Prólogo

576 Words
El miedo inundó mi cuerpo cuando miré a Miguel a los ojos. Sé que les había fallado. Caí en la oscuridad por alguien que no conocía el significado de amor, y la redención no era nada más que una posibilidad en la distancia para mí. Estaba condenada, condenada por mis propias acciones. Condenada por mi traición y sabía muy bien que lo merecía. Incluso en aquellas noches en las que yacía en sus brazos, extasiada por sus besos, sabía lo que hacía. Bien en el fondo, sabía lo que me costaría y no me importó. Me estaba ahogando en pasión y fui lo suficientemente estúpida como para confundirlo con amor. —Lilith, primera esposa de Adán, Guardián de las Almas Perdidas, te has desviado de tu camino y cometido un pecado imperdonable en contra de la Palabra del Señor. He aquí, te condeno a vagar por la Tierra hasta el día del Juicio Final. Dejaras atrás cada camino que tomes para convertirte en sombra y la oscuridad reinará sobre tu vida. Cada palabra que dejó los labios de Miguel fue como dagas lanzadas directo hacia mi abatido corazón. Guardián de las Almas Perdidas fui, ahora era yo quien necesitaba ser encontrada. Condenada. Sombra. Juicio Final. Mi destino. Miré hacia la distancia donde Gabriel y Rafael nos observaban y el desdén en sus ojos envió un escalofrío hacia mis huesos. Yo solía ser la princesa en el Cielo. La primera mujer en convertirse en Guardián, un pequeño pájaro bajo sus alas, a la que tenían que cuidar y proteger incluso cuando no querían. El tiempo pasó y me fui ganando su respeto y admiración. Me hubiera convertido en uno de ellos pronto, si no los hubiera traicionado. Si no los hubiera decepcionados a ellos y Padre. Si no hubiera roto la confianza de Miguel en mí. Vergüenza era todo lo que traía sobre ellos ahora. Vergüenza y desdén. Me forcé a mí misma a mirarlos a cada uno en los ojos. Primero a Gabriel, luego Rafael y por último a Miguel. Dolor llameó en los ojos de Miguel por un segundo antes de que volviera a colocar su máscara impenetrable de nuevo en su rostro. ¿Qué he hecho? Lo herí, sabía que lo había hecho. Pero saberlo y observar su dolor con mis propios ojos eran dos cosas diferentes. Miguel y yo siempre fuimos cercanos. Él siempre me guardó como un tesoro preciado y me mantuvo a salvo. El hizo de mí la persona que era antes de dejar que la oscuridad me corrompiera y ahora… ahora tenía que vivir sin él a mi lado. El dolor me ahogaría si lo dejaba sin duda alguna, pero no lo permitiría. Sufrir cada segundo de mi castigo sería mi forma de demostrarle a Miguel cuanto lamentaba mis acciones. Porque en ese momento me di cuenta que el único perdón que necesitaba, era el de él. Lo siento tanto. Esas palabras rondaban mi mente cada segundo que pasaba, doliendo el no poder decirlas en alto. No podía y no lo haría. Ya no sostenía ese derecho en mis manos. El Guardián de la Puertas del Cielo removió el último sello y las abrió para mí. Esta vez no me estaban dando la bienvenida. No. Esta vez me estaban arrojando al olvido. El suelo bajo mis pies se desvaneció y comencé a caer. Caer a un nuevo mundo lejos de la luz. Caer en la oscuridad, lejos de casa.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD