Capítulo 3

2685 Words
Miré a mi alrededor, intentando ver algo. Nada. Obscuridad Soledad. Negrura. El suelo bajo mis pies se abrió y comencé a caer. Mi respiración se volvió jadeos desesperados. Un grito impactado dejó mi garganta mientras que mi mente intentaba controlar mi creciente pánico. Estaba ardiendo, mi piel se estaba quemando. El dolor sacudió mi cuerpo hasta la médula. El calor inescrutable derretía mis huesos desde mi interior. Ordené a mi mente que reaccionara, a mi boca que parara de gritar. Lo intenté, pero ya no tenía control sobre mí misma. Dolía tanto. Era insoportable. El olor a piel quemada inundó mis sentidos, dándome nauseas. —Por favor, para —supliqué a la oscuridad. —Tú puedes hacerlo parar, Lilith. Ríndete a mí y yo haré el dolor desaparecer. Esa voz. Él estaba aquí. —¡No! Moriré antes de dejar que me tengas. ¡No! —grité y grité y no me detuve. ¿Por qué no podía detenerme? Grité sin parar hasta que mi garganta se volvió ulcerada y mis ojos se llenaron de lágrimas. Gritaría hasta espantar mi dolor, antes de permitir que él me robara el alma. —¡Nunca! —Lilith, ¡Lilith, despierta! La fuerte voz de Miguel alcanzó mis oídos, actuando como bálsamo para las heridas de mi alma y mi piel, y calmando los erráticos latidos de mi apenado corazón. Él estaba llamando mi nombre. Al menos, ya no estaba sola. —¡Lilith, despierta ya! Una pequeña sacudida de mis hombros me trajo de vuelta de mi agobiante pesadilla. Me desperté asustada una vez más, abriendo mis ojos mientras miraba frenéticamente a mi alrededor sin ver nada en lo absoluto. El rostro borroso de Miguel fue lo primero que vi, logrando que una lágrima solitaria se escapara y recorriera por mi mejilla. Se sintió tan real, siempre lo hacía. Todavía podía oler el olor a piel quemada en el aire, sentir el dolor y la agonía. Mi cuerpo comenzó a temblar incontrolablemente. Tenía tanto frío. Miguel tomó una cobija de una silla y me envolvió en ella, pero incluso así, los temblores no se detuvieron ni el frío abandonó mi cuerpo. Me estaba congelando. Ajusté mi visión y miré a mi alrededor para encontrar que estaba en mi habitación en la casa de Elena, acostada en mi cama y envuelta en mi manta. Miguel se tumbó a mi lado, atrapando mi cuerpo entra sus manos y apretando mi espalda contra su pecho. Mi cuerpo se volvió laxo en sus brazos, el calor de su piel me envolvió como suaves plumas, haciendo que los temblores se detuvieran lentamente. Se sentía tan bien estar tan cerca de él. Nadie me ha sostenido en sus brazos en mucho tiempo, y aquellos que, si lo hicieron, jamás se sintieron así de correcto. Como si estos brazos fueran mi hogar. —¿Qué estás haciendo? —pregunté, mi voz sonaba insegura y temblorosa. Me arrepentí por mis palabras inmediatamente, no queriendo que se apartara de mí. —Te estoy pasando mi calor corporal. La temperatura de tu cuerpo está demasiado baja —fue la respuesta de Miguel—. ¿Sobre qué estabas soñando? Cerré mis ojos, tratando de borrar la memoria que aún estaba implantada en mi mente, acechándome. ¡Dios! No quería que él supiera. Temblaba solo de en ese olor que aún permanecía en mí, fijado en olfato. Miguel recorrió su mano por mi antebrazo de modo reconfortante, dejando mi piel erizada mientras que un temblor recorría mi cuerpo. El gesto pensaba ser tranquilizador, pero todo lo que hizo fue distraerme momentáneamente, calentando mi piel aún más. —Dime, Lilith —él ordenó, y el sonido de mi nombre en sus labios me hizo sonreír. Había pasado mucho tiempo desde que alguien me había llamado Lilith. Respiré profundo, intentando embotellar el fuerte aroma de él en mi alma y obligando a mi mente a dejar ir el miedo y enfocarse en el presente. Él no está aquí, no me podía tocar. No había motivo alguno en esconder mis pesadillas. Miguel podía sentir mi aflicción, y también sabía qué podía sentir el miedo que domaba mis adentros y la debilidad que reinaba mi cuerpo. —Es siempre el mismo sueño. Estoy en un desierto, sedienta y débil. Mi piel comienza a arder y el suelo bajo mis pies se desvanece y me lanza hacia las llamas —los brazos de Miguel se tensaron, apretando mi cuerpo más firmemente contra el suyo. Dejé escapar un suspiro contento. Se sentía bien estar junto a él. —Ese olor, mi piel quemándose, a veces puede sentirlo en el aire después de despertar. Y el dolor es tan vívido, tan agonizante. —¿Escuchaste algo en tu sueño? —su voz estaba tensa, cortante. No necesitaba preguntarle a que se refería –o más bien, a quién. —Si, él me habló —susurré, de forma indecisa. El sonido de su voz oscura se coló en mi mente como un eco distante. Una memoria que desearía olvidar, pero que no me abandonaría jamás. Mi cuerpo empezó a temblar nuevamente, el frío amenazando con regresar. —¿Qué te dijo, Lilith? ¿Qué escuchaste? Me di la vuelta, queriendo mirarle a los ojos cuando las palabras dejaran mi boca. Estábamos cara a cara, nuestros labios apenas unos centímetros los unos de los otros. La respiración de Miguel abanicaba mi rostro y sus ojos se abrían paso en los míos. Tan cerca y a la misma vez, tan lejos. —Me dijo que él haría que desapareciera el dolor si me rendía. Si lo dejaba entrar. Una oscuridad cruzó los ojos de Miguel por unos segundos antes de ser rápidamente intercambiada por su usual frialdad. Algo estaba mal. ¿Por qué estaba él aquí después de todo este tiempo, de este dolor y solitud? ¿Por qué estaba él aquí ahora? Miguel me desanudó de sus brazos y se levantó de la cama mientras yo me senté con cuidado en ella. —¿Por qué estás aquí, Miguel? Quiero que me digas la verdad. Por lo menos regálame tu honestidad antes de morir —dije, expresando mis pensamientos y deseando la verdad, pero sin realmente esperarla. —No vas a morir, Lilith. No lo permitiré. La fiereza en su voz alivió mi corazón por unos segundos, recordándome a la mujer que solía a ser. A lo que antes significaba para él. No pensé que aún le importara a Miguel. No después de lo que hice. —Lucharle cada día me está matando lentamente, Miguel. No voy a sobrevivir —le dije calmadamente. Y esa era la verdad. Ya no tenía fuerzas para seguir jugando su retorcido juego. Una sonrisa agridulce se coló en mis labios y fijé mis ojos en mi protector, recorriendo su cuerpo y guardando cada memoria en mi mente como un tesoro. Verle una última vez fue más de lo que hubiera podido pedir. —Él no quiere tu muerte, Lilith. Él te quiere con él porque piensa que es tu dueño. Porque quiere algo de ti. La mirada en los ojos de Miguel me decía que había más. No me estaba contando todo. O más bien, no me estaba contando nada. —¿Qué me estás ocultando? ¿Algo sucedió, no es así? Por eso estás aquí. Miguel me miró a los ojos, taladrando mi alma con sus hermosas y frías órbitas azul celeste, pero no habló. Justo cuando estaba empezando a perder la esperanza, fue que él decidió complacerme. —Después de que el Primer Sello de las Puertas del Infierno se rompió, una nueva profecía fue escrita en la Roca del Profeta. Es una profecía sobre la guerra. El final de todo sobre lo que tenemos conocimiento y más. El Profeta no había escrito nada en la Roca desde el comienzo de los tiempos. Las Profecías eran sagradas, tanto en el cielo como en el infierno. No importaba que dijeran, así fuera nuestra salvación o ruina, siempre estaban destinadas a ser cumplidas. Eran inevitables, irrompibles, y si alguien se atrevía desafiarlas y romperlas, estas eran reescritas para así cumplir su propósito final. —¿Por qué ahora, después de todas estas eras y cambios? La r**a humana es un riesgo para sí misma y ninguna profecía será necesitada para que estos alcancen su destino funesto. Su final ya está escrito por su propia mano. Miguel asintió ligeramente, aceptando mis palabras, pero sus ojos eran piscinas oscuras reflejando pensamientos distantes. —La profecía es sobre mí, ¿verdad? Por eso estás aquí. Miguel se mantuvo en silencio, sus ojos vagaban por la habitación sin atreverse a encontrar los míos. —¿Miguel, soy parte de la profecía? Cuéntame —mi voz era firme y decidida. Mucho más de lo que me creía capaz. —Creemos que lo eres —respondió calmadamente. ¿Creemos? Sonreí amargamente mientras intentaba tragar mi dolor, pero sabía que él lo había visto en mis ojos. Fue estúpido de mi parte el pensar que venir aquí fue su decisión. Él era un Arcángel. El Líder del Ejército Celestial, ¿Y yo? Yo era nada. —¿Lilith? —No me llames así. Lilith está muerta, pero eso ya tú lo sabes —le dije, mi voz llena de angustia. Miguel asintió con su cabeza, apartando la vista por unos segundo antes de regresar sus ojos duros a los mío, ahora más fríos que nunca. Deseaba que tanto que el me mostrara algo, una pequeña grieta en su impenetrable máscara. Algo que me demostrara que aún me podía ver. —¿Y cómo te debería llamar ahora? —tomó un paso en mi dirección y luego otro, hasta que se detuvo en el borde de la cama, sus rodillas chocando contra la dura madera—. Tal vez te debería de llamar Condenada. O tal vez, humana. ¿Cómo prefieres que te llame ahora, Lilith? Tragué en seco, intentando tragarme el dolor causado por sus frías palabras. Una simple pregunta fue todo lo que él necesito. Una simple pregunta y las paredes perfectas que había construido a mi alrededor se derrumbaron, dejándome el corazón expuesto y herido. —Lilly —susurré—. Así me llaman los humanos, y ya no soy nada más que un humano más para ti. Miguel tragó en seco y asintió una vez más. Yo hice los mismo, tomándome mi tiempo en volver a construir mis paredes mientras mirada sus fríos ojos y me perdía en ellos. Dos podían jugar este juego de máscaras y yo me había vuelto una experta en las reglas los últimos miles de años. —Dime sobre la profecía. Quiero saber que dice. —No —Miguel. Puede que no hayas bajado a la Tierra por mí, pero lo hiciste por esa profecía y yo tengo toda la intención de descubrir que es lo que dice. No me importa las consecuencias, pero lo descubriré. Un suspiro exhausto escapó los labios de Miguel, sus ojos llenándose de furia bajo mi amenaza. Habían pasado miles de años, pero si hay algo que jamás cambió fue mi determinación y bien adentro, él lo sabía. —Te mostraré —dijo entre dientes y se sentó a mi lado en la cama, ofreciéndome sus manos. Sabía lo que venía y preparé a mí misma para ello. Habían pasado demasiados siglos y mi cuerpo estaba débil. Sabía que no sería fácil. El momento en que puse mis manos en las de Miguel, todo se desvaneció ante mis ojos y me mente comenzó a dar vueltas mientras que una punzada de dolor atravesó mi cabeza. Tomé respiraciones profundas, intentando controlar la hiel alzándose en mi garganta y concentrarme en la transición. Ha pasado demasiado tiempo desde que alguien había tomado control de mi mente. Pedazos de imágenes comenzaron a aparecer delante de mis ojos y todo comenzó a volverse más claro. La borrosa imagen de la Roca de Profeta apreció en mi vista, y yo pestañee unas cuantas veces, aclarando la nebulosidad de la imagen. Susurros y gritos agonizantes podían ser escuchados a la distancia, ahogados por el sonido de las olas colisionando contra la roca. Sin embargo, algunas palabras eran claras para mis oídos. Condenada. Es el Arcángel. Él está aquí. El Profeta. La Condenada. Ella es la culpable. Ella nos condenará. Este era el Mar del Tormento. —No los escuches. Enfoqué mi atención en Miguel, algo confusa. —¿Qué? —Las voces. No las escuches. Asentí con mi cabeza antes de mirar a mi alrededor. Una roca plana y gigantesca se erguía orgullosa frente a nuestros ojos. Su superficie nivelada estaba tallada con el destino de cada ser en esta tierra y mucho más allá. Los humanos pensaban que la Biblia era la palabra de Dios, pero ellos no podrían estar más equivocados. Dios no hablaba a través de viejos libros, Él hablaba a través del destino y la acciones. La Biblia, aunque sagrada, era la palabra de aquellos hombres cuyos nombres estaban tallados en esta misma roca. Las voces a la distancia se silenciaron por unos segundos y el Mar del Tormento se abrió para darle paso al Profeta, así como Dios le permitió a Moisés dividir el Mar Rojo, solo que con más poder. Su túnica larga y gris se arrastraba en la arena negra de las profundidades mientras que las olas se dividían para él, parando el curso del enfurecido mar por unos momentos. Su piel pálida estaba marcada por los escritos de su pasado y la prueba de nuestra historia. Había escuchado del Profeta antes; él tenía ojos humanos y oscuros en su rostro para ver las mentiras, y uno en su espalda para conocer los traidores. —Miguel. Te estaba esperando —El sonido de la voz del Profeta hizo eco en mi mente, haciendo que mi piel se erizara. ¿Estaba esperando por Miguel? ¿Eso significaba que no me podía ver? —Te veo, Condenada. Tu presencia fue esperada también. Brinqué en el lugar, algo exaltada. El profeta podía leer mis pensamientos. Miguel no parecía sorprendido como yo, probablemente porque ya había estado en su presencia antes. —Profeta, di el destino que está ahora escrito. Los ojos del profeta se viraron en blanco y él comenzó a balbucear susurros incoherentes para mis oídos. Me tomó uno segundos darme cuenta que esas palabras eran la Profecía que marcaba mi destino. Cuando los Seis Sellos que sostienes la Bestia se rompan, siete Ángeles anunciaran nuestro destino. Y lo que nunca se debería haber roto traerá desgracia sobre nosotros en el Cielo y la tierra. Dado que las Llamas de Infierno estaban selladas, pero ahora el Ejecutor es libre para vagar y destruir. Aun así, él no reinará sin su Reina ni la Reina vivirá en contra de su palabra. Pero solo aquel que fue nacido del pecado puro podrá abrir el Séptimo Sello, y la Llave del Cielo sellará nuestro futuro. La Guerra entre el Cielo y el Infierno alcanzará la Tierra, y el día del Juicio Final caerá sobre ellos. Que aquel que sostenga el poder del verdadero sacrificio salve nuestras almas de la Llama Final. De repente, todo se volvió n***o otra vez, dejando a la Roca del Profeta y los apenados susurros de las almas perdidas detrás. Abrí mis ojos, encontrándome de vuelta en mi habitación. Con un violento jalón, removí mis manos de las manos de Miguel, limpiando mis sudadas palmas en mi incomodo vestido. ¿Nacido del Pecado? ¿Llave del Cielo? El significado de la Profecía estaba perdido para mí, solo palabras incoherentes juntándose para formar un acertijo sin sentido alguno. Miré a Miguel a los ojos, quién estaba estudiando mi reacción de cerca. Sus palabras pasadas volvieron a mí como un cubo de agua fría sobre mi cabeza. "Él no quiere tu muerte, Lilith. Él te quiere con él porque piensa que es tu dueño. Porque quiere algo de ti." —¿Qué es lo que quiere, Miguel? ¿Qué quiere Lucifer de mí? —pregunté finalmente, mi voz apenas un ahogado susurro. —Él quiere un hijo.
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