HERIDAS QUE NO CIERRAN

1026 Words
El hospital aún estaba impregnado del eco del ataque. Las paredes parecían guardar el rugido de la moto de Damián y los gritos de los hombres que habían irrumpido. Valeria no podía borrar de su mente la imagen de los cuerpos cayendo al suelo, la sangre manchando las camillas, el miedo en los ojos de los pacientes. Pero lo peor llegó después. Los enemigos no se habían ido para siempre. Esa misma noche, regresaron. Esta vez no eran tres, sino cinco, armados y decididos. El hospital se convirtió en un campo de batalla. Damián estaba allí, como siempre, dispuesto a enfrentarlos. El primer golpe fue brutal: uno de los atacantes lanzó una botella rota que se estrelló contra Clara, abriéndole una herida profunda en el brazo. Ella cayó al suelo, gritando, mientras la sangre brotaba sin control. —¡Clara! —gritó Valeria, corriendo hacia ella. El caos se desató. Damián peleaba con dos hombres al mismo tiempo, sus movimientos rápidos y violentos, pero los enemigos eran más y estaban mejor preparados. Uno de ellos logró clavarle un cuchillo en el costado. Damián retrocedió, con la sangre empapando su chaqueta, pero no se detuvo. Valeria estaba atrapada entre el miedo y la urgencia. Clara sangraba, Damián estaba herido, y el hospital entero parecía colapsar. Su instinto de enfermera se activó. Con manos temblorosas, arrancó vendas de un carrito de emergencias y presionó la herida de Clara. —Resiste, por favor —susurró, con lágrimas en los ojos. Clara la miró, pálida, pero aún consciente. —Valeria… tienes que salir de esto… no puedes quedarte con él… Las palabras eran un golpe directo, pero Valeria no podía pensar en nada más que en detener la hemorragia. Mientras tanto, Damián, con el cuchillo aún clavado en el costado, derribó a otro de los atacantes con un golpe brutal. El suelo se llenó de sangre y sudor. Finalmente, los hombres retrocedieron, arrastrando a sus heridos. —Esto no termina aquí —gritó uno, antes de desaparecer en la oscuridad. El silencio volvió lentamente, roto solo por los gemidos de los heridos. Valeria corrió hacia Damián, con el corazón en llamas. —¡Estás sangrando! —dijo, intentando detener la hemorragia. Él la miró con esa intensidad que parecía atravesarla. —No importa —respondió, con voz grave—. Lo único que importa es que estás conmigo. Valeria temblaba, atrapada entre el miedo y el deseo. Clara, aún herida, la observaba con lágrimas en los ojos. —Valeria… esto es lo que significa estar con él. Sangre, violencia, muerte. ¿De verdad quieres seguir? El mundo parecía detenerse. Valeria estaba en medio de dos fuerzas opuestas: la devoción oscura de Damián y la voz de la razón de Clara. Y cada segundo que pasaba, las consecuencias se volvían más graves, más irreversibles. >>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>> El hospital aún olía a desinfectante y a miedo. Las paredes parecían guardar el eco de los gritos, el rugido de la moto de Damián y el choque brutal de los atacantes. Clara estaba en reposo, con el brazo vendado tras la herida, y Damián seguía con el costado cubierto por vendas improvisadas. Valeria había sido la que los atendió, con manos temblorosas pero firmes, cumpliendo su deber como enfermera. Sin embargo, mientras presionaba las gasas contra la piel de Damián, una pregunta comenzó a crecer en su interior: ¿qué estaba haciendo? ¿Cómo había llegado hasta allí, curando las heridas de un hombre que arrastraba consigo la violencia del mundo criminal? Damián la observaba en silencio, con esa intensidad que parecía atravesarla. —No tienes que preocuparte —dijo, con voz grave—. Estoy acostumbrado a esto. Valeria lo miró fijamente, con lágrimas contenidas. —Ese es el problema —susurró—. Que estás acostumbrado. El silencio se volvió insoportable. Clara, desde la camilla, la observaba con ojos cansados pero llenos de determinación. —Valeria… —dijo, con voz débil—. Tú sabes lo que significa vivir entre heridas. Has visto lo que la violencia hace. ¿De verdad quieres que tu vida sea esto? Las palabras de Clara fueron un golpe directo. Valeria sintió que el aire se volvía pesado, que cada respiración era una batalla. Miró a Damián, con sus tatuajes oscuros y su mirada ardiente, y por primera vez no sintió solo deseo. Sintió miedo. Esa noche, en su departamento, Valeria no pudo dormir. Cada vez que cerraba los ojos, veía la sangre, los cuerpos cayendo, los enemigos amenazando. Recordaba la frase de Damián: “Este es mi mundo. Y ahora también es el tuyo.” Se levantó y caminó por la sala, con el corazón golpeándole el pecho. Miró sus cuadernos, llenos de garabatos que imitaban los tatuajes de él. Miró su uniforme de enfermera, colgado en la silla, símbolo de una vida dedicada a salvar, no a destruir. Y entonces lo entendió: estaba atrapada entre dos mundos irreconciliables. Cuando Damián apareció de nuevo, con la chaqueta abierta y la herida aún fresca, Valeria lo enfrentó. —No puedo seguir así —dijo, con voz firme. Él la miró, sorprendido. —¿Qué quieres decir? —Quiero decir que cada vez que estás cerca, todo se convierte en caos. Que tu mundo está lleno de sangre, y yo… yo no sé si quiero vivir en ese mundo. Damián se acercó lentamente, con esa seguridad que la desarmaba. —No puedes escapar de mí —susurró—. Ya eres parte de esto. Valeria tembló, atrapada entre el miedo y el deseo. Pero esta vez, sus labios no pronunciaron un sí. Esta vez, el silencio fue resistencia. Clara, aún recuperándose, la llamó al día siguiente. —Valeria, tienes que decidir. O eliges salvar vidas, o eliges perder la tuya en las manos de él. Las palabras resonaron como un eco en su mente. Por primera vez, Valeria empezó a cuestionar no solo la relación, sino a sí misma. ¿Quién era ahora? ¿La enfermera que curaba heridas, o la mujer que se entregaba a un hombre que las provocaba? El conflicto ya no era solo externo. Ahora ardía dentro de ella, como una herida que no cerraba.
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