EL SALÓN DE LAS ALMAS ENCANTADAS

1240 Words
- Hijo, Alexander, vamos, ¡arriba! – venía insistiendo Carmela desde hacía unos cuantos minutos. Alexander abrió asustado sus ojos y se sentó súbitamente en la cama, totalmente perdido y confundido, sin saber a dónde estaba y quién era esa voz que lo estaba despertando. - ¿Tía? – terminó diciendo empujado por esa gota salvadora. - ¡Hola, mi nene!, ¿cómo estás? - dijo Carmela con una notoria alegría que podía sentirse real y verdadera. Sentida. - Hola, tía, ¡tanto tiempo!, ¿cómo estás vos? - respondió Alexander ya parado nuevamente sobre la superficie de la vida real. Él prosiguió: - ¿Qué hora es? ¿Está todo bien? - - Bueno, vamos por partes – dijo Carmela acomodándose un poco mejor sobre la cama: - Primero, ya son las dos de la tarde. Segundo, todo está de maravillas, hijo, preparando los últimos detalles para la fiesta de esta noche, plagada de nervios, ansiosa y deseosa de que todo llegue – terminó por decir mientras le tomaba las manos a su sobrino. Y agregó: - Los vine a buscar para que se levanten, se aseen y vengan a la mesa con nosotros a comer algo así nomás, rápido, porque los tiempos en estas cosas vuelan, hijo mío ¿les parece? - Los muchachos se levantaron y rumbearon para la cocina, que encontraron después de pasearse por la laberíntica casa, esta vez, ausente de Carla para que los guíe. Una vez allí, Isabela y Luar, los estaban esperando con los brazos abiertos. Un abrazo efusivo y sentido condecoró estos años de ausencia, una distancia obligada por estar a miles de kilómetros unos de otros. Isabela también tuvo mucho gusto en conocer a Roi, el cual, durante ese almuerzo fugaz, quedó impactado ante tamaña belleza de aquella. Luar y Alexander no se veían desde que aquel tenía unos seis años, y verlo hecho casi un adolescente, resultó un motivo de sorpresa y algarabía para éste. Llegada la hora de comenzar a pensar en la partida hacia el gran “Salón de las almas encantadas”, Alexander y Roi sólo se sentaron a esperar. A lo largo y a lo ancho de la casa, la locura, los gritos, las ansiedades desmedidas, los choques entre ellos, los desencuentros, las cosas que se perdían, los aros que no cerraban, los perfumes que no combinaban y un listado enorme de cosas que aparentaban estar irresolutas, eran el comedero del momento, el teatro en vivo perfecto para las risotadas, a veces exteriorizadas, y a veces escondidas de los chicos que disfrutaban del espectáculo ya vestidos en el living. El “Salón de las almas encantadas” … Un nombre largo, pero perfecto para un lugar de ensoñación absoluta; un recinto increíble con una arquitectura post futurista, engarzada en un mundo lumínico majestuoso, bajo decoraciones con estilo surrealista en donde las telas blancas y doradas se estiraban como ninfas reales, como bailarinas de ballet sentenciando el final de una obra. Un aire distinto se respiraba, y no era ese ambiente de pueblo que los chicos acostumbraban a respirar cotidianamente. Era otro, uno nuevo, uno que podía verse en las revistas o en la televisión, un magnetismo rechazable, difícil de soportar, pesado, muy pesado. La noche pasó tan rápido como la fiesta misma. Sólo la música constante cubrió, de algún modo, la falta de ideas y de recursos para darle a la celebración el marco que se esperaba. Todo transitó bajo un halo de mentones largos, de narices levantadas y de comportamientos y gestos armados, y eso le imprimió a la fiesta esa carga de aburrimiento que hizo que las horas se dispararan vacías hasta las cinco de la mañana. De pronto, todo terminó: Ese misterio que envolvió a Isabela cuando ingresó como una verdadera princesa por la puerta principal, los saludos actorales, pero con alfombra roja de Bernal y de Carmela, los mozos y sus trajes de etiqueta, los invitados enfundados en sus vestimentas carísimas y particulares que sólo usarían esa noche y ese glamour ficcionado que voló como un ave rapaz a lo largo de todas esas horas, se diluyeron en contados minutos, dejando ese comportamiento la verdadera e irrefutable sensación de que la fiesta fue un real fiasco. Ya en la casa, Isabela se internó en su habitación con algunas amigas que se quedarían a pasar la noche. Carmela debía tomar el control de la situación y planificar las estadías, ver a dónde dormían unos y cómo se las arreglaban otros. Las habitaciones de Isabela y Luar lindaban entre sí separadas por una amplia ventana, entonces Carmela propuso que en el cuarto de Isabela dormirían su hija con sus amigas, mientras que, cruzando la ventana, en lo de Luar, su hijo y un amigo de éste, más Alexander y Roi, descansarían perfectamente. Más allá de haber sido un fracaso rotundo, la fiesta provocó demasiado cansancio, y cinco minutos después de haber hecho los acomodos Carmela, los ocho adolescentes ya habían perdido sus consciencias. Pero una hora más tarde, Alexander despertó a Roi, imposibilitado de poder conciliar el sueño. - ¿Escuchás eso? – dijo Alexander casi secretamente. - ¿Qué cosa? – preguntó su amigo haciendo un verdadero esfuerzo por oir lo que Alexander le decía. - Esos gemidos, o algo parecido - Roi fue incorporándose lentamente, no sólo para no llamar la atención en el sector de las chicas, sino, para no levantar sospechas ni molestar a los dos que dormían de este lado. Alexander lo siguió emulando el mismo sigilo y se puso de pie para tratar de descubrir esos murmullos molestos. Ambos quedaron pasmados al ver a Isabela mientras se besaba apasionadamente con Noela, la mejor amiga de aquella, la única que puso un toque distintivo en la fiesta al dedicarle una canción preciosa a Isabela, mientras ésta la observaba desde un sillón aterciopelado alumbrada por un tenue haz de luz azul. Un broche especial, un toque diferente, un apartado romántico que, seguramente, dio que hablar a más de uno. Isabela amaba a esa chica. Sus lenguas podían confirmarlo, y sus manos tomando con erotismo desmedido los pechos suaves y rosados de Noela, dejaban al desnudo el deseo ferviente que, en ese instante de ceguera emocional, recorría el cuerpo y el cerebro de Isabela. Los muchachos lo vieron todo, como si hubiesen sido calificados espectadores de lujo de una deliciosa escena de amor puro puesta ahí, delante de sus ojos incrédulos y sorprendidos. Ellas terminaron su acto de amor bello y, sin dejar de estar tomadas por sus manos, cubrieron sus cuerpos y los dejaron descansar dentro de esas sábanas blancas. Sus otras dos amigas recorrían mundos distintos cada una de ellas, mientras que Luar y su amigo, parecían haber muerto decididamente. A las tres de la tarde un cargamento desde la petrolera de Los Arcos partía rumbo a Cerrillo, y Bernal les sugirió a los muchachos aprovechar ese viaje para no tener que volver a los sufrimientos de la ruta como en el periplo inicial. Alexander y su amigo aceptaron la proposición y luego de una buena ducha y de un almuerzo suculento, despidieron a todos y agradecieron la hospitalidad y la atención, para treparse al enorme vehículo de Bernal y trasladarse hasta la petrolera propiamente dicha. Bernal los dejó en muy buenas manos bajo la custodia de un subordinado y siguió su curso contento y feliz de haberlos tenido en casa. El cargamento partió. Cerrillo los esperaba. 
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