El sol de la mañana se filtraba por los ventanales de la hacienda, pero para Zoe no había luz. El despertar fue un choque brutal contra la realidad. Al intentar moverse, un dolor punzante en su entrepierna le recordó cada segundo de la noche anterior. Las sábanas de seda, ahora manchadas con el rastro de su inocencia perdida, se sentían como lija contra su piel sensible. Zoe se cubrió con la colcha, encogiéndose en el centro de la inmensa cama. Sus ojos, hinchados de tanto llorar, recorrieron la habitación. Era un mausoleo de lujo: muebles de roble oscuro, alfombras persas y el aroma persistente de Máximo impregnado en las almohadas. No había rastro de sus libros, de su antigua vida, ni de la joven que soñaba con estetoscopios y batas blancas. La puerta se abrió de golpe. Zoe se sobres

