado de confusión absoluta. Cada palabra de Clara resonaba en su mente, pero cada mirada de Damián la atrapaba más. El conflicto ya no era solo interno: el mundo exterior empezaba a moverse, y las sombras se acercaban. Valeria trabajaba como enfermera en un hospital público. Sus turnos eran largos, agotadores, pero también eran el único espacio donde podía sentirse útil, donde podía recordar que su vida tenía un propósito más allá de Damián. Sin embargo, incluso allí, su obsesión la seguía. Cada paciente que atendía, cada herida que curaba, le recordaba las cicatrices de él, los tatuajes que recorrían su piel como mapas de un pasado oscuro. Una noche, mientras terminaba su turno, Clara la esperó en la salida del hospital. —Valeria, no puedes seguir así —dijo, con voz firme—. Tú también eres enfermera, sabes lo que significa cuidar vidas. ¿Cómo puedes entregarte a alguien que solo trae muerte? Valeria bajó la mirada, incapaz de responder. Clara la tomó de las manos con fuerza. —He visto lo que la violencia hace. Tú lo has visto también. No puedes justificarlo. Pero antes de que pudiera contestar, un ruido interrumpió la conversación. Dos hombres se acercaban desde la oscuridad, con pasos firmes y miradas torcidas. No eran desconocidos: Clara los reconoció de inmediato. Eran parte de una banda rival, enemigos del padre de Damián. —Así que tú eres la chica —dijo uno de ellos, con una sonrisa torcida—. La que anda con el hijo del viejo. Valeria sintió que el corazón le golpeaba el pecho. Clara se interpuso, con valentía, aunque sabía que estaba en peligro. —Déjenla en paz —dijo, con voz firme. Los hombres rieron. —No venimos por ti, enfermera. Venimos por ella. Valeria retrocedió, temblando. En ese instante, una moto rugió en la distancia. Damián apareció como una sombra, deteniéndose frente a ellos. Su mirada era fuego, sus tatuajes brillaban bajo la luz mortecina. —Aléjense —dijo, con voz grave. Los hombres vacilaron, pero no retrocedieron. —Tu padre ya no manda como antes —respondió uno—. Y tú no eres más que su hijo. El silencio se volvió insoportable. Valeria observaba la escena con el corazón acelerado. Clara la tomó del brazo, intentando alejarla, pero Damián dio un paso adelante, su presencia imponiéndose como una sombra inevitable. —Ella no se toca —dijo, con firmeza—. Si quieren algo, vengan por mí. Los hombres se miraron entre sí, evaluando la situación. Finalmente, retrocedieron, murmurando amenazas. —Esto no termina aquí —dijo uno, antes de desaparecer en la oscuridad. Valeria temblaba, atrapada entre el miedo y el deseo. Clara la abrazó con fuerza, intentando protegerla, pero Damián la apartó con un gesto. —Ella es mía —dijo, con voz firme—. Y nadie podrá cambiarlo. Valeria lo miró, consciente de que el conflicto había escalado. Ya no era solo una obsesión, ya no era solo un secreto. Ahora había enemigos reales, hombres dispuestos a destruirlos. Y ella, enfermera acostumbrada a salvar vidas, estaba atrapada en un mundo donde la muerte era la moneda de cambio. >>>>>>>>>>>>>>>>>>>>> La tensión había alcanzado un punto insoportable. Valeria sabía que los enemigos de Damián no se quedarían en amenazas. Clara lo había advertido: el mundo criminal no perdona, y tarde o temprano la violencia llegaría hasta ellas. Esa noche, el hospital estaba más silencioso de lo normal. Valeria terminaba su turno como enfermera, agotada pero con la mente llena de pensamientos oscuros. Clara, también enfermera, la acompañaba en la salida. Ambas caminaban por el pasillo iluminado tenuemente, cuando un estruendo rompió la calma. La puerta principal se abrió de golpe. Tres hombres armados irrumpieron en el hospital, con miradas torcidas y pasos firmes. No eran desconocidos: Valeria reconoció a dos de ellos, los mismos que habían amenazado días atrás. —Ahí está —dijo uno, señalándola con el dedo—. La chica del hijo del viejo. El corazón de Valeria se aceleró. Clara se interpuso de inmediato, con valentía, aunque sabía que estaba en peligro. —Esto es un hospital —dijo, con voz firme—. Aquí no tienen derecho a entrar. Los hombres rieron. —No venimos por ti, enfermera. Venimos por ella. Valeria retrocedió, temblando. El pasillo se llenó de gritos, pacientes despertando, médicos corriendo. El caos se desató en segundos. Clara la tomó del brazo, intentando arrastrarla hacia una salida trasera, pero los hombres avanzaban rápido. De pronto, un rugido metálico cortó el aire. La moto de Damián apareció en la entrada, derrapando sobre el suelo pulido. Él bajó de un salto, con la chaqueta abierta y los tatuajes brillando bajo la luz mortecina. Su mirada era fuego. —Aléjense de ella —dijo, con voz grave. Los hombres vacilaron, pero no retrocedieron. —Tu padre ya no manda como antes —respondió uno—. Y tú no eres más que su hijo. Damián avanzó sin miedo. El primero de los atacantes sacó un cuchillo, pero Damián lo desarmó con un movimiento rápido, lanzándolo contra la pared. El segundo intentó golpearlo, pero recibió un puñetazo que lo dejó inconsciente en el suelo. El tercero retrocedió, dudando, pero Damián lo tomó del cuello y lo empujó contra una camilla. El hospital entero se convirtió en un campo de batalla improvisado. Clara gritaba, intentando proteger a los pacientes, mientras Valeria observaba con el corazón en llamas. El hombre que había quedado consciente miró a Damián con odio. —Esto no termina aquí —escupió, antes de huir hacia la salida. El silencio volvió lentamente, roto solo por los gemidos de los heridos. Damián respiraba con fuerza, sus ojos oscuros fijos en Valeria. —¿Ves? —dijo, con voz grave—. Este es mi mundo. Y ahora también es el tuyo. Valeria temblaba, atrapada entre el miedo y el deseo. Clara la tomó del brazo, con lágrimas en los ojos. —Valeria, ¿lo entiendes ahora? Esto no es amor, es guerra. Pero Valeria no respondió. Sus ojos estaban fijos en Damián, en sus tatuajes, en la sangre que manchaba sus manos. Y lo peor era que, en lo más profundo de su ser, sabía que no quería escapar.
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