Capítulo 2

1328 Words
Estaba parada en el medio del desierto, mi piel quemada por el imponente sol encima de mí. Mis ojos vagaban por los alrededores, confundidos. ¿Cómo he llegado aquí? Estaba tan sedienta. Mi garganta ardía como si mis adentros estuvieran en llamas. Necesitaba agua antes de que muriera de deshidratación. Estúpida Lilly. No era posible para mi morir como una humana. Dejar este mundo cruel atrás no era una opción que Dios tan amablemente me obsequió. Mi cuerpo se secaría desde mis adentros hasta que solo quedara dolor y pena, pero no moriría. El fuerte olor de piel quemada alcanzó mi nariz, causando que un grito horrorizado escapara mis labios. Estaba ardiendo. Podía sentir el fuego consumiendo mi cuerpo, abrazándome de adentro hacia afuera. Dolía tanta. Demasiado. Sin pensar las consecuencias, comencé a rascar mi piel con ferocidad, intentando encontrar alivio del incesante dolor. Mi piel comenzó a desprenderse, mi pánico a crecer. Miré a mi alrededor con desesperación, intentando encontrar refugio de este agonizante dolor, pero no importaba donde mirara, solo había un oscurecido desierto. El suelo bajo mis pies se abrió y yo comencé a caer, pero esta vez estaba siendo lanzada a las llamas del infierno. —Mi hermosa dama. Siempre serás mía. Déjame entrar. Yo haré el dolor desaparecer. Me desperté de la pesadilla jadeando fuertemente, y odiándome a mí misma por mis errores pasados con más furor que nunca. Era siempre el mismo sueño. Nada cambiaba, ni siquiera los pequeños detalles que lo hacían tan imposiblemente vívido. Él se estaba volviendo más fuerte, podía sentirlo. Me senté en la cama con cuidado, intentado apartar el vértigo de mi mente. Cuando estaba segura que podía caminar sin desmallarme o caer, me levanté lentamente y me senté en el sillón junto a la ventana de mi habitación, suspirando en alivio cuando mi exhausto cuerpo tocó la fría madera. El frío siempre me hizo sentir viva. Ya no tenía las fuerzas para luchar más. Mi cuerpo se estaba volviendo débil con cada día que pasaba y su presencia se volvía más demandante. Ya habían pasado casi tres meses desde que me desperté en una de las camas del hospicio en el que solía trabajar. La Hermana Adams estaba junto a mí cuando abrí mis ojos. Ella me explicó calmadamente que había tenido un ataque de pánico y me había desmayado la noche anterior. El momento que recuperé todos mis sentidos, me levanté de la cama y salí corriendo del hospicio sin mirar atrás. Ya habían pasado tres meses de interminables pesadillas. Tres meses luchando su control sobre mí, y estaba perdiendo mi vida en el proceso. Por cada día que pasaba, mi cuerpo y mi mente morían cada vez más, pero yo estaba dispuesta a dejar este mundo atrás antes de permitir que él gane. Cambié mi blanca bata de dormir por unos de mi cómodos vestido color verde esmeralda, teniendo cuidado de no tropezar con la pesada tela y caer, antes de dirigirme hacia la cocina, siguiendo el olor a comida que emanaba del lugar. Tal vez algo de comida era lo que necesitaba para que mi cuerpo recuperara un poco de su fuerza. Tal vez, no. Cuando alcancé la cocina, me apoyé calladamente contra la pared, observando como Elena se movía en el reñido espacio con una leve sonrisa en sus labios. Este era el único lugar donde ella dejaba que la fría aura se escapara de ella. El único lugar donde lucía casi feliz. Elena amaba tanto cocinar. El momento en que me avistó apoyada en la pared, la frialdad regresó a sus ojos, pero había algo más en ellos. Preocupación. Elena estaba preocupada por mí. La misma mujer que no había sido capaz de mirarme con nada más que indiferencia en el pasado ahora llevaba una expresión de preocupación en su rostro. Debía lucir peor de lo que pensaba. —Siento molestarle, Elena. Sé que no gustas de compañía cuando estás cocinando. ¿Necesitas ayuda? —pregunté, aun teniendo la certeza de que no sería muy útil en mi estado, pero queriendo actuar como yo misma por una vez. Estaba demasiado cansada para mantener la fachada fría a la que ya estaba acostumbrada, y puede que fuera inútil ahora que no faltaría mucho para el final. Mi final. —No creo que debería estar parada, Lilly. Preferiría que estuvieras en tu habitación descansando mientras preparo la cena. Elena adornó sus palabras con una mirada llena de irritación, haciéndolo parecer como si mi sola presencia le molestara, pero yo veía más allá de su fachada. Sabía cuan frágil me veía ante sus ojos. Cuan rompible. Ella estaba preocupada, pero no quería mostrarlo. Sin embargo, Elena estaba equivocada. Yo estaba débil, pero no era frágil. Él era más fuerte que yo, pero yo había aprendido a ser una luchadora bajo la soledad y la perdida. Muy poco podía derrotarme, pero nada me tumbaría sin una fuerte guerra. —Gracias, Elena, pero creo que voy a salir a tomar aire fresco. Caminar un poco alrededor del mercado. Estaré en casa a la hora de cenar —le sonreí con dulzura y de forma genuina. La mirada irritada de Elena me dejó bien claro que no estaba feliz que dejara la casa. Sin embargo, su boca se quedó callada, y tampoco intentó pararme. Una parte de mí, enterrada hace mucho tiempo, estaba decepcionada con su silencio. Esa era la misma parte que deseaba afecto, algo que llenara el vació que quedó atrás en mi alma perdida. Deseaba que le importara lo suficiente como para pedirme que me quedara. Pero eso nunca sucedió. Tomé mi capa de invierno y abrí la puerta. Era finales de febrero y la briza invernal estaba aún en la atmósfera. Salí a la calle, dejando que el frío aire adormeciera el dolor de mi cuerpo y se llevara la confusión y el vértigo lejos. Amaba a Londres. Siempre abarrotado. Siempre en movimiento incluso después de todo lo que había pasado. Dejé que mis pies me llevaran a través de las calles atestadas de gente, sabiendo que esa podría ser la última vez que las caminaría. No sabía cuánto más podía lucharle ni lo que él quería de mí. Caminé sin curso alguno, tomando cada memoria conmigo y permitiendo que mis sentidos se desbordaran y tomaran el control. El olor a tierra mojada. Las cosquillas que causaba la frialdad en mi piel. El silencio. ¿Silencio? Abrí mis ojos abruptamente sin siquiera haberme dado cuenta que los había cerrado en lo absoluto. Miré a mi alrededor, intentando ajustar mis ojos, para ver en el oscuro y solitario callejón en el que me encontraba. No sabía cómo había terminado allí, lejos de la multitud, pero el desolado lugar parecía familiar de alguna forma. Me di la vuelta, decidida a volver a casa y reposar mi cansado cuerpo en cama cuando una figura en la sombra atrapó mi atención. Ahí fue cuando lo vi, parado en la oscuridad y brillando a pesar de ella. Alto y perfecto como siempre. —Hola, Lilith —habló la calmada voz de Miguel, atravesando el frío y grueso aire y envolviendo mi cuerpo como una manta mientras hacía eco en la noche silenciosa. —Miguel Su nombre dejó mis labios como un susurro inseguro, mi corazón y mi mente desconfiando de mis propios ojos, por si era todo un engaño. Había pasado tanto tiempo, el dolor y el anhelo enterrados en lo profundo de mi corazón cayeron sobre mí como una gran ola de emociones, trayéndome a mis rodillas. Mi borrosa visión se volvió negra y mis piernas cedieron bajo el peso de mi cuerpo. Sentí los brazos de Miguel envolviéndome, evitando que mi cuerpo flácido golpeara el suelo. —Lo siento tanto —dije en un murmuro ahogado. Tenía que saberlo. Si iba a morir, ese podría ser mi única oportunidad—. Lo siento tanto —dije otra vez, mientras que mi pesado aliento abandonaba mi cuerpo.
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